Cuento

Una rana, un borracho y cinco perros

—¡Oye, tú! Chamaco. Niño. Despierta— abrí los ojos. Era de noche.

Estaba tendido en el suelo y frente a mí un hombre, que llevaba una bolsa de basura como si de un impermeable se tratara y que sostenía un palo de escoba con el que me picaba las costillas, me alumbraba la cara con una lámpara. Me senté apoyándome en los codos. Toda mi cara y mi ropa estaban cubiertas de un polvo muy espeso. Junto al viejo había cuatro perros; uno de ellos, el más pequeño, ladraba histéricamente.

Miré al hombre con mucha atención: era un tipo moreno, no muy alto, con la cabeza rapada, de canosa y descuidada barba y con una barriga bastante pronunciada. 

—¿Qué haces aquí, güey? —dijo al mismo tiempo que me picaba nuevamente con el palo—. Bonito lugar para quedarse dormido.

—No estaba dormido, creo que me desmayé. Mi casa quedó destruida y toda mi familia murió —mi voz se quebró—, no sé durante cuanto tiempo he ando de aquí para allá, buscando comida.

—No llores, no seas marica. A todos les paso igual.

Su respuesta me hizo enojar y me levanté. 

—No se burle de mí, pinche viejo— agarré una piedra y amenacé con arrojársela. 

Me detuve al escuchar un gruñido; uno de sus perros avanzó un par de pasos de manera amenazadora. Inmediatamente dejé caer la piedra.

—¡Quieto, cabrón! —le gritó al perro mientras le daba un palazo. El perro reculó y se colocó tras de su amo—. ¿Y qué es lo que piensas hacer? —me preguntó—. ¿Seguir deambulando a lo pendejo? Por aquí no queda nadie más que yo. Sacó una botella de su abrigo y le dio un trago—. Para el frío —dijo ofreciéndomela.

—No.

—Tú eres el primero que veo vivo desde hace días —volvió a guardar la botella—. Mis perros fueron los que te encontraron, si no hubieras acabado muy mal. 

—¿Entonces usted y yo somos los únicos sobrevivientes?

—No sé, puede haber más, pero la mayoría ya deben de estar muertos; asfixiados y enterrados por culpa de este pinche polvo que no deja de caer. Cae tanto que hasta tapa el sol. 

—¿Será por el terremoto? —dije señalando al cielo.

—Supongo. Días después se levantó una nube gris, casi negra, y empezó la polvareda.

—Pues no creo que haya sido sólo eso.

—No, se me hace que fue algo más, una bomba o algo así —tras decir esto se quedó callado por unos momentos y después añadió—. Ven, vámonos de aquí, no es bueno que estemos mucho tiempo en un lugar abierto.

—Pero, ¿a dónde? 

—Tú sígueme —comenzó a caminar y los perros fueron detrás de él.

Por unos momentos me quedé parado dudando si ir con él o no. No me parecía una persona muy confiable, pero si tenía razón y no había más gente con vida entonces me quedaría solo y eso no era una panorama muy alentador. Corrí para alcanzarlo.

—Decidiste venir, ¡qué buena suerte la mía! Ja,ja,ja,ja.

No dijo nada más y caminamos en silencio. Después de unos minutos llegamos afuera de una escuela. Se acercó al portón y lo empujó para abrirlo. Los perros entraron.

—Bienvenido a mi mansión —dijo con una sonrisa.

—Esto es una escuela no una casa. 

—¿Vas a entrar o no? Al final a mí me vale madre. Si te quieres quedar aquí, es tu problema.

Tras decir esto se metió y se perdió de vista. No tenía opción, por mucho que no me agradara decidí entrar.

La escuela estaba destruida; el edificio donde habían estado los salones, se había derrumbado por completo, el patio principal estaba lleno de grietas y escombros. Lo único que quedaba aún en pie era en donde habían estado las oficinas de la escuela. Fue en una de esas puertas que el viejo se metió.

 Entré justo en el momento en que encendía una lámpara. En el centro había un escritorio y una silla, en la pared derecha dos archiveros y al fondo, frente a la puerta, un sillón; en el piso, en la esquina entre el sillón y los archiveros, había un montón de cobijas amontonadas y encima de ellas un perro pequeño de pelo chino y blanco.

El hombre se quitó las botas, se sentó en la silla y subió los pies al escritorio.

—Pues ya que decidiste acompañarnos, no estaría mal que nos dijeras tu nombre. 

—Me llamo Mario. ¿Y usted?

—No soy un “usted”, dime Chencho, y tú no pareces un “Mario”, pareces una rana —se rascó una axila y continuó—. Te presento al resto de la pandilla: ese, el grandote, es el Bush; siempre me defiende, es bien peleonero —señaló al perro amarillo que me había gruñido—. El negro es el Barack; el peludo chaparro y café es el Peje, nada más se la pasa ladré y ladré; el más pendejo de todos es el Chente, ese manchado; y la de allá —dijo haciendo un gesto con la cabeza hacía la perra que estaba echada sobre las cobijas—, la más viejita de todos, es la Gaviota. Ella y yo ya tememos mucho tiempo juntos, pero ahorita está enferma por culpa de ese pinche polvo. Creo que a los otros cabrones también les está pasando lo mismo. Bueno, Rana, esta es mi familia.

No me gustaba que me hubiera puesto ese apodo, era como si me considerara uno más de sus perros. No tenía caso decírselo, no conseguiría que me llamara por mi nombre y tampoco quería hacerlo enojar.

Pasé las siguientes semanas refugiado en la escuela con ellos. Cuando hacía falta salíamos a buscar comida y agua, y aunque cada vez teníamos que ir más lejos para encontrar algo, siempre evitábamos estar expuestos por mucho tiempo al polvo que no dejaba de caer y ya formaba una gruesa capa en el suelo.

En ningún momento encontramos a alguien más con vida, parecía que en realidad éramos los únicos.

Con el paso de los días la salud de la Gaviota empeoró y tras un largo sufrimiento, murió. Chencho se puso muy mal por esto y a partir de ese momento se la pasaba borracho casi todo el tiempo. Ya no pude contar más con él y la responsabilidad de abastecernos recayó completamente en mí.

En mis primeras salidas sin él, los perros me acompañaban hasta la puerta y regresaban a su lado, sin embargo conforme fueron pasando los días comenzaron a ir conmigo.

Con cada salida sentía que me costaba más respirar, parecía que comenzaba afectarme estar expuesto a ese aire contaminado. Lo mismo le pasaba a los perros y a veces se quedaban a medio camino a esperarme o regresaban a la escuela. No fue así con el Chente, quien se había vuelto muy unido a mí y siempre me acompañaba sin importar lo lejos que fuera. Era un buen perro.

Un día al regresar encontré a Chencho llorando y gritando como loco.

—¡Nos va a cargar la chingada! Me oyes, ¡nos vamos a morir! Mejor que nos cargue de una vez —mientras decía esto de su abrigo sacó un navaja.

—Calmate. Deja eso. No se te vaya a ir la mano y acabes lastimando a alguien.

—¡Cállate, pinche chamaco! A ti es al primero que te voy quebrar. Por tu culpa se murió la Gaviota y ahora quieres quitarme a los otros.

Estaba tan borracho que cuando quiso abalanzarse sobre mí, tropezó con la silla. Se puso de pie aún más enojado y tiró un navajazo, pero ni siquiera me pasó cerca. Retrocedí un par de pasos hacía la puerta. Los perros que hasta ese momento habían estado echados, se levantaron y empezaron a ladrar. 

Cuando se dio cuenta que no me había dado, se golpeó la cabeza varias veces con los puños. Lanzó un nuevo navajazo, mi reacción fue levantar el brazo izquierdo para tratar de protegerme. De pronto estaba empapado en sangre. Me sentí mareado, parecía que no me había cortado muy profundo, pero me dolía mucho.

Levanté la cabeza y vi como del fondo salía disparado el Chente y se prendía de una de las piernas de Chencho. Éste comenzó a gritar y dejó caer la navaja al piso.

—¡Maldito perro traidor! Te voy a matar a ti también.

Intentó quitárselo de encima agarrando su cabeza y jalándola varias veces con todas sus fuerzas, pero el perro no lo soltó.

Rápidamente todo se volvió un caos: el Bush saltó y comenzó a morder al Chente; éste al sentir que estaba siendo atacado por el otro perro se volteó para hacerle frente olvidándose del viejo. Aproveché ese momento y salí corriendo.

Deambulé por dos días antes de decidirme regresar. Durante ese tiempo descubrí un nuevo lugar para refugiarme y recolecté varias cosas para comer. Entre ellas había una botella de ron que le llevaría a Chencho para tratar de calmarlo por si se ponía agresivo otra vez, lo demás lo llevé al que sería mi nuevo escondite.

No iba a volver con él, nunca me había inspirado confianza y después de lo que había pasado hubiera estado loco si así lo hacía. Por lo que realmente regresaba era por los perros, en especial por el Chente. No merecían su compañía, era un maldito loco que podría hacerles daño en cualquier momento.

Lo que vi cuando llegué fue algo que en ningún momento pude haber imaginado: el Chente estaba tirado en el patio, su cuerpo lleno de sangre y heridas de mordidas. El Bush que era mucho más grande y fuerte que él seguramente lo había matado mientras defendía al viejo.

Sin pensarlo, agarré un pedazo de escombro y me dirigí a la oficina. No fui despacio ni en silencio, sin embargo nunca se percató de mi presencia. Chencho también estaba tendido en el suelo lleno de sangre, a su lado el Bush, con la navaja clavada en el cuello. Parecía que en algún momento todo se había descontrolado aún más y defendiéndose también del otro perro había tenido que matarlo.

El Barack y el Peje se levantaron al verme entrar; uno con la cola entre las patas y el otro moviéndola de gusto. Los acaricié y me fui con ellos de ahí. 

A partir de ese día he estado refugiado en este hospital. Ahora sólo estoy con el Peje porque Barack murió aplastado por un techo que colapsó por el peso de tanto polvo acumulado. Eso ha estado pasando, incluso con el lugar que compartí con Chencho. A mí no creo que me quede mucho tiempo, he comenzado a toser constantemente y cada vez me cuesta más trabajo respirar. Lo único que pido es irme antes que el perro para no verlo sufrir; ya he presenciado demasiadas muertes en mis escasos 15 años.

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