Ciego amor

Ella corría por el parque, sobre el pasto y entre los árboles; la gente ajena a lo que la impulsaba en su carrera: las parejas de novios, los ancianos que alimentaban a las palomas, los que trotaban, los que andaban en bicicleta, los que paseaban a su perro, incluso el vagabundo que vivía junto a los baños públicos. Nadie se interesaba en esa chica que dejaba todo atrás.

Él corría por la avenida, sobre el asfalto y abriéndose camino entre el gentío que caminaba por la acera; la multitud ajena a lo que lo impulsaba en su carrera: los oficinistas, los repartidores de comida, los taxistas, los policías, el mesero del café de la esquina, incluso el que cantaba y tocaba la guitarra a cambio de unas monedas. Nadie se interesaba en ese joven que dejaba todo atrás.

Ella atravesó el parque y llegó a la avenida; se detuvo en la esquina a tomar aire, sentía que las piernas le temblaban del esfuerzo. Tras recuperar el aliento cruzó la amplia calle y continuó corriendo.

Él recorrió la larga avenida en dirección al parque; se detuvo en una de sus tantas esquinas a tomar aire, sentía que sus pulmones le iban a reventar del esfuerzo. Tras recuperar el aliento continuó hacía donde terminaba la calle.

Ella llegó a una concurrida esquina, entre un mar de personas perdida.

Él llegó a una concurrida esquina, entre un mar de personas perdido.

El destino ya tenía planeado su encuentro, así es que sin importar que decenas de individuos los rodearan, sus miradas se encontraron. La luz verde del semáforo fue la causa de que el tan anhelado abrazo se postergara por algunos segundos más; pero qué importaba eso cuando habían esperado toda su vida para estar juntos. 

Sintieron como el tiempo se dilataba hasta convertirse en un tormento y la desesperación se apoderó de ellos mientras esperaban a que los autos se detuvieran; alternaban sus ansiosas miradas entre sus rostros y el semáforo. Por fin la luz cambió a amarillo; ella sin poder contenerse más salió disparada hacía su amado. Apartó a los que se encontraban enfrente y comenzó a cruzar; él miró emocionado como su amada corría para entregársele y se lanzó a su encuentro, pero de pronto se detuvo. En esos escasos momentos en los que le tomó a la luz cambiar a verde ella se encontraba justo en medio del cruce, observó como el amor de su vida se detenía abruptamente, pero no le importó y continuó. 

Ella extendió sus brazos para envolver a su hombre y fundirse en un abrazo eterno.

Él se cubrió la cara con las manos como escudándose de algo terrible. 

Era una escena digna de la mejor película romántica, incluida la cámara lenta, excepto por el camión que en su intento de que la luz roja no lo detuviera, aceleró y la atropelló brutalmente arrastrándola entre las llantas por varios metros…

El amor nunca debe de ser ciego, mucho menos cuando se cruza una transitada avenida.