La misteriosa muerte de Big mama

Como habían acordado un año antes, todos estaban reunidos para celebrar su gran encuentro ese fin de semana. Todos eran poetas y poetisas apasionados, todos declamarían sus textos junto a la fogata teniendo a la luna y los demás escritores como testigos.

El viernes por la mañana llegaron a la cabaña que habían alquilado, ese primer día transcurrió entre presentaciones porque, aunque todos se conocían de manera virtual, jamás habían estado frente a frente. Algunos de ellos, los que ya tenían meses conversando, inmediatamente conectaron y formaron grupos; otros, más tímidos, guardaron distancia hasta que sintieron la confianza suficiente para interactuar. Hubo unos, incluso, que ya habiendo intimado en los constantes mensajes que se enviaban, no perdieron el tiempo y se encerraron en una habitación por varias horas concretando lo que ya se habían prometido. 

Así llegaba el sábado, el tan esperado día. Las horas pasaron con lentitud, todos ansiaban que cayera el sol para iniciar con la fiesta de versos.

La fogata se encendió, el vino y la cerveza fluyeron, los ánimos se avivaron. Como bien lo habían deseado, la luna estaba redonda y brillante. La primera en pasar a recitar sería la poeta que los había reunido a todos, Big mama la llamaban.

La mujer, que en realidad se llamaba Lourdes, se puso de pie. Todos guardaron silencio y voltearon a verla.

—Queridos amigos —dijo– , hoy se ha cumplido un sueño, un sueño de letras que nos ha traído hasta aquí. Esto es por ustedes y para ustedes —levantó su copa para brindar.

En el momento en que inclinaba hacia atrás su cabeza para beber, cayó rígida de espaldas. Los poetas se levantaron y corrieron hacia ella para ver qué le había ocurrido, la vieron a tendida cual tabla; la mano aún sostenía firmemente la copa y el vino manchaba su ropa.

Los nervios se apoderaron de los escritores, nadie sabía qué hacer. La tensión se intensificó tanto que el ambiente de camaradería se convirtió en uno de sospecha. Se miraban los unos a los otros con ojos acusadores, un par de ellos comenzaron a gritarse y se liaron a golpes, y, como suele suceder en estos casos, pronto todos peleaban entre sí. Ya no habría poemas sino jalones de cabello, patadas, mordidas y puñetazos.

Así como había comenzado la refriega, paró; todos estaban tirados en el pasto exhaustos y muy magullados. Uno de ellos sacó su celular y llamó a la policía. Casi una hora más tarde llegó una patrulla.  

Los policías revisaron minuciosamente el lugar e interrogaron a cada uno de los escritores; ninguno supo qué decir. Más tarde, cuando los peritos revisaban el cuerpo, dentro de un bolsillo en el pecho del suéter de Lourdes encontraron un hoja de papel manchada por el vino; casi todo lo que tenía escrito era ilegible, salvo por un par de líneas que decían: “Ellos me mataron / me han envenenado / poco a poco mi vida fueron consumiendo…”

Los policías inmediatamente relacionaron lo que decía en la hoja con la muerte de la mujer; creyeron que se trataba de una acusación, que seguramente temía por su vida y había escrito eso para en caso de morir, sus asesinos no quedaran impunes. Los escritores fueron arrestados como sospechosos. 

No hubo investigación alguna, ni siquiera se hicieron pruebas para saber si el vino contenía veneno. En el juicio los escritores fueron declarados culpables, sus poemas los escribirían desde las diminutas y sucias celdas en las que vivirían los siguientes 15 años.

Nunca supieron por qué había muerto Big mama, pero ese poema que había escrito y que les iba a dedicar había sido suficiente para cambiar sus vidas para siempre.