Los tres reyes: Esela ofrece su ayuda

Había una vez tres grandes reyes, cada uno gobernante de un vasto territorio. Estos tres reyes eran ricos y poderosos y portaban la sangre más noble y pura. Vivían vidas llenas de opulencia y plenitud, pero a pesar de que lo tenían todo (o así parecía), cada uno de ellos deseaba algo más. Deseaban librarse de algo que detestaban de sus respectivos reinos, algo que siempre los había molestado y no les había permitido sentirse completamente felices.

Hasta los oídos de una mujer, Esela, que era una gran hechicera, llegó la noticia de que algo molestaba a los tres monarcas y tras considerarlo decidió visitarlos para ofrecerles su ayuda. Así fue como viajo a cada reino y pidió audiencia con cada uno de los gobernantes.

Primero visitó, en lo alto de las montañas del norte, al obeso y alto rey Renial, rey de Tlarotol. Este rey, que había leído todos los libros de su reino y más allá, poseía un gran conocimiento y, por lo tanto, siempre tenía un dato exacto de todos lo temas que se le preguntaban y de los que no también. Al cuestionarlo acerca de su molestia, Renial apartó la vista del grueso libro que  tenía en las manos y respondió:

—Lo que más me molesta de mi reino es la ignorancia. Estoy cansado de corregirlos a todos. De tener que decirles en que se equivocan. Por más que les ordeno que se instruyan, no entienden nada y comienzo a sospechar que nunca, nunca, nunca podrán tener tanto conocimiento como el que yo poseo.

—¿Y qué es lo que su majestad desea que haga para librarlo de tal fastidio? Nómbrelo y si está en mi poder lo solucionaré —preguntó Esela.

—Quiero que la gente de mi reino deje de ser ignorante. Quiero que la estupidez desaparezca —contestó Renial. 

—Afortunadamente, oh, inteligentísimo rey, es algo en que lo puedo ayudar. Dentro de nueve noches su problema desaparecerá y no habrá más ignorantes en Tlarotol.

—Te lo agradezco hechicera, pero estoy intrigado ¿qué es lo que me pedirás como recompensa por tu ayuda?

—Recompensa no requiero, oh, brillantísima majestad. Con tan sólo librarlo de su pesar y verlo feliz me basta. Ahora debo marcharme y dedicarme a lo mío para resolver lo suyo.

Así, Esela se marchó y emprendió camino hacía la costa, en el sur.

Tras dos días de camino llegó a Nevolar, reino del bajito y muy delgado rey Pirriul. Pirriul era el más acaudalado de los reyes, su fortuna la había conseguido por medio del comercio. Este monarca siempre vestía las ropas más finas y se adornaba con las gemas más preciosas que el dinero pudiera comprar. Tenía los caballos más hermosos y su castillo era el más espléndido de todos los castillos. Esela le inquirió por su malestar y él, desde su trono de oro, respondió:

—No soporto que mis súbditos anden harapientos y sucios. No me gusta ver que no se esfuerzan lo suficiente para convertirse en personas ricas y de buen gusto. Por más que yo y mis cortesanos les pedimos que cambien no lo hemos logrado y comienzo a sospechar que nunca, nunca, nunca podrán ser refinados.

—¿Y qué es lo que su majestad desea que haga para librarlo de tal penuria? Nómbrelo y si está en mi poder lo solucionaré —preguntó la hechicera.

—Mi deseo es que todos en mi reino tengan tan buen gusto como yo. Deseo que no luzcan como gente pobre —respondió Pirriul.

—Por suerte, oh, fastuosísima majestad, le puedo prestar mi ayuda. Dentro de seis noches su problema desaparecerá y no habrá más pobres en Nevolar.

—Te lo agradezco, Esela, pero por favor, nombra el precio de tus servicios y te será entregado.

—Mis servicios no tienen ningún costo, oh, ostentosísimo monarca. Con tan sólo librarlo de su pesar y verlo feliz me basta. Ahora debo marcharme y dedicarme a lo mío para resolver lo suyo.

De esta manera Esela partió y puso rumbo hacía el bosque, en el este.

Al cabo de dos días llegó con el esbelto y arrugado rey Loines, gobernante de Botath. El viejo rey era de la sangre más noble y con un linaje que se extendía cientos de años en el pasado.

Loines, a pesar de su avanzada edad tenía un porte imponente y sus facciones eran la más hermosas en todo el mundo. Cuando había sido joven su atractivo había sido tal que doncellas de todos los rincones del mundo habían llegado para intentar casarse con él. Esela lo miró y le preguntó por lo que lo molestaba. Loines, mirándola por el reflejo de su fabuloso espejo, respondió:

—La sangre de la gente de mi reino no es pura, no es pura porque durante generaciones se han mezclado con personas de otros lugares, de otras razas. Y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca, nuca, nuca he podido evitar que lo sigan haciendo y mantengan un línea de sangre impoluta. Esa es mi molestia.

—¿Y qué es lo que su majestad desea que haga para librarlo de su pesar? Nómbrelo y si está en mi poder lo solucionaré — inquirió Esela.

—Necesito que mi pueblo deje de casarse y tener hijos con extranjeros de otras razas. Quiero que no los acojan como si fueran uno de ellos —respondió Loines.

—Por suerte, oh, purísimo gobernante, está dentro de mis posibilidades ayudarle. Dentro de tres noches su problema desaparecerá y no habrá más mestizos en Botath.

—Te lo agradezco mujer, pero ¿qué será lo que requerirás como compensación por tu ayuda?

—Mi ayuda no requiere compensación, oh, nobilísimo rey. Con tan sólo librarlo de su pesar y verlo feliz me basta. Ahora debo marcharme y dedicarme a lo mío para resolver lo suyo.

Con esto, Esela se fue y de manera inmediata comenzó a ocuparse en lo que le había prometido a los tres reyes. Pronto los problemas que los aquejaban serían cosa del pasado. Pero cómo fue que sucedió y cuál fue el resultado, lo descubriremos más adelante.

Continuará…

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