La última chispa

Sabía que sus últimos momentos estaban cerca, lo sabía con certeza. La electricidad que había recorrido toda la extensión de su cuerpo durante tantos años ahora sólo era una diminuta chispa, una chispa que cada día se hacía más y más pequeña.

Pero esa electricidad no había sido una metáfora, había sido real.

Muchos años atrás, cuando aún era muy joven, mientras se resguardaba de una fuerte tormenta, un rayo había impactado con toda su furia en el árbol bajo el cual se encontraba. Algunos de sus compañeros, junto a los que se guarecía, habían resultado muy heridos debido a la descarga de energía y uno incluso había muerto. Pero ella sólo había sufrido una leve quemadura. Quemadura que le había dejado una cicatriz en el antebrazo izquierdo.

Desde el primer momento sintió como algo había cambiado en su organismo, un nuevo tipo de vigor la invadía. Algún tiempo después reconoció que ese vigor era una especie de electricidad. Finos rayos que viajaban a lo largo de su cuerpo junto al torrente sanguíneo dotándola de algo que nadie más poseía: una resistencia física inusitada y una mente que se desenvolvía de una manera sorprendente.  

Pero aunque gozó de ese don, su vida no había sido diferente a la del resto. Había crecido en una época en donde los prejuicios sociales eran todavía mayores a los de estos días y la presión de la gente de su entorno la había hecho sucumbir y había terminado por abandonar todos sus sueños. En lugar de graduarse de la universidad y ser una científica o ser una gran atleta y competir a nivel mundial, terminó casada, sin miras a otra cosa más que a la vida de matrimonio.

Como lo requería su devoción religiosa (desde muy pequeña había sido educada con un fuerte dogma), católica romana, le fue incondicional a su esposo y parió todos los hijos que le envió Dios.

Los años y cada nuevo embarazo iban enterrando, muy profundamente, su afortunado incidente. Su electricidad interna fue empleada en su totalidad para atender las demandas de su marido y de sus diecisiete hijos, demandas que incluso después hicieron algunos de sus casi cincuenta nietos. Esa dedicación tuvo su recompensa. Todos la consideraban una esposa y madre abnegada, un modelo a seguir, con una conducta intachable que se entregaba por completo a su religión y a su familia. Esto le brindó mucha satisfacción, después de todo era lo que Dios había querido para ella.

Ciento treinta y un años habían transcurrido, su esposo había fallecido y todos sus hijos habían formado sus propias familias y habían gozado de vidas plenas. Los desvelos, las preocupaciones, el hambre, el frío, los enojos; todo eso era nada comparado con verlos a todos realizados y en el buen camino. Era feliz.

Ahora yacía en su cama, sintiendo como la chispa se apagaba. Doce de sus hijos y muchos de sus nietos y bisnietos la acompañaban en esos últimos instantes de su existencia. Los miró, uno a uno, con una sonrisa en su arrugado rostro. Con su cansina mano tomó las suyas. En las caras de algunos las lágrimas escurrían, en otras las facciones se descomponían por el dolor.

Cuando soltó la mano del último de los ahí presentes les dijo con su temblorosa y apenas audible voz:

—Hijos míos, mis niños. Gracias por estar aquí, acompañando a esta vieja en sus últimos momentos.

—No digas eso mamá —la interrumpió uno de ellos, el mayor.

—Es la verdad, hijo. Tienen que aceptarlo. Ahora, sólo déjenme terminar de hablar.

Todos callaron para escucharla.

—Quiero decirles que estoy orgullosa de ustedes, de sus familias. Y sepan que aunque ya no esté aquí, siempre, siempre, los cuidaré porque la labor de una madre no termina nunca. Lo único que les dejo de valor es mi electricidad. Todo lo que fui, ahora fluye por ustedes y sus hijos. Atesórenlo. 

Se miraron entre ellos. Recordaban que desde que tuvieron uso de razón les había hablado de eso: de la electricidad que recorría su cuerpo, que había sido un regalo de Dios y que era algo que todos los de su sangre poseían también. El problema era que ninguno ellos, ni sus hijos ni sus nietos, habían, nunca, sentido tal energía. Pero era algo que nunca le dijeron. 

—En un algún momento volveremos a estar juntos, cuando sus chispas se encuentren con la mía y vuelvan a dar energía al rayo. Seremos uno nuevamente. Pero ahora es tiempo de que me reúna con Dios. Hasta pronto, mis niños.

El llanto asomó en cada rostro y todos se tomaron de las manos tratando de encontrar consuelo. 

El brillo de sus ojos se apagó, su cuerpo se había quedado sin electricidad. La última chispa se había apagado para siempre. 

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