Los tres reyes: la resolución de la hechicera

Después de retirarse durante dos días a preparar lo que se disponía a hacer, la hechicera se dirigió al gran claro que se encontraba en medio del viejo bosque. Allí reunió a los Botatienses para darles a conocer el motivo por el cual se encontraba allí. 

—Habitantes de Botath, súbditos del noble Loines, su gobernante desea que no reciban a más extranjeros y que sobre todo dejen de mezclarse con ellos. Su sangre debe regresar a su pureza original para que así pueda sentirse orgulloso de ustedes.

—Pero ¿por qué deberíamos de hacer eso? —preguntó uno de los hombres ahí reunidos; un hombre moreno y más alto que el promedio. —Eso nos ha dado diversidad que nos permite destacarnos en diferentes actividades. Algunos son más fuertes, otros más rápidos. Podemos hacer cosas que nuestros abuelos no podían y nuestros propios nietos serán mucho mejores que nosotros.

—Eso lo sé, pero son los deseos de su rey y yo prometí ayudarle. Sólo escuchen lo que tengo que decirles y decidan ustedes mismos.

Esela habló con ellos durante todo ese día y a la mañana siguiente se marchó, poniendo rumbo de vuelta a Nevolar, en la costa.

Al llegar, dos días después, reunió a todos los Nevolarenses en el puerto y habló con ellos:

—Habitantes de Nevolar, súbditos del fastuoso Pirriul, su rey desea que sean personas refinadas, que vistan de manera elegante y que hagan lo posible por tener riquezas. Su apariencia debe de ser algo que lo enorgullezca.

 —No estamos de acuerdo. No nos parece bien —increpó un viejo pescador que vestía ropas decoloradas por el sol y tenía la piel curtida por la brisa marina—. Somos pescadores, nuestra vida transcurre en el mar, vestirnos con ropas finas sólo entorpecería nuestro trabajo. La única riqueza que necesitamos es la que nos dan las aguas y nuestra comunidad. Así somos felices.

—Eso lo entiendo, pero es algo que su gobernante anhela y yo prometí ayudarle. Por favor escuchen lo que les diré y tomen una decisión.

Esela les habló durante todo ese día y a la mañana siguiente se marchó, encaminándose hacia Tlatorol, en las montañas.

Dos días después, al entrar al pueblo, reunió a Tlatorolianos en la gran meseta y se dirigió a ellos.

—Habitantes de Tlarotol, súbditos del brillante Renial, su señor ansía que se cultiven, que dediquen su tiempo a leer y adquirir el máximo conocimiento posible. Si ustedes fueran las personas más inteligentes del mundo, él se sentiría muy orgulloso.

—Somos lo que somos. ¿Acaso cada uno de nosotros no nos destacamos en nuestros oficios? —señaló una mujer que portaba unos grandes anteojos y sus manos mostraban delgados y hábiles dedos—. Nuestra inteligencia la aplicamos de manera útil y no acumulamos conocimiento que terminará por perderse. Creamos con nuestras cabezas y nuestras manos. 

—Eso lo veo, pero eso lo que desea su majestad y yo prometí ayudarle. Sólo escuchen lo que tengo que decirles y decidan lo que mejor les parezca.

Esela pasó la tarde hablándoles y a la mañana siguiente se marchó. Esta vez se dirigió hacía sus tierras en el oeste.

Trece días le tomó hacer el viaje de regreso a su hogar. Su modesta morada se encontraba en lugar deshabitado, justo entre un bosque, una montaña y un gran lago. Al llegar fue recibida por los muchos animales con los que compartía esas tierras. Recogió algunas verduras y acarreó agua. Después de comer lo que había cocinado se puso a bordar. Por último, antes de dormir, leyó un poco.

A la mañana siguiente, al alba, salió al pórtico, se sentó en su vieja silla y encendió su pipa.

Cuando el sol comenzaba a asomar, en el horizonte divisó aquello por lo que había estado esperando: desde el norte, sur y este se acercaban tres grandes grupos de personas. Cuando los tres contingentes se encontraron, unieron su marcha y continuaron hacia la pequeña casa.

Esela se levantó de su silla y fue a su encuentro. Mientras caminaba recordó lo que le había dicho a cada una de esas personas cuando les comunicó lo que los tres reyes deseaban: “No vengo aquí a imponerles nada. Los deseos de sus reyes no son mis deseos. Para mí ustedes son gente de grandes corazones. Sus gobernantes, segados por su ego pretenden, a toda costa, cambiarlos, convertirlos en un remedo de ellos mismos. Pero eso no tiene que ser así”. 

“Yo, Esela la hechicera, les ofrezco mi ayuda. En lugar de quedarse aquí y ser objeto de críticas y burlas o arriesgarse a que el descontento de sus monarcas acabe por ser perjudicial para ustedes, los invito a venir conmigo para que formemos una comunidad; una comunidad donde lo menos importante sea la cantidad de libros que hayan leído o si visten con telas finas o si sus hijos deciden emparentar con gente de otro color de piel”. 

“Una comunidad que prospere por el esfuerzo y los valores de todos por igual, pero sobre todo por el respeto. Mañana partiré de sus tierras, si deciden que lo que les propongo es bueno para ustedes, esperen un día y una noche y emprendan camino hacia al oeste hasta que encuentren el bosque al pie de la montaña y el gran lago más allá. Allí los estaré esperando”.

Al llegar ante ellos, Esela les dio la bienvenida y los guío a sus nuevas tierras. Sus caras ahora mostraban satisfacción donde antes habían mostrado decepción al escuchar lo que se pensaba de ellos.

Así fue como Esela la hechicera, sin hacer uso de sus artes arcanas, fundó el reino más próspero y feliz del mundo. Y así fue como los tres reyes lo perdieron todo… salvo su ego y sus prejuicios. 

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