Noche peligrosa

Una vez que se ocultó por completo el sol, Inna salió nuevamente de cacería. No necesitaba alimentarse de manera constante, una vez que había saciado su apetito podían transcurrir varias semanas sin que tuviera que volver a matar. Eso le daba la oportunidad de mantener un perfil bajo y no dejar una gran cantidad de cadáveres tras de sí. 

Recorrió las calles en busca de un buen lugar para saciar su hambre. Después de un par de horas de caminar (nunca usaba ningún medio de trasporte) encontró uno que parecía prometedor: un club nocturno.

A lo largo de la acera, una fila de gente, en su mayoría jóvenes, esperaba para entrar. Por entre las paredes se alcanzaba a escuchar música, que a ella le parecía sólo ruido sin sentido. Se formó y esperó.

Inmediatamente al cruzar la puerta, el altísimo volumen de la música asaltó sus sentidos. Siempre había evitado los lugares estridentes y muy concurridos, donde sus sentidos se embotaban, sin embargo, guiada por su creciente hambre, había decidido entrar. La música, una serie de discordantes melodías y ritmos monótonos acompañados de voces ininteligibles; la estrambótica y a veces frenética forma de bailar de los ahí reunidos y las estroboscópicas luces la desorientaron por completo. Comenzó a caminar por entre la multitud, apartando bruscamente a quien le impedía el paso, en busca de donde poder recomponerse. Al fondo, junto a la barra, encontró un angosto corredor, ahí se detuvo. Mientras trataba de normalizar sus sentidos, se daba cuenta de que quizá haber elegido este lugar había sido un error, tal vez sería mejor probar suerte en otro lado. De pronto, a su espalda, escuchó que alguien le hablaba.

—Hola. ¿Qué tal? —un joven fornido y no mal parecido la saludó—. No he podido dejar de mirarte desde el momento en que entraste, es imposible no notar a alguien como tú.

Inna volteó al instante. Era sorprendente la manera en que se había visto abrumada por la atmósfera del club. En ningún momento notó que la observaran y tampoco se había dado cuenta de que ese hombre se le había acercado por la espalda. Nunca le había sucedido algo así.

—¿A alguien como yo? —respondió aún confundida.

—Sí, ya sabes, hermosa y extranjera. Soy Ricardo. 

Lo miró intensamente por unos instantes.  

—Hola, Ricardo. Mi nombre es Inna.

—Es tu primera vez por aquí —más que una pregunta era un afirmación—, nunca te había visto.

—Sí. Es la primera vez que vengo. Se me hizo un lugar interesante y decidí entrar. Aunque debo confesar que no es el tipo de lugar que acostumbro frecuentar.

—No te preocupes, lo único que tienes que hacer es pasarla bien.

La agudeza y seguridad con que se dirigía a ella la desconcertaba. Pero ahora ya era demasiado tarde para pensar en retirarse, su potencial presa estaba frente a ella y no podía desperdiciar esa oportunidad, era como si el ciervo caminara directamente a las fauces de lobo.

—Sí, sólo pasarla bien.

—Vamos a bailar —la tomó del brazo y la llevó al centro de la pista. 

El joven parecía absorto mientras bailaba y bebía y ella trataba, lo mejor que podía, parecer entusiasmada. Gran parte de la noche había transcurrido y su necesidad de alimentarse se había hecho imperante, no podía esperar más. Tomó a Ricardo por los hombros y le sonrió. Eso era lo único que necesitaba para doblegar su voluntad.

—Deberíamos irnos de aquí. Me siento cansada y me gustaría que me acompañaras el resto de la noche.

La cara de satisfacción del joven al escuchar esto, no pudo ser más evidente.

—Claro. En realidad estaba a punto de proponerte lo mismo.

Después de que Ricardo se bebió una última cerveza, salieron del club. Afuera todo estaba tranquilo y callado. Inna sentía como recuperaba el control, como sus sentidos se iban normalizando.

—Tú indicas el camino.

—Iremos en mi coche, ¿te parece bien?

No era mala idea, después de todo qué amenaza podría representar para alguien como ella. Unos cuantos minutos más tarde llegaron a la casa de Ricardo. 

—¿Quieres algo de tomar?

—No, gracias. Así estoy bien.

El joven puso música, subió el volumen y se acercó a ella.

—¿Por qué no nos ponemos cómodos y entramos en ambiente?

Comenzó a bailar lentamente y mientras lo hacía iba desabotonando su camisa. Ella, poco a poco, se acercó a él, pero aunque no lo diera a notar, el sonido tan alto la molestaba. Parecía como si ese tipo no tuviera un momento de tranquilidad.

—La pasaremos muy bien —dijo mientras sus senos rozaban su torso desnudo.

—Eso no lo dudes —pegó sus labios a los de ella e inmediatamente la tomó con fuerza del cabello forzando su cabeza hacía atrás—. La pasaremos muy bien, lástima que no lo harás.

En ese momento de uno de los cuartos del fondo salieron tres hombres más, jóvenes como Ricardo, esbozando una amplia sonrisa.

—Mira nada más lo que nos trajiste hoy —dijo uno de ellos, el que estaba atrás de los otros dos.

—Sí, está muy buena —dijo otro de ellos mientras se aproximaba a Inna.

—La verdad es que no me costó ningún trabajo. Sólo unas cuantas palabras y ¡pum!, cayó. Ja, ja, ja.

Durante esos segundos Inna se mantuvo inmóvil, sólo escuchando, su cabello aún sujeto y su cabeza hacia atrás. Cuando uno de los tres, el que había hablado primero, se encontraba a un par de pasos de ella, agarró el brazo de Ricardo y lo partió por el codo. El joven emitió un intenso grito y se tiró al piso. La sorpresa de los otros fue lo único que le bastó.

Al que se había acercado lo tomó por el cuello y con un brutal golpe estrelló su cabeza contra la pared. Uno de los dos restantes, el que no había dicho nada, corrió hacía el cuarto de donde habían salido. El último, con la cara descompuesta por la furia, se abalanzó sobre ella.

—¡Hija de puta! Mataste a mi hermano.

Intentó darle un puñetazo en la cara, pero Inna lo esquivó y lo golpeó en la espalda. Tal fue la fuerza del golpe que la espina se le rompió cual rama seca. Ricardo continuaba con sus agónicos gritos, pero sin darle importancia se dirigió hacia a donde se había escondido el otro. Unos momentos más tarde salió. Los iris de sus ojos como los de un reptil.

—Fue muy gracioso lo que les pasó a tus amigos, un pequeño golpe y ¡pum!, cayeron. Pero por lo menos ya estamos solos, deberíamos de ponernos cómodos y entrar en ambiente.

A pesar del sarcasmo de sus palabras, Inna sabía que tenía que acabar con esa situación y salir lo antes posible de ahí. Se acercó a Ricardo. 

—¡No! ¡Por favor! ¡Perdóname! Fue una estupidez, sólo tratábamos de divertirnos. Te juro que no lo volveré a hacer —dijo entre sollozos.

—¿En dónde quedó esa seguridad que mostrabas? Ahora sólo veo a un cerdo lloriqueando —se agachó hasta que su cara quedó a unos centímetros de la de él—. Pasamos una noche excelente, Ricardo, pero me temo que es hora de despedirnos —sin decir más sujetó su cabeza y, con su gran fuerza, la desprendió del cuerpo.

Salió apresuradamente del departamento con la cabeza del joven entre las manos. Ya se alimentaria en otro sitio.

Esta noche había cometido un grave error. Había entrado a un lugar en el cual sus sentidos se habían visto comprometidos y la habían tomado por sorpresa. Ahora tendría que irse lejos, a otra ciudad, para no arriesgarse a ser descubierta. Ahora, Inna tendría que buscar un nuevo territorio de caza.

Segundo relato de la serie Predadora de la noche. El primero, Nocturna, fue publicado el 24 de octubre del 2019.

5 comentarios en “Noche peligrosa”

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