Sin suerte

He perdido mi amuleto y mi suerte se ha ido con él, ahora no sé qué será de mí.

Una tarde mientras caminaba de regreso a mi casa después de haber ido al cine, se desató un terrible aguacero. El día había amanecido soleado, con un cielo abierto y muy azul, lluvia era lo que menos hubiera esperado. Debido a esto me vi obligado a buscar dónde guarecerme. Una cornisa fue mi única opción. Mientras me resguardaba, de manera nada eficiente, observaba como el agua iba cubriéndolo todo; la calle poco a poco se iba convirtiendo en un río. El agua casi llegaba a mis pies.

Comenzaba a desesperarme, pronto mi refugio no serviría de nada. Pensé en salir corriendo sin importar si me empapaba. Cuando estaba a punto de hacerlo, en el fondo de la calle vi un par de luces amarillas parpadeantes que se iban acercando. Casi hasta que estuvieron frente a mí me di cuenta de que era un taxi. Se detuvo y tocó el claxon. Sin pensarlo dos veces lo abordé. En cuanto cerré la puerta el chofer se dirigió a mí:

—¿A dónde lo llevo?

—A la colonia Moctezuma —contesté.

El coche arrancó. Tras avanzar un poco, noté que el trayecto sería nada agradable. El trafico estaba totalmente detenido y el chofer escuchaba una estación de radio muy guapachosa. Minutos después, en los cuales nos movimos apenas unos metros, bajó el volumen del estéreo.

—Parece que nos va a llevar un rato. Siempre es lo mismo cuando llueve.

—Sí —respondí con tono de fastidio.

—¿A qué se dedica, joven? —preguntó.

En ese momento deseé que nuevamente subiera el volumen y se concentrara en manejar.

—Soy empleado —fue mi seca respuesta.

Saqué mi celular y fingí hacer algo importante. Él, sin al parecer percatarse de mi distracción con la pantalla, siguió con sus preguntas. Yo apenas respondía con un o un no, sin si quiera mirarlo.

Seguíamos atorados y pensé en hacer un poco menos pesado el viaje. La plática comenzó a fluir en ambas direcciones. Hablamos del tráfico, del clima, de política y de fútbol. Apenas nos movimos. Durante todo ese tiempo había estado viendo como una imagen de San Judas Tadeo se balanceaba colgada del retrovisor.

—Ya viene el 28 —dije mientras señalaba la imagen del santo.

—Sí —contestó—. ¿Usted es devoto?

—No. En general no le encomiendo mi vida ni mi suerte a imágenes.

Inmediatamente sentí su penetrante mirada por el espejo. Ahora que lo pienso con más calma me doy cuenta de que esa respuesta fue lo que provocó todo.

—Pero en algo hay que creer, ¿no? —dijo frunciendo la frente.

—Supongo que sí. Pero no soy una persona muy apegada a la religión.

Miraba el reflejo de su cada vez más enojada expresión.

—No vayas a pensar que no creo en nada en absoluto. Tengo mi amuleto de la suerte.

—Eso no es lo mismo.

—Tal vez no, pero a mí me funciona muy bien. Toda mi suerte depende de él. —Saqué mi cartera y le enseñé un trébol de cuatro hojas que llevaba entre algunos billetes—. No sabes cuantas veces me ha ayudado.

—¿Un trébol? Eso es pura superstición.

—Bueno, lo mismo digo yo de tu santo —ese comentario fue mi más grande error—. Desde que lo cargo conmigo siempre me ha ido bien en todo, hasta he encontrado dinero tirado en la calle, varias veces.

—Tal vez te dé suerte con el dinero, pero ¿apoco le puedes pedir que alivie a un enfermo?

—No, no puede hacer eso. Pero no es que le pida las cosas, más bien por sí mismo me trae suerte.

—Bueno pues cada quien —al decir esto volvió a subir el volumen del radio y se concentró en el camino.

No le di importancia y volví a sacar mi teléfono. En varias ocasiones sentí su mirada y cuando levantaba la cabeza al retrovisor lo veía desviar rápidamente sus ojos al frente.

El tránsito seguía a vuelta de rueda. Pensé en bajarme y buscar una estación del metro. Al final no lo hice, seguramente iría igual de lento y muy lleno. Además, estaba mojado y tenía frío, y aunque el viaje me saldría muy caro (en ese momento no imaginaba cuanto), quería llegar a mi casa lo más cómodo posible.

—Pinche lluvia —dije mirando el reloj del celular.

—No se apure, allá adelante podemos salirnos de la avenida para ir entre las calles. Así podremos avanzar.

—Sí, está bien —contesté—, mientras lleguemos rápido.

Más adelante dio vuelta a la derecha, siguió sobre esa calle y luego se metió a la izquierda.

—¿Estás seguro de que estás calles nos sacan otra vez a la avenida?

—Sí, más adelante salimos otra vez.

Por lo menos nos estábamos moviendo y eso era bueno.

Dio un par de vueltas más. La colonia donde estábamos no se veía muy agradable. Debido al aguacero no había nadie en la calle. Súbitamente detuvo el coche, volteó completamente hacia mí y me amenazó con una navaja.

—Ahora si cabroncito, ni tu pinche amuleto te va a hacer el paro.

—¡Cálmate! —respondí —te doy todo lo que traigo sin problemas, sólo no hagamos una pendejada.

—La pendejada ya la hiciste. A ver, cáete con las cosas. El celular y la lana.

—Sí, toma —mis manos temblaban mientras le daba el celular. Abrí la cartera y saqué el dinero. —Es todo lo que tengo. ¿Ya me puedo bajar?

—¡Órale! ¡A chingar a su madre!

Cuando abrí la puerta sentí que me agarraba del brazo.

—El trébol.

—¿Qué? —quería bajarme y correr, alejarme de ahí.

—¡Qué me des el puto trébol! Dámelo o te pico —acercó la navaja hasta rozarme.

Sin siquiera pensarlo aventé mi cartera en el asiento. En cuanto me bajé, arrancó y se fue. Me quedé observando, parado bajo la lluvia en medio de la calle, como me era arrebatada mi suerte.

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