El reflejo

Durante años ha estado presente en mi vida. Para él sólo existo yo y para mí sólo existe él. No tolera que sea de otra manera y yo me he entregado por completo a esa locura. Supongo que me encuentro cegado por su carisma e hipnotizado por esa labia envolvente que no deja lugar para la duda.

Todo comenzó de una manera muy casual, con simples opiniones, siempre negativas, acerca de la gente con la que me relacionaba. Cuando se daba cuenta de que alguien me interesaba, ya fuera como amistad o algo más, inmediatamente comenzaba a escuchar sus argumentos acerca de que dicha persona no era algo bueno para mi vida. Era como siempre tenerlo, en tamaño diminuto, parado sobre mi hombro susurrando y susurrando.

Dependiendo de la manera en como me relacionara con las personas era el grado de diatribas que escucha de ellas. Su manipulación era sutil y en pequeñas dosis, pero siempre con el mismo resultado. Con el tiempo perdí a todas mis amistades y cada una de mis relaciones sentimentales. Siempre hizo todo lo posible para que terminara regresando a él. 

Todo parecía haber cambiado (o eso es lo que creí en ese momento) hace varios meses que conocí a un grupo de gente con los que me di cuenta que compartía bastantes intereses. Tal vez tenía más cosas en común con ellos de lo que nunca había tenido con nadie. Poco a poco me fui incorporando a su círculo y dedicando más de mi tiempo a estar con ellos. Eran momentos muy agradables los que compartíamos; reíamos, platicábamos y hacíamos un sin fin de actividades juntos. 

Desde el inicio temí su intervención y actué con cuidado, tratando de no mostrar demasiado entusiasmo para no llamar su atención. Sin embrago, mis esfuerzos fueron en vano y pronto comenzó a tratar de desalentarme, a tratar de ensuciar la felicidad que mostraba. Pero la fuerte amistad que había forjado con el grupo y el interés que mostraban en mí, me proporcionaron un refugio a sus palabras. 

Con toda mi voluntad me resistí a sus embates. Viví en un constante estira y afloja el cual hubiera perdido si no hubiera sido por la fuerte amistad que había forjado con ellos. Y, casi sin darme cuenta, no volví a verlo más. Era como si por fin se hubiera rendido y me dejara tranquilo. Muy dentro de mí sabía que no podía confiar en que así fuera, pero el alivio que sentí con su partida me hizo bajar la guardia. 

En los meses siguientes me dediqué a vivir sin presión alguna y mi relación con el grupo se hacía más fuerte día con día. Me sentía tan bien que incluso me atreví a hacer cosas que nunca antes había hecho en compañía. Nunca había experimentado algo así.

Fue durante un viaje que realizaba con ellos, cuando ya lo había olvidado por completo, que lo volví a ver, un par de veces y de lejos. Nunca se acercó a mí; sin embargo, sentía su presencia. Dejé de sentirme tranquilo  y no disfruté más del viaje.

No volvió a aparecer en los últimos días ni en el siguiente par de semanas después de regresar. Comenzaba a pensar que tal vez sólo había sido una alucinación, que en realidad nunca lo vi. Mi vida retomaba su cause normal y otra vez comenzaba a desaparecer de mi cabeza cuando nuevamente escuché su voz. Estaba frente a mí, mirándome fijamente a los ojos, furioso, con una agresividad inusual.

A partir de ese momento su acoso fue constante, sin tregua, y aunque traté de alejarme de él sentía como su veneno me volvía a intoxicar. Cada palabra que me decía mellaba mis fuerzas. Cada día, cada hora, cada minuto… ahí, ahí, ahí… en mi cabeza. Quería que me separara de ellos para que no volvieran a interponerse entre él y yo. Quería que desaparecieran. 

Cuando consiguió que nuevamente me rindiera ante él, ideamos una manera para poner fin a mi absurda felicidad.

Unos días después, en una tarde como cualquier otra… no, no como cualquier otra. Esa tarde vi caer, uno a uno, a mis amigos; retorcerse mientras luchaban por llevar aire a sus pulmones. Me quedé ahí, sin hacer nada, hasta que todo terminó. Esa fue la última vez que estuve con alguien que no fuera él. 

Tranquilamente regresé a mi casa. Estaba cansado, sólo quería dormir. A la mañana siguiente, al salir de bañarme lo encontré esperándome; su cara era de satisfacción, me miraba con el orgullo de un padre que ve que su hijo por fin ha aprendido una importante lección. En verdad había aprendido la lección. Después de todo él siempre estaría ahí para mí, en el mismo lugar donde siempre ha estado: detrás del espejo.

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