30 minutos en el futuro

El timbre esta sonando insistentemente, creo que tendré que pararme a abrir. Quién carajos molesta tan temprano en fin de semana. 

—¡Voy!

Por la mirilla veo que es una mujer muy atractiva con un aspecto bastante retro, como el de una de esas chicas go-gó. Aunque su ropa (blusa cuello de tortuga, minifalda y botas altas hasta las rodillas) es algo extraña, de un verde metálico que parece más de plástico que de tela.

Abro la puerta.

—Tienes que venir conmigo. En 30 minutos tendrás que tomar una decisión que cambiará el rumbo de tu vida —su voz no es normal, es muy plana, como programada.

Me toma del brazo. Siento un fuerte jalón hacia el pasillo.

—¡Hey! ¡Hey! No voy a ir a ningún lado. ¡Suéltame!

Estoy forcejeando. Buscando algo de donde agarrarme. Siento sus dedos clavándose en mi piel. Voltea. En la mano tiene una pequeña pistola que más bien parece un juguete. 

—No te resistas. No podrás evitar que te lleve al punto de entrega.

Un sonido extraño sale del arma. No puedo hablar.

Estamos en la calle. Hace frío. Me olvidé por completo que estoy en calzones. Enfrente hay un carro plateado con las defensas y retrovisores cromados. Subimos. Aprieta un botón y el tablero se enciende. No es un tablero normal, tiene muchos indicadores y luces parpadeantes. 

—Sujeto 17 en camino. Hora aproximada de llegada, 21 minutos con 11 segundos.

Oprime otro botón y pisa el acelerador a fondo. Todo es tan irreal. Estoy siendo secuestrado por una sexy mujer que parece salida de una película de ciencia ficción de los años sesenta.

Nos movemos a gran velocidad por entre las calles. Parece que está evitando las avenidas principales. Avanzamos hasta llegar a la zona industrial. Se detiene en una bodega y el portón se abre. En el estacionamiento hay varios carros idénticos a este, del mismo modelo y color. Todos estacionados en ordenadas filas. Acomoda el coche. Los indicadores del tablero se apagan.

—Iremos a ese edificio.

Al centro hay un edificio de unos tres pisos de alto. Miro alrededor. Veo a algunos tipos que rondan el lugar, todos vestidos con un traje blanco hecho del mismo material que el de ella.

Salimos del coche. Me toma nuevamente del brazo y empezamos a caminar. Escucho que el portón se abre y veo entrar otro carro. 

En cuanto entramos al edificio, me doy cuenta que hay más hombres en la misma situación que yo. Todos parecen muy confundidos y algunos muy alterados. Unos visten pijamas y otros ropa deportiva. Es bueno no ser el único en calzones. Al lado de cada uno de ellos hay una mujer. Todas visten de forma idéntica. La única diferencia es el color.

En una de las paredes se enciende una pantalla muy grande en la que aparece la imagen de un hombre. Es de mediana edad, viste bata blanca y lleva una especie de goggles en la frente.

—De entrre toda la gente de esta ciudad, ustedes han sido escogidos para ayudarrnos a concretarr una tarrea. Algo tan imporrtante que cambiarrá el destino del mundo. Serrán parte de un prrivilegiado grrupo de visionarrios.

Algunos de los presentes comienzan a gritar. Quieren una explicación a lo que esta pasando. Me doy cuenta que mi voz a regresado. El tipo de la pantalla continúa.

—La decisión está en sus manos. La glorria de serr quienes moldearran el futurro o regrresarr a sus pequeñas y patéticas vidas.

¿O nos están haciendo una broma muy elaborada o es una de esas sectas peligrosas? 

Más gritos. Ahora yo también lo hago. No pienso seguir con esta tontería. Quiero regresar a mi casa.

—La decisión que tomen tiene que serr completamente librre. No se les obligarrá a nada. Los que decidan continuarr obtendrrán todas las rrespuestas. ¡Todas! Los que no, serrán devueltos a sus hogarres por la misma asistente que los trrajo aquí. Perro sepan que no cejarremos en nuestro intento porr tenerrlos entrre nosotrros. El maestrro nunca se equivoca y su elección no puede serr alterrada.

La pantalla se apaga.

 Yo y muchos más, quizá la mitad, estamos exigiendo regresar. A los demás los llevan al fondo del edifico. La chica que me trajo me agarra otra vez del brazo y me lleva hacia el estacionamiento. Antes de salir me apunta nuevamente con la pequeña pistola.

—Es hora de regresar.

Esta vez emite una luz estroboscópica…

… El timbre esta sonando insistentemente, creo que tendré que pararme a abrir. Quién carajos molesta tan temprano en fin de semana. 

—¡Voy!…

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