Al caminar por el desierto una pequeña gota encontré, tan brillante y hermosa que de ella prendado quedé. La tomé entre mis dedos y al mirar en su interior descubrí que era tan vasta como el mismísimo océano; profunda, poderosa. Sin importar mi sed a las arenas la devolví, y antes de marcharme le susurré: Gota, si alguna vez entre las nubes te encuentras vuelve a descender y empápame.