Mirrey

Los viernes por la noche era el momento perfecto para Mario; como siempre, de manera puntual, inició su ritual de acicalamiento, y tras un par de horas se encontraba listo. Pero sin importar lo que hubiera tardado en arreglarse, no podía salir nada más así, no sin antes dar una última revisión a su aspecto en el espejo: cabello bien peinado (ni un cabello se movería de su lugar con la cantidad de gel que usaba), uñas con una brillante manicura, camisa abierta hasta la mitad de su lampiño pecho de donde caían un par de cadenas de oro, pantalones arriba del tobillo que dejaban ver que no traía calcetines, zapatos café que, al igual que su cinturón que era del mismo color, resaltaban en su blanco atuendo. Todo estaba perfecto, sólo faltaba el toque final: sus lentes oscuros. Tras media hora más salió de su casa y se dirigió a su cita.

Este tipo de encuentros eran casi rutinarios para Mario, por lo menos tenía dos cada semana, pero siempre había algunos que lo emocionaban más, esos donde la chica con la que se encontraría era bastante atractiva y según sus fotos, le gustaba la buena vida. Esta noche sería exactamente así; emocionante. La chica rubia de ojos azules y de bastante buenas proporciones, excelentes tetas para ser exactos, prometía ser su mejor trofeo en meses. De que terminaría con ella en la cama no había duda alguna porque ninguna mujer se le resistía. No podía ser de otra manera con su abdomen en forma de six pack, su cartera rebosante de billetes y su coche del año; todo lo que cualquier mujer sensata y con estilo desearía.

Llegó al lugar, un bar en el centro donde se reunía pura gente “bonita”. Al entrar inmediatamente identifico a la chica, Rebeca era su nombre; antes de ir a donde estaba sentada se acercó a la barra y pidió dos bebidas. La joven lo miró acercarse sosteniendo dos copas, su sonrisa de perfectos dientes y sus lentes oscuros a media nariz para permitirle ver si agachaba un poco la cabeza. Al sentarse le dio un beso en cada mejilla y se presentó con el tono y sonsonete tan característico de los de su estatus. 

La conversación que tuvieron se enfocó, Mario la enfocó, en él; sus múltiples viajes a Aspen a esquiar, sus viajes a New York a comprar ropa, el coche nuevo que quería, su casa en Puerto Vallarta y las múltiples fiestas del jet set que frecuentaba fue de lo único que habló. A pesar de que Rebeca casi no dijo nada, y cuando lo hizo solo fue para mencionar todo lo que su “papi” le compraba, escuchó fascinada a Mario. Era exactamente lo que quería en un hombre, incluso antes de que le contará todo eso, apenas lo vio acercarse, lo supo; la marca de su ropa no podía indicar otra cosa más que perfección. 

Unos tragos más tarde salían del bar rumbo a su departamento en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. En el camino el adinerado joven no pudo evitar pisar a fondo el acelerador y pasarse todos lo altos en los semáforos, después de todo conducía un deportivo muy potente y no había mejor momento para demostrar su hombría.

Una vez en su departamento, Mario puso música y le pidió a Rebeca que lo esperara mientras iba por algo para beber. Cuando regresó traía una botella de whisky, dos vasos y estaba completamente desnudo; dejó los vasos y la botella en el piso y se abalanzó sobre ella. Al principio la joven se resistió, le pareció bastante desagradable que de pronto apareciera sin ropa, como si no le importara si se sentía cómoda o si deseaba que todo fuera más allá. Sin embargo, después de considerarlo, decidió que lo dejaría hacerle lo que quisiera. Sabía que, de alguna manera u otra, habría un recompensa para ella. Tal vez no la haría su novia, pero por lo menos le daría un regalo.

Lo que Mario le hizo duró escasos minutos. 

Antes de siquiera comenzar a disfrutarlo lo escuchó pegar un estruendoso gemido de placer y después lo vio tenderse sobre el sillón con una estúpida sonrisa dibujada en su cara. Momentos después, Mario tomó su celular e hizo una llamada. Cuando colgó se sirvió un trago y se dirigió a uno de los cuartos. Esta vez apareció cubierto con una bata, en una mano el vaso con la bebida y en la otra su cartera. Sacó varios billetes y se los ofreció.

—Toma, comprate algo lindo. Y, por favor, vístete para que llame un taxi que te lleve a tu casa —al terminar de decir esto volvió de donde había salido.

Al día siguiente desayunaba con dos de sus amigos y les presumía la excelente noche de sexo que había pasado con su nueva conquista. Les aseguró que de tan bueno que fue, sin duda lo buscaría para repetirlo, pero él, como siempre, la rechazaría.

Mario era un conquistador y no había mujer con la que pasara más de una noche, ninguna merecía más que eso; ninguna se lo merecía a él. 

5 comentarios en “Mirrey

  1. Que personaje tan antipático has creado. A este sí lo ahorcaba yo con mis propias manos. Más allá de eso, el relato está muy bien contado, la rutina de muchos chavos hoy en día pero éste se voló la barda. Creo que mi reacción de decirle antipático habla de lo bien que has sabido pintarlo en tu relato.¡ Saludos!

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