Perfección

Imagino a la perfección aquella tarde en la que nunca estuvimos juntos, en la que descubrí que la sensación de tocar el vello que corona tu pubis era igual al suave roce de los pétalos de una flor entre mis dedos. Estábamos desnudos y el sol se colaba por entre las cortinas del enorme ventanal, mis pies fríos y mi pene palpitando con el incontrolable ardor de por fin tenerte toda para mí.

Fue una tarde de sudor y tímidos gemidos, de orgasmos inconclusos en la que por primera vez probamos aquello que se convertiría en nuestra perdición: la insaciable necesidad de sexo.

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