Diálogos divinos

El Ser Supremo miró a su reflejo, ese que dominaba una de las mitades del mundo.

—¿Y qué has hecho últimamente?

El Ser Supremo, que a su vez veía al que le preguntó como su propia reverberación, contestó:

—Liberé a mis más acérrimos fanáticos para que regresaran a la senda de la verdad a los descarriados. Les di dominio sobre una nación y espero que pronto se propaguen sus formas por todas las sociedades que están bajo mi control.

—Cierto, lo había olvidado. Por fin conseguiste expulsar a algunos de los míos de tus tierras, aquellos que se creen mis elegidos… Ja, ja, ja, ja, ja. Pero qué bien, espero que todo esté resultando como lo planeaste.

—Por ahora va bien. Todo el mundo habla de eso. Lo que me da más gusto es ver que las mujeres volverán al sitio a donde pertenecen… así tal cual lo vislumbramos juntos desde el inicio de los tiempos.

—Sí, sí, carajo. Yo cada vez pierdo más fuerza en eso y no me gusta.

—Es que les permitiste demasiado. Ahora andan por ahí creyéndose no sé qué.

—Lo sé. Pero no creas, ya comienzo a arengar a mis fanáticos también. Les susurro que las viejas formas deben de regresar a toda costa, y poco a poco todo comienza a bullir. No hay país en donde no se haya mostrado.

—Eso es bueno. Supongo que los incitas al odio hacia los míos.

—Sí, claro. Lo usual.

—Muy bien. Yo por mi parte hago lo mismo.

Ambos guardaron silencio, sintieron que alguien los observaba. Sin inmutarse voltearon y miraron a sus espaldas.

—Ah… eres tú.

Aunque no lo hubieran notado antes, el que estaba detrás de ellos, ese que nunca quiso estar bajo la sombra de esos dos, y que fue en busca de su propio camino para al final quedar condenado al destierro, estuvo ahí desde el inicio de la conversación y lo escuchó todo. Los miraba como siempre lo hacía: como los dos necios que eran.

—Pero no te quedes ahí nada más sin decir nada. Cuéntanos que es lo que has estado haciendo —el primero que había hablado, el del oeste, le preguntó.

—Pues en lo de siempre, ya saben, tentando a todo el que se deja con el fruto prohibido; haciéndolos crear arte, desarrollar la ciencia, que cuestionen todo. Siempre tratando, inútilmente, de que haya más interés por el conocimiento que por el enriquecimiento. Me pregunto por qué no lo he conseguido aún.

Ejem… Bueno, bueno, tú sigue con tus cosas raras y déjanos seguir hablando de lo que realmente importa. Anda vete ya a seguir con tus jueguitos tontos —le dijo otro Ser Supremo, el del este.

—Sí, me voy a seguir intentándolo. Quizá algún día lo logre.

Así fue que el Desterrado, gustoso, se marchó y los dejó solos. Nunca le había gustado estar cerca de ellos, pero siempre aprovechaba cualquier oportunidad que tenía para enterarse de lo que hacían y así saber cómo podría actuar ante cualquier situación.

Solos otra vez, continuaron con su plática.

—Tonto, parece que no aprende que nunca podrá contra nosotros.

—Que él exista tiene su lado positivo.

—Sí, lo sé. Siempre lo podremos culpar de todo lo malo que ocurra, y así dirigir la irá de nuestros fieles hacia los humanos que seduce.

—Sí, sí. De hecho, ahora mismo se me acaba de ocurrir que podemos iniciar otra gran guerra entre nuestros pueblos y hacerlo responsable.

—Ja, ja, ja, ja, ja. Nunca dejemos de lado nuestras viejas costumbres.

Ambos Seres Supremos se dieron la mano y se despidieron, marchándose cada uno tomando su propio camino, pensando en que no importaba cuántos cambios hubiera en el mundo, ellos siempre lograrían poner las cosas en orden. Como les gustaba.

5 comentarios en “Diálogos divinos”

  1. Muy buen relato mostrándonos las dos caras de dios y la honestidad del desterrado, que se adivina quién es. El concepto de dios, diablo, sus voluntades, sus luchas es tan confusa… por lo mismo tu relato me parece muy bueno, muestra lo absurdo de la situación. Cada quien sus creencias pero es un tema medio escabroso… te dejo un abrazo.

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    1. Gracias, Ana, por pasar por aquí. Bueno, fue algo que salió inspirado por lo que pasó en Afganistan; al final las dos religiones (tres contando la judía) siempre han estado en guerra y la una a la otra se llaman enemigas del Dios verdadero, cuando Alá y Yahvé son lo mismo, y se tachan mutuamente de ser emisarios del Diablo.

      Le gusta a 2 personas

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