El cerro de las tres cruces (republicación)

Al escribir este cuento no pude evitar pensar en esas películas de la época de oro del cine nacional (México); esas de charros empistolados y que montan a caballo, esas de Pedro Infante, Luis Aguilar y muchos otros más, esas que casi todos los que vivimos en este país hemos visto por lo menos una vez. Esta historia es un completo drama en el que intenté plasmar la doble moral del mexicano y el machismo de su sociedad, actitudes que hasta el día de hoy están muy presentes. Con esta entrada doy por terminadas las republicaciones de aniversario; espero de verdad que les hayan gustado.

—Deberías calmarte. Después de que lo hagas no habrá marcha atrás, serás un asesino sin importar que sea lo que se merecen.

Los dos hombres se dirigían hacia el establo, la mirada de Otilio fija al frente, su ceño fruncido y las manos apretadas en dos puños. Justo frente a la puerta, Gabino lo sujetó del brazo.

—¡Suéltame! Voy a ir a matarlos, como el perro y la puta que son, y si te pones en mi camino a ti también te voy a llenar de plomo.

—Está bien, haz lo que quieras. En mi conciencia no pesará el haber quitado una vida. Pero tú y yo no seguiremos siendo amigos, olvídate de que existo.

Otilio entró y unos momentos después salió a todo galope a lomos de su hermoso caballo gris, la pistola rebotándole en los muslos con cada zancada del animal. Gabino, que tuvo que hacerse a un lado rápidamente para no ser arrollado, lo vio alejarse.

—Que Dios te acompañe —dijo en un murmullo.

Hacia el sur, justo al lado del cerro, era a donde se dirigía; allí era en donde se encontraba su odiado rival, Ramón.

Muchos años atrás, Ramón y él habían sido amigos, los mejores, pero debido a algunas diferencias habían terminado por distanciarse; distancia que en los últimos meses se había convertido en un odio muy fuerte. Esto se había derivado a raíz de que, Natividad, la que había sido novia de Otilio desde la infancia, se había comprometido con Ramón y hacía un par semanas habían anunciado que iban a casarse. En ese momento había montado en rabia y jurado que no los dejaría casarse, que los mataría. Pero no había sido hasta hoy, un día antes de su boda que se había decidido a hacerlo.

Detuvo al caballo en lo alto del cerro, detrás de él un sendero de polvo delataba su recorrido. Unos metros más allá estaba la casa de su enemigo, se quedó observando unos instantes en aquella dirección.

Lo que vio hizo que su furia explotara por completo: de la casa de Ramón salía Natividad, tan alegre que, incluso, cantaba. Pero ese no fue el motivo para que se disipara por completo el atisbo de duda que comenzó a ganar terreno mientras cabalgaba; lo que realmente lo volvió loco fue que aún era muy de mañana, cuando había salido de su casa apenas asomaba el sol, y eso quería decir que ella había pasado la noche con él.

Natividad había sido una muchacha buena, casta, pero desde que lo dejó y se hizo novia de ese perro, parecía haber cambiado.

La joven iba en dirección al río; esperó a que se alejara lo suficiente. Desmontó, ató al caballo a un árbol y se dirigió hacia la casa. Se acercó lo más sigilosamente que pudo y miró a través de la ventana trasera. Ramón estaba acostado en la cama, parecía estar dormido.

Maldito perro, estaba ahí tan tranquilo. Entró.

Sin hacer el menor ruido, solo el sonido de los tacones de sus botas al chocar contra el piso, se dirigió hasta la recámara. Por unos instantes observó la cara de satisfacción dibujada en su dormido rostro; se acercó a él, tanto que sus narices quedaron a sólo un par de centímetros. Desenfundó la pistola.

¡DESPIERTA! —le gritó mientras presionaba fuertemente el cañón contra su frente.

Con un gran sobresalto abrió los ojos.

En cuanto se dio cuenta de su situación trató de incorporarse, pero la culata del arma lo golpeó secamente en la sien derecha. Otilio lo sacó de la cama, lo llevó a arrastrando hasta la sala y lo ató a una silla. Ahora sólo tenía que esperar a que ella regresara.

Casi una hora más tarde una canción entonada por una linda voz anunciaba el regreso de la muchacha. Cuando abrió la puerta lo primero que vio fue a su novio desnudo y amarrado a un silla, su cara completamente manchada de sangre seca.Su alegría desvanecida en tan sólo un instante.

—¡Ramón, mi amor! —se aproximó—. ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?

—A tu amor se lo va a cargar la chingada. Y también a ti.

Esa voz, conocía esa voz. Volteó y vio a Otilio parado frente a la puerta.

—Se supone que yo era tu amor… tú eres el mío… pero me dejaste por este desgraciado mal amigo. No voy a permitir que se quede contigo, mañana no habrá boda, sino dos velorios.

—No, Otilio, por favor. No hagas algo de lo que te vas a arrepentir. Eres un hombre bueno, tú no eres así.

Era un hombre bueno y tú abusaste de eso; me dejaste por este cabrón. Ahora soy un hombre herido capaz de hacer cualquier cosa.

—Por favor… —Natividad estalló en llanto y entre sollozos continuó hablando—. Por favor, Otilio, recapacita. Te condenarás si lo matas. Además te buscará la policía y nunca podrás volver a vivir tranquilo.

—Condenado ya estoy y la policía nunca me encontrará. Huiré lejos para nunca regresar. Lo siento, güerita, es la única manera en la que recuperaré mi orgullo.

—Mátame a mí, él no tiene la culpa, yo fui la que lo sedujo; yo fui la que lo llevo a la cama. ¡Mátame a mí!

Se acercó hasta ella, la tomó fuertemente por el brazo y con la mano libre la abofeteó.

No te preocupes, también a ti te va a tocar. Pero primero a este traidor —al terminar de decir esto, jaló el gatillo. La bala impactó en la cara de Ramón. Después un segundo disparo en el pecho, sólo para estar seguro.

—¡Eres un maldito! —Natividad se abalanzó sobre él. Otilio no esperaba esto y su reacción fue tardía.

Le clavó las uñas en la cara y comenzaron a forcejear. La pistola cayó al suelo. Tras unos instantes de mucho esfuerzo logró someterla y comenzó a golpearla. Con cada golpe descargaba su rabia, y con cada golpe lloraba más fuerte.

Ya sin fuerzas se incorporó. Natividad yacía sin vida en el piso, su hinchado rostro cubierto de sangre.

Llorando desconsoladamente observó lo que había hecho: de manera vil y cobarde le había quitado la vida a la mujer que había querido toda su vida, y de manera vil y cobarde le había quitado la vida al que durante muchos años había sido su mejor amigo.

Con desesperación golpeó su cabeza con sus manos y aún más fuerte contra la pared. No había marcha atrás, justo como le había dicho Gabino antes de que todo esto sucediera. Qué haría ahora; ¿huir? ¿Entregarse? Su momento de duda lo dejó paralizado. Su mirada saltaba de un cuerpo a otro, fue entonces cuando la vio y supo lo que tenía que hacer.

Se hincó y la recogió.

—Perdóname, Natividad. Perdóname, Ramón. Perdóname, Dios mío —colocó el cañón dentro de su boca y jaló el gatillo.

Dos días más tarde, después de los velorios, Gabino Avendaño terminaba su trabajo en lo alto del cerro. Desde ese momento la cima estuvo coronada por la cruces de Otilio Luna, Natividad Huerta y Ramón Campos.

2 comentarios en “El cerro de las tres cruces (republicación)

  1. Muy buen relato. Mantienes el tono costumbrista a la altura de Paynó, López Portillo y Rojas y aún de Azuela y De Anda. Duda existencial: En este fragmento (“Se acercó hasta ella, la tomó fuertemente por el brazo y con la mano libre la abofeteó), ¿La mano sí está libre o porta el arma? Si está libre, ¿A qué horas dejó de portar el arma? Si lo porta, ¿Sería bofetada o golpe con el arma -son intensidades distintas-? Fuera de eso, de veras es muy buen relato, hasta el detalle final de las cruces, como en los cuentos de Altamirano…

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    1. En verdad no me había puesto a pensar en eso, Alejandro. Tendré que reescribir esa parte. Gracias por señalarlo, incluso al volverlo a leer para corregir errores no me pasó por la cabeza. Gracias por tus comparaciones, no sé si sean merecidas, pero muchísimas gracias. La verdad es que solo escribo lo que me viene en el momento y nunca pienso si se parecerá, emulará o representará a algo, pero es bueno saber que piensen eso de mis locuras. Gracias.

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