La muerte y resurrección de Jacinto Salazar

El sonido de los disparos se escuchaba por todo el lugar, al salir de las pistolas y al rebotar en las paredes. Él se había quedado sin balas, lo único que podía hacer era esconderse y esperar un milagro.

Después de unos momentos hubo solo silencio, silencio que era roto por los lastimeros gemidos de los mal heridos. Otro disparo y uno de esos moribundos encontraba el fin de su miseria. Sobresaltado trato, de manera un tanto infantil, de hacerse lo más pequeño que pudo para que su cuerpo quedara completamente oculto detrás de las cajas y tambos que le servían como escondite. Cerró los ojos y esperó

—Conque aquí estabas escondido, como una puta rata.

Abrió los ojos y vio el cañón del arma y al hombre bigotón y de sombrero que estaba detrás sosteniéndola. Solo miró sin decir nada. No había nada que decir.

—Ya te cargó la chingada, pinchi Cucho de mierda. Tú y todos tus compinches servirán de ejemplo para que nadie más se vuelva a meter con nosotros. 

El estruendo de la detonación y las chispas al salir el proyectil fue lo último que vio; después todo se tornó negro.

Jacinto Teofilo Salazar Orticochea, mejor conocido como el Cucho o el Labios, apodos que le habían puesto por su labio leporino, había muerto. Salazar había nacido en un pequeño pueblo al sureste de Sinaloa; hijo del tendero de la localidad, creció viendo como iban y venían a sus anchas hombres, la mayoría de ellos con prominente bigote, que siempre llevaban sombreros, “piporras”, muchas cadenas y anillos de oro y que portaban grandes pistolas y otras armas de más alto calibre. A pesar del miedo que todo el mundo les tenía y a que su padre era constantemente despojado de todo su dinero y mercancía, había desarrollado una fascinación por esos sujetos; una fascinación por sus enjoyadas armas, por sus grandes y lujosas trokas” y, sobretodo, por el respeto que imponían. Así fue que, desde muy pequeño y siempre procurando que sus padres no lo descubrieran, comenzó a juntarse con ellos y algún tiempo después ya se les había unido. Con rifle en mano y acompañado siempre de varios matones más, nadie volvió a burlarse del Labios.  

Jacinto abrió los ojos. ¿Qué no le habían dado un tiro en la cabeza? Estaba seguro de eso. No podía estar vivo y menos después de lo que sabía con seguridad habían hecho con su cuerpo; en su mente se vio desnudo y colgando de un puente, en medio de la carretera que conducía a Culiacán, con un cartel atado al cuerpo que sin duda decía: Handencen con cuidado cabrones por ke a nosotros nosla pelan. 

Sorprendido miró a su alrededor. No estaba en ningún lugar que le resultara familiar, de hecho se encontraba en un sitio muy extraño, una especie salón lleno de sombras que le daba mucho miedo (y eso que a él poco lo asustaba). Un fulgor naranja que parecía provenir de todos lados y de ninguno iluminaba la estancia: cientos de pilares se elevaban hasta perderse en la negrura del techo y el suelo de lustrosa piedra se extendía más allá de lo que alcanzaban a ver sus ojos. A lo lejos escuchó pasos que se aproximaban. Eran pisadas fuertes, como si las hiciera alguien que pesaba mucho. Del fondo emergió una silueta que rápidamente recorrió la distancia que los separa.

Conforme se iba acercando pudo distinguir sus rasgos: era un hombre delgado, muy alto y de piel tan blanca como la leche. Su cuerpo estaba desnudo y una vez estuvo frente a él, lo miró intensamente con sus amarillentos ojos.

—Jacinto Teofilo Salazar Orticochea, es hora de que pagues por tus pecados —su potente voz llenó por completo el enorme salón; el sonido rebotó una y otra vez en las paredes hasta perderse.

Extrañamente, al escuchar esto, Jacinto se tranquilizó un poco. Desde siempre había sabido que cuando muriera el infierno era lo que lo esperaba, pero, por absurdo que pareciera, siempre había temido terminar en el otro extremo y sentir la ira del Creador.

El Cucho, con su gangosa voz, consecuencia de su defecto físico, dijo: —Así que por fin me chingaron y vine a parar al averno. 

—Estás es la antesala del infierno. 

—¿Es usted el chamuco?

—¡Insolente! Soy el Rey de las tinieblas; Señor de los fuegos eternos; Príncipe de las mentiras. Luzbel; Lucifer; Satanás… 

El Labios no era una persona muy inteligente, pero siempre sabía cuando podía aprovechar una oportunidad para usarla a su favor. 

—¿Y qué pecados son los que he cometido?

—Cómo te atreves a preguntar por tus pecados, no tienes ningún derecho.

—Pero, si usted, patrón, es el Rey de la maldad, de todo lo culero que hay allá arriba; si usted nos convirtió en lo ojetes que somos; nos corrompió, nos enseñó a mentir, a matar, a robar, a mentar chingaderas; ¿por qué me castiga por eso? ¿Por qué tengo que podrirme en el chingado infierno en lugar de seguir regando toda la cagada que lo hace feliz? 

—Cuida como me hablas, escoria, soy el Ángel Negro y nadie me cuestiona, menos un andrajo de hombre como tú. Tu alma es mía —sus amarillos ojos estallaron en llamas y su sombra se proyectó sobre Jacinto, envolviéndolo, privándolo de toda luz.

Jacinto reculó al ver la ira del Diablo. Dudó por un momento, ¿en verdad le había llegado su hora? No, fue su respuesta inmediata. En vida pocos se habían atrevido a meterse con él y aunque este canijo era el chamuco, ellos, a los que les había enseñado todo las cosas malas, eran los verdaderos chingones, eran los que vivían y sufrían día a día esa maldad. Al final el pinche patas de chivo solo los observaba, divertido, como si de una telenovela se tratara. Trago saliva y fajándose los pantalones dijo:   

—No se enoje, yo solo decía. Pero si no hay de otra, pos ni modos. Aunque la verdad yo me veo más de utilidad allá, para usted, claro, entre lo vivos que aquí chillando como marrano en matadero. Allá puedo seguir con lo que usted rebién me enseñó; puedo hacer que todos le tengan más miedo del que ya le tienen; puedo callarles el hocico a todos lo que hablan mal de usted. 

El Diablo lo miró intensamente. En todos los siglos de su reinado nunca se había encontrado con alguien como este mortal; todos, sin excepción, le habían suplicado, entre lágrimas y ataques de histeria, que los perdonara, que no los condenara a pasar a una eternidad de tortura. Este hombre no lloriqueaba, no mostraba ni el más ligero atisbo de desesperación. Desde luego se humillaba muy a su manera, se inclinaba ante él y le ofrecía servirlo como mejor lo sabía hacer: llenando al mundo de caos.

—¿Crees que necesito de ti? ¿Crees que no tengo millones de esclavos que están dispuestos a hacer lo que les pida? ¿Qué tienes tú de especial sino eres más que un ignorante defectuoso?

El Labios se enfureció al escuchar esto, nunca le había gustado que lo llamaran “defectuoso”.

—Señor Diablo, si no le interesa mi ayuda pos ni pedo, pero tampoco me joda. Con todo respeto, vaya usted y chingue a su puta madre. Y pues órale, a lo que nos truje, directo al infierno y vámonos haciendo menos —comenzó a caminar en dirección de donde el Diablo había venido.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! Eres osado, lo reconozco, y también bastante astuto. Eso me gusta. 

—De qué me sirve tener tantos huevos y mucho colmillo si ya estoy muerto —dijo deteniéndose y mirando a su interlocutor por encima del hombro—. De nada.

—Te servirán cuando te regrese a la vida para que me sirvas. Ese será un justo castigo para ti: seguir propagando la desgracia y nunca poder librarte de ello. Ahora ve y cumple con lo que has prometido.

El Diablo comenzó a alejarse, sus pasos resonando entre los muros, con cada paso que daba todo se tornaba cada vez más oscuro. 

El Cucho no podía ver nada, ni siquiera si ponía su mano a escasos milímetros de su nariz. De pronto empezó a clarear un poco, por algún lugar se filtraba un poco de luz. No una luz como la de la antesala del infierno sino luz del sol. Tanteo con las manos y se dio cuenta de que estaba envuelto en algo de plástico. El calor era insoportable y no podía respirar bien; desesperadamente busco una manera de salir de ahí. Después de unos minutos encontró un cierre, como pudo lo abrió y se irguió rápidamente tratando de llenar sus pulmones con aire. Efectivamente lo que lo envolvía era algo de plástico, una bolsa mortuoria. Miro a su alrededor, iba en la parte trasera de una camioneta pickup, junto a la bolsa el letrero de advertencia que habían amarrado a su cuerpo muerto. Salió de su envoltorio cuidándose de que los policías que conducían el vehículo no lo vieran. En la primera oportunidad que tuvo saltó y se escondió entre la maleza que crecía junto a la carretera. Cuando estuvo seguro de que nadie lo vería, se alejó de ahí. No le importó estar desnudo, lo único en lo que podía pensar en esos momentos era en que le había ganado la partida al Diablo y gracias a eso volvía a vivir. Sin embrago está vez sería diferente, está vez no le serviría a nadie de aquí arriba, está vez se convertiría en el jefe de jefes.

4 comentarios en “La muerte y resurrección de Jacinto Salazar

    1. Gracias, Ana, qué bueno que te gustó. El diálogo entre esos dos me resultó bastante divertido, hasta me reí mientras lo escribía, jeje. El tema se vuelve macabro por el toque de realidad que tiene, de nuestra realidad mexicana. No hay ficción que cause más miedo que la misma realidad. No te preocupes porque el Cucho terminará pagando por todo el mal que ha hecho. 😉

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