El camino del ídolo

Un golpe en la cabeza lo aturdió por completo, la vista nublada y todos los sonidos casi sordos; miró de un lado a otro tratando de ubicar a su contrincante. De pronto vio la suela de una bota aproximarse con celeridad hacia su rostro. El impacto lo dejó tendido en la lona. Como pudo se arrastró hacia afuera del cuadrilátero. Tras recuperarse, se puso en cuclillas en su esquina y observó a su compañero mientras era pateado entre dos de los rudos. 

El estruendo cobró viveza nuevamente; las cornetas, matracas y el griterío de la gente inundaron sus oídos: mentadas de madre, silbidos, insultos de lo más variado y desde luego las porras. Antes de volver a entrar en el cuadrilátero, se ató bien la máscara. Las veces en que intentaban arrancársela, que era casi siempre, se convertía en un problema; ya fuera que solo aflojaran la agujetas o la desgarrasen, debía protegerla a toda costa porque no solo ocultaba su identidad secreta sino que también era lo que lo convertiría, algún día, en ídolo. Esa máscara era todo para él dentro y fuera del ring.

Minutos más tarde se encontraba tendido, esta vez inmovilizado y con la espalda pegada a la lona. Guadaña, después de haberle aplicado “la tapatía” y no haber logrado que se rindiera lo había arrojado a sus compañeros, Huérfano y el Hijo de Aniquilador, para que acabaran con él. Después de recibir una tremenda tunda simplemente lo habían dejado tirado cuan largo era y colocando su bota izquierda y derecha respectivamente sobre su pecho, esperaron la cuenta del réferi.

Con tres golpes de la palma de la mano en la lona y la gente coreando el conteo, “¡1!… ¡2!… ¡3!”, la lucha llegó a su final; él, Lobo Gris y Dorado habían perdido. La lucha libre era como la vida y no siempre se resultaba victorioso.

Salió de la bodega que albergaba la pequeña arena de lucha y se subió a su viejo “vocho”.

Más de dos horas más tarde se encontraba ya en su casa, de su mochila sacó la máscara rota y, antes de colocarla donde guardaba todas las que quedaban inservibles, la observó con detenimiento: la tela esmeralda y las grecas naranja que emergían de su centro, un diseño simple, pero poderoso. Pronto tendría que mandar a hacer unas cuantas más. Casi todo el dinero que ganaba en su trabajo lo invertía en eso y en sus entrenamientos. A veces podía ser duro, pero el sacrificio bien valía la pena.

Se untó pomada desinflamatoria en los muchos moretones que llenaban su cuerpo. La gente que decía que la lucha era pura farsa no tenía idea de lo que hablaba. Claro que se hacía mucha coreografía y algunos golpes se colocaban de manera que no lastimaran. Pero muchos otros eran reales y muy dolorosos y ni que decir del riesgo de lanzarse por lo aires para caer sobre el contrincante, un mal calculo y podías acabar con un hombro dislocado o en un caso extremo, con el cuello roto. Algunos de sus colegas, profesionales y amateurs, habían sufrido accidentes que les habían causado la muerte.

Tomó un vaso de leche tibia y se fue a la cama. Antes de dormir puso una película: Santo y Blue Demon Contra los Monstruos. Una de las tantas que hicieran los más grandes ídolos de su infancia. Por ellos dos, y por muchos otros de esa generación, es que había decidido que sería luchador. Pero no simplemente era por sus proezas en el ring que los admiraba, sino también por lo que habían representado para miles de personas. Ellos habían sido el equivalente mexicano de los superhéroes gringos. Ellos en sus muchas películas habían salvado al mundo de terribles criaturas de la noche, invasores de otros mundos y científicos locos.

Para él no solo era llegar a lo más alto y subir al cuadrilátero en alguna de la grandes arenas del país mientras escuchaba a la gente gritar su nombre, era el representar la justicia y el bien; el ser un héroe. Como sus ídolos lo habían sido.

Tal vez era un ideal tonto, una fantasía que desde su infancia se había mantenido aferrada en su interior, pero qué sería de su vida sin ese sueño. Sabía muy bien que ya no se hacían más películas con luchadores como protagonistas, habían ido desapareciendo con el tiempo y las últimas que se filmaron ya habían perdido esa magia, ese absurdo, que las hacía únicas; sin embargo, los gladiadores del ring, principalmente los enmascarados, seguían siendo amados por las multitudes, incluso después de la invasión del wrestling de los Estados Unidos.

No le quedaba más que entrenar duro y en cada lucha mostrar todas sus habilidades porque sabía que cada victoria lo hacía más popular con la gente y también lo acercaba más a alcanzar su meta…

El anunciador se colocó en el centro del ring y le dio la entrada a los dos combatientes; por el lado rudo, Cazador de Cabezas y en la esquina técnica, él: Quásar. Sonó la campaña y sin más, ambos entraron al cuadrilátero. Tras un par de agarres al más puro estilo grecorromano, comenzó el verdadero toma y daca; entre patadas, golpes y vuelos, el primer asalto se decantó a favor de él. En el segundo round, Cazador de Cabezas le hizo honor a su bando usando todo tipo de artimañas, incluso cometiendo foul, para así poner la pelea uno a uno.

Dio comienzo el asalto definitivo, era a ganar o morir. Esta pelea era muy importante para ambos luchadores, ya que un promotor estaba presente y al vencedor seguramente se le presentaría una gran oportunidad.

Cazador de Cabezas no esperó y arremetió; llaves a los brazos, patadas en los muslos, agarres a la cabeza. Quásar respondió y logró equilibrar la situación. Después de varios minutos de vertiginoso combate, el rudo le aplicó una “huracarrana” y justo antes de que el réferi diera la tercera palmada, Quásar logró zafarse. Éste tomó a su contrincante del brazo y lo arrojó contra las cuerdas para recibirlo con unas patadas voladoras; Cazador de Cabezas cayó aturdido fuera del ring y el técnico, aprovechando esta situación, subió hasta la tercera cuerda y de allí voló por los aires cayendo con una “plancha” sobre su rival. Volvieron al centro del cuadrilátero e intercambiaron golpes. Una barrida de Quásar derribó al rudo; espaldas planas, nuevamente la cuenta llegó solo a dos. Una toma de brazos de parte de Cazador de Cabezas intentando que el técnico se rindiera. Estaban agotados. Quásar volvió a arrojar al rudo hacia las cuerdas y cuando regresaba lo tomó de la cabeza y lo estrelló contra la lona. Era el momento de ir por todo. Quásar aprovechó el aturdimiento de Cazador de Cabezas y, mientras estaba tendido, se le aproximó, se sentó en su espalda, lo tomó por los brazos y los apoyó en sus muslos, acto seguido colocó sus manos en la barbilla del rudo y tiró con todas sus fuerzas haciendo que su espalda se doblara hacía atrás. Solo bastaron unos pocos segundos para rendirlo.

El réferi levantó el brazo de Quásar. Había ganado la lucha, había derrotado a su contrincante con la famosa “de a caballo”, llave que inmortalizara su ídolo, el Santo. Minutos después, el promotor hablaba con él en el vestidor, le ofrecía entrar al máximo circuito de la lucha libre mexicana. Su felicidad no podía ser mayor, el sueño de toda su vida se cumplía y de que manera.

Subió a su “vocho” y puso rumbo a su casa. Mientras manejaba se imaginó en la Arena México, con todas la luces, las butacas abarrotadas, en su esquina escuchando al anunciador dar inicio a la lucha con el famoso grito de “¡lucharán a dos de tres caídas sin límite de tiempo… !

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