En la cola de las tortillas

Era casi hora de la comida y Fabián salió de su casa dando esos pequeños saltitos que dan los niños, esos saltitos que representan la inocencia pura. Iba muy contento, no es que le gustara mucho que lo mandaran a comprar las tortillas; de hecho nunca había entendido porque los adultos casi no hacían eso y siempre eran los niños lo que tenían que hacer los mandados. Éste en especial era el que menos le gustaba, así había sido hasta hace unas semanas, antes de que descubriera la forma de hacer de él algo divertido.

En el camino siempre se encontraba con otros niños que también se dirigían la mismo lugar y algunos simplemente pegaban la carrera para tratar de llegar primero que los demás. Él continuó despacio. Tres cuadras más adelante llegó: la larga cola daba la vuelta a la esquina.

Antes de formarse se detuvo unos instantes y cerró los ojos. Las voces de las señoras, viejitos y niños empezaron a disiparse hasta desaparecer por completo. Cuando los volvió a abrir todo se había transformado, ya no se estaba en la esquina de una calle frente a la tortillería y su fila de personas esperando su turno para comprar. Ahora estaba en la orilla de un pantano y emergiendo de la fangosa y putrida agua, el alargado y gigante cuerpo de una serpiente negra que se deslizaba amenazadoramente hacia él. Más allá, en el centro del pantano, descansando sobre un antiguo pedestal, se encontraban los discos dorados.

Contaba la leyenda que aquel que se hiciera con esos discos sería declarado rey y podría cabalgar el caballo alado de los dioses. Muchos lo habían intentado, pero ninguno lo había logrado.

Sin más se arrojó sobre su letal enemigo, en su mano izquierda sostenía su daga, la única arma que portaba. La hoja del arma chocó contra la acorazada cabeza del monstruoso ofidio sin hacerle el menor daño. La bestia contraatacó, pero Fabián brincó a tiempo para esquivar sus afilados y ponzoñosos colmillos. 

La serpiente, al intentar morderlo, había dejado expuesto parte de su alargado y segmentado cuerpo y el niño, dándose cuenta de que no lograría nada atacando la testa, decidió irse contra la parte más blanda. Atacó casi a la mitad y la daga se hundió sin resistencia. La criatura se retorció del dolor y volvió atacarlo, está vez con más furia. Fabián esquivó cada una de sus arremetidas y respondió con su letal arma hiriéndola cada vez que lo hacía.

Varios minutos después la monstruosa serpiente yacía muerta, la mitad de su cuerpo sumergido en la pestilente agua. Fabián se dirigió a reclamar su recompensa: los discos dorados. 

En ese momento una voz lo sacó de su ensimismamiento. Se encontraba otra vez formado en la fila, pero esta vez hasta adelante, justo frente de la mujer que despachaba las tortillas.

—¿Cuánto?

—Un kilo, por favor.

Antes de envolver las tortillas en la servilleta, tomó una y la enrolló. Dando esos pequeños saltitos, regresó a su casa comiéndose su calientita tortilla, feliz de haber sobrevivido un día más a la aburrida cola de la tortillería.

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