Sueños mortales, final

Esa noche hizo lo posible por no dormir, y aunque así lo hubiera querido no habría podido conseguirlo debido a que se encontraba muy alterado por lo que acababa de descubrir. Al siguiente día no se presentó a trabajar.

Así transcurrió casi una semana, sus noches un tormento y sus días aún peor. Durante todo ese tiempo vivió en un estado de irrealidad causado por un sopor siempre presente. Su mente no podía pensar en otra cosa que no fuera en tratar de entender la relación de la piedra, y sobre todo la relación de él, con los asesinatos. Su trabajo y su novia quedaron relegados a simples cosas sin importancia. 

Dos veces se había visto forzado a regresar a la realidad. La primera, un par de días después de que encontrara la piedra, cuando su jefe lo llamo a su oficina y le dio un ultimátum para que enmendara su comportamiento y desempeño o si no lo despediría. La segunda ese día, jueves, por la mañana cuando lo llamó su novia para preguntar si se encontraba bien. Además de no llamarla y sólo enviarle simples mensajes de texto para excusarse había olvidado por completo el viaje que tenían planeado para el fin de semana.

Por un memento pensó en cancelar todo, no tenía ánimos ni energía, pero al final no lo hizo. Quizá la distracción le sentaría bien y podría dejar atrás esos pensamientos obsesivos que lo acosaban en todo momento.

Esa misma tarde, después de colgar la larga llamada, en la que hizo hasta lo imposible para que ella lo disculpara, fue a comprar todo lo que necesitarían para el viaje. El hablar con Abril, escuchar su voz, le había devuelto un poco de calma y esa noche se entregó por completo a un profundo sueño.

… sólo uno más y habrás cumplido con tu cometido. Una vez más y podrás descansar. ¡Despierta!

Unas ganas insoportables de orinar lo hicieron despertar. Era algo que últimamente le pasaba a menudo. Adormilado salió de entre las cobijas y se dirigió al baño, descargó por varios segundos. No regresó a la cama. De una manera tan natural como si no hubiera acabado de pararse en medio de la noche abrió el closet y se vistió. De la mochila sacó la piedra y agarró las llaves de su carro.

Minutos después, tocaba el timbre del departamento. Abril contestó por el interfono.

—Sí, ¿quién es?

—Soy yo, amor. 

—Pero… ¿Qué haces aquí en la madrugada? ¿Todo está bien?

—No quise despertarte, pero no nos hemos visto en días y quería darte una sorpresa. Me abres, por favor.

Bzzz

Gracias —contestó y subió.

Cuando llegó a su puerta, ella ya lo estaba esperando. Su cara demostraba que no le había agradado nada que la despertara.

—Hola —fue lo único que dijo y lo dejó pasar. 

—Perdón por venir a esta hora, es que te necesitaba verte. Y perdón por haberme ausentado todos estos días. 

Lo miró fijamente como si tratara de descubrir la sinceridad tras su disculpa.

—Está bien, no te preocupes. No es que no me dé gusto verte, pero mejor mañana hablamos en el camino. Ahora me gustaría volver a la cama. ¿Vienes?

—No… sí quiero, pero también quería proponerte que nos fuéramos ahora mismo. No tenemos que esperar a mañana. Piensa lo bonito que será manejar de noche. Además podremos estar más tiempo allá.

—Julián, ¿seguro que estás bien? ¿Te noto un poco raro?

—Estoy bien, sólo emocionado por el viaje. ¿Nos vamos? 

Tal vez no era el mejor momento para pensarlo con claridad, pero el gesto que había tenido al haber venido hasta su casa a esas horas de la noche y proponerle que iniciaran el viaje en ese momento no le permitió negarse. Media hora más tarde ya se encontraban en la carretera.   

Julián no volvió a decir palabra y Abril lo cuestionó nuevamente acerca de su comportamiento.

—Me sacas de mi casa para irnos a la cabaña y ahora que vamos en camino no dices nada. A ti te pasa algo, te conozco muy bien.

—Me siento muy cansado, quiero llegar pronto para poder, por fin, tener un poco de reposo —le contestó sin siquiera mirarla y acelero—. Deberías de dormir un rato.

Tenía mucho sueño y frío como para discutir. Recargó su cabeza sobre el cristal de la ventanilla y se quedó dormida.

Julián se sentía como dentro de un sueño mientras llevaba en brazos a Abril. Así, también, se había sentido en las dos ocaciones anteriores: cuando en lugar de su novia inconsciente, lo que había llevado por el bosque había sido la cabeza de un niño y los brazos y piernas de un anciano. 

Ahora, como aquellas veces, una fuerza más allá de su compresión lo impelía a continuar. Una fuerza y una voz que lo guiaban, que le decían lo que tenía que hacer.

Caminó por entre los árboles, siguiendo el mismo sendero que caminara exactamente un año atrás, y se detuvo al llegar al centro de ese diminuto claro en donde había encontrado la piedra. Dos semanas atrás ahí había depositado la cabeza y una semana después los brazos y las piernas; ahora era el turno del cuerpo.

Lo dejó en el suelo y colocó la piedra encima de él. De inmediato la voz se hizo presente en su cabeza.

Los cinco extremos fueron entregados y ahora el receptáculo ha llegado. Con esta ofrenda inicia mi retorno. Antes del alba, antes de que las primeras luces rocen la tierra, volveré a caminar entre ustedes, mortales. Un nuevo ciclo me aguarda. ¡Bríndame su vida! ¡Bríndame su esencia! ¡Da inicio a mi renacer!

Todo volvió a quedar en silencio y Julián sacó un enorme cuchillo de carnicero. Sin ningún titubeo apuñalo el lado izquierdo del tórax y con gran esfuerzo, rompiendo las costillas, extrajo el corazón. Con la mirada perdida continuó con su sanguinaria labor. Perforó el abdomen y lo desgarró. Lo siguiente que hizo fue el acto más repugnante que cometería en su vida: con una escalofriante indiferencia destripó el cuerpo de Abril.

Una vez que terminó, juntó las vísceras en un montón y les prendió fuego. Colocó la piedra en la cavidad vacía y se quitó de en medio. 

La piedra desprendió un blanquecino fulgor y el cuerpo sin vida comenzó a convulsionar. De pronto todo quedó sumido en una impenetrable oscuridad. No pudo ver ni escuchar nada más.

Sonó el despertador y Julián abrió los ojos. Parecía como si hubiera dormido por semanas. Hacía tanto tiempo que no se sentía tan bien. Si seguía descansando así pronto podría poner todo en orden en su trabajo. Se levantó de la cama y puso agua para el café. Sonrío mientras pensaba en lo divertido que sería el fin de semana. En cuanto desayunara llamaría a Abril para acordar la hora a la que pasaría por ella para iniciar su viaje a la cabaña. 

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