Cuento

Juegos de niños

—1,2,3,4… —Federico contaba mientras su hermana se escondía—, 13, 14, 15, 16… —con los ojos cerrados y su cabeza contra la pared.

Era domingo por la tarde y no tenían nada que hacer, estaban aburridos. Desde la mañana habían estado esperando a que su mamá o su papá llegaran a la casa, pero hasta ese momento no habían aparecido. Se sentaron en el patio, recargados en el árbol, y platicaron por un buen rato. Más tarde habían decidido asustar a los pájaros que se paraban sobre el pasto arrojándoles piedras.

—35, 36, 37, 38, 39… —continuó y aguzó el oído para tratar de descubrir por dónde se había ido Rita. 

Después de apedrear a las pobres aves comenzaron a pisotear un charco, primero mojando sus propios pantalones y después aventándose el agua el uno al otro. Terminaron revolcándose en medio del agua y con toda la ropa llena de lodo. Riendo a carcajadas se habían quedado tumbados ahí.

—59, 60, 61, 62, 63… —comenzaba a desesperarse, eso de contar hasta 100 y no voltear era tonto, pero no podía hacer trampa, de alguna manera su hermana siempre se daba cuenta cuando se saltaba los números o cuando intentaba espiar.

Ya cansados y un poco hartos del patio habían decidido entrar en la casa. Adentro tal vez no fuera tan divertido, pero siempre se las ingeniaban para hacer alguna travesura. Se sentaron en la sala. Ver la tele no era opción, parecía que el aparato se había descompuesto y no prendía más. Hambre tampoco tenían, eso era raro porque últimamente no se les antojaba nada. Seguramente si algunos de sus papás estuviera ahí, los habrían obligado a comer sin importar cuanto protestaran.

—83, 84, 85, 86, 87… —al final no importaba el tiempo que tardara en contar ni que tan bien Rita se escondiera, siempre, siempre la encontraba rápido. Ahora que se detenía a pensarlo un poco, eso también pasaba al revés y ella, sin importar lo bien que él tratara de esconderse, siempre lo encontraba también casi de inmediato.

Anduvieron de cuarto en cuarto buscando en qué entretenerse. Tomaron algunos juguetes, unos carritos y un pianito de plástico, y jugaron un rato con ellos. Pronto se desesperaron y simplemente se quedaron mirando por la ventana. Estuvieron ahí hasta que se hizo de noche. Aún no llegaba ninguno de sus padres. En ese momento fue cuando a Federico se le había ocurrido jugar a las escondidas, siempre se le ocurría a él, y parecía que siempre se le ocurría por la noche, después de esperar todo el día a que ellos llegaran.

—97, 98, 99 y 100. ¡Voy por ti, Rita! —sabía exactamente donde se había ocultado, pero para darle un poco de emoción deambulo un poco fingiendo buscarla. Cuando llegó a donde estaba escondida, en lugar de sorprenderla, de manera muy tierna le acarició el cabello. Ella levantó la cara, sobre sus mejillas escurrían un par de lágrimas—. No estemos tristes, Rita. Ya llegarán, no pudieron habernos olvidado, somos sus hijos.

En la calle, frente a la casa, pasaba un grupo de niños. Se detuvieron enfrente del portón. 

—Esta es la casa que se quemó, ¿verdad? ¿En donde se murieron unos hermanos? —preguntó uno de ellos mientras se asomaba por los barrotes de la puerta,

—Sí, aquí es, ahorita no se ve, pero de día se ven las manchas que dejó el fuego y si te fijas con cuidado por aquella ventana te das cuenta de que por dentro todo quedó chamuscado —contestó el que estaba al lado.

—Dicen que a veces se escuchan ruidos y risas de niños. Y mi hermano me dijo que si pones atención, se escucha a alguien contando —comentó un tercero atrayendo la atención de todos los demás—. Siempre es por las noches. A lo mejor podríamos escucharlo si nos quedamos aquí un rato.

—No te creo, eso te lo dijo sólo para asustarte, yo no escucho nada —respondió el cuarto miembro del grupo sin atreverse a mirar a través del portón.

—Pues yo sí te creo y no me da miedo. Es más, a ver qué tan hombrecitos somos. Un día vamos a meternos a ver que vemos —los retó el primero que había hablado. Los cuatro se voltearon a ver. 

—¡Sale! —contestaron al unísono y se fueron de ahí corriendo.

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