Cuento

Alas negras

El cielo estaba muy azul y el viento apenas soplaba. Así era como le gustaba volar. Mientras batía sus alas para ganar altura pensaba en toda la mala fama que les había sido achacada por los hombres. Desde siempre, desde que comenzaran a registrar su historia, y más allá incluso, los habían asociado con el mal agüero, con la muerte, con los espíritus; los habían tachado de embaucadores, de ladrones. Mentiras, puras mentiras. Y aunque en algunas leyendas habían acompañado a los mismos dioses, en la mayoría de ellas no eran más que causa de problemas e incluso miedo.

Sabía a que se debía esto: a su negro plumaje, a su tan característico graznido y a que no les importaba en lo más mínimo si se alimentaban de un cuerpo sin vida. Quizá esto último era lo peor porque los hombres no entendían de esas cosas, ni de muchas otras.

Planeó un largo tramo y mientras se dejaba llevar su mente se volvió a perder en más pensamientos. Un rayo de sol quedó atrapado en algo que traía en su pico para después salir despedido con un hermoso destello verde.

Los hombres habían escrito algunas historias que los habían hecho infames, recordaba una en especial, una que había leído una de las tantas veces que se había colado en la biblioteca. El relato era de un tipo trastornado que creía que uno de sus hermanos lo acosaba, repitiendo una y otra vez una estúpida frase, desde el dintel de su puerta. Los hombres en verdad escribían cosas absurdas, eran muy ignorantes. En otra ocasión había leído que ellos servían como mensajeros, con cartas atadas a sus patas, entre reinos distantes, entrenados para eso por ciertos individuos que supuestamente eran muy inteligentes. Pero si el habla había sido de ellos mucho antes de que los hombres siquiera salieran de sus cuevas. Ridículo.

Una vez uno de sus hermanos le había contado que, a través de una ventana, había visto imágenes de un… (¿cómo lo llamaban los hombres?… Filme, sí, filme) …de un filme en el que uno de ellos traía de vuelta de la muerte, y guiaba, a un sujeto en un frenesí de sangrienta venganza. 

En verdad los hombres le parecían hilarantes con sus mil maneras de hablar y su corta inteligencia.

Continuó con su vuelo hasta que a lo lejos divisó su destino: un gran árbol en medio de un prado. El árbol era muy particular porque su follaje no era verde sino azabache. Unos metros antes de llegar a él se detuvo junto a una gran roca, miro alrededor; aquí y allá de entre el pasto emergían cientos de lozas de piedra que los hombre utilizaban para recordar a sus muertos. De un pequeño salto se acercó hasta la base de la roca, observó durante unos momentos y desapareció por un agujero en la tierra.

Si tan solo un poco de luz se hubiera podido colar hasta el hueco, el lugar hubiera sido un estallido de mil colores y el resplandor hubiera cegado a quien quiera que lo viera: miles de joyas, piedras preciosas, monedas y objetos de oro y plata; era un verdadero tesoro que lo llenaba por completo. Depositó en lo alto del montón la piedra verde que llevaba en el pico. Ladeó la cabeza y la recogió de nuevo para enseguida llevarla al fondo, junto a otros objetos del mismo color.

Emergió y batió vigorosamente sus alas hasta que llegó al gran árbol, dio un par de vueltas a su alrededor hasta que encontró un resquicio en una de las ramas bajas y ahí se posó. 

Pasaron las horas y el sol comenzó su descenso, de pronto se escuchó un fuerte graznido… y después otro y otro más, y así hasta que cada uno de ellos tuvo su oportunidad de hablar. Después todo quedó en silencio y súbitamente, en una sincronía casi perfecta, todos remontaron el vuelo; una nube compuesta de cientos de alas negras se apoderó del cielo y se alejó persiguiendo al sol. Detrás, el gran árbol que antes había ostentado un frondoso follaje de oscuras plumas se erguía con sus ramas secas que sólo tenían como función servir como perchas a todos los cuervos que cada amanecer llegaban al cementerio a depositar su botín nocturno y a intercambiar los chismes del momento.

Mientras volaba con la parvada tras el ocaso, sus ojos brillaron con astucia y pensó que quizá muchas de las cosas que se decían de ellos eran verdad, quizá muchas o quizá sólo unas cuantas. O tal vez como siempre lo había pensado, todo eran mentiras inventadas (¿por ellos mismos?) para que los hombres no se metieran en sus asuntos.

5 comentarios sobre “Alas negras

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