Una nueva esperanza

Deambulaba por lindes de su territorio, una zona a la que no acudía con mucha frecuencia. Más allá de ese último grupo de árboles vivían los seres de fuego y aunque dentro de la jungla no había quien le pudiera hacer frente, fuera de ella se encontraba tan vulnerable como una liebre herida. Ahí afuera sentía temor.

Algo había cambiado desde la última vez que había recorrido esa zona. Los seres de fuego se habían apoderado de otra porción de lo que antes le había perecido a ella. A lo lejos, allá donde apenas unas lunas atrás se había procurado alimento, alcanzaba a ver a las pesadas y tontas bestias astadas que guiaban y protegían algunas crías de los seres de fuego.

Sabía que aunque eran presas muy tentadoras y relativamente fáciles de derribar, no debía acercarse a ellas. Lo sabía por experiencia propia, un par de cicatrices en su pierna izquierda eran la prueba de ello. Se alejó de ahí desechando la idea, sería mejor buscar en otro lugar. Lo que menos deseaba, en la situación que se encontraba, era correr riesgos innecesarios. Se adentró de nuevo en la espesura.

Agazapada tras algunos arbustos y raíces observaba pacientemente como se alimentaba una familia de jabalíes. Intentaría derribar a uno de los pequeños porque la madre podría resultar algo complicada. Cuando cazaba hacía uso de todas sus habilidades y astucia; pisadas precisas, el patrón de su pelaje que la hacía casi invisible y el viento soplando de modo que alejaba su olor eran los factores más importantes, quizá más importantes que sus garras y colmillos. Si no podía acercarse lo suficiente sin ser detectada de nada le servían sus poderosas armas.

Súbitamente salió disparada de entra la maleza, un rayo naranja y negro. Cuando la madre jabalí se dio cuenta una de sus crias yacía bajo las patas de la cazadora, trató de defenderla, pero sólo bastó un intenso rugido para hacerla correr; sus chillidos se escuchaban mientras se alejaba, sus otras crías pisándole los talones. 

Después de alimentarse se encaminó hacia su lugar favorito, en donde pasaba gran parte de su tiempo. Una vez ahí recorrió el área en busca de un sitio idóneo en el cual poder resguardarse durante las siguientes lunas. Muy pronto llegaría uno de los más grandes días de su vida y todo lo que haría a partir de ese momento estaría dedicada a eso exclusivamente. 

Una tarde de intensa lluvia, con cansados pasos, se dirigió al gran árbol que había elegido como refugio. El momento había llegado. Se adentró en el hueco del tronco y comenzó la ardua labor del alumbramiento. 

Cuando la lluvia por fin se detuvo, tres cachorros dormían plácidamente mientras la cazadora los limpiaba con su lengua. Orgullosa los miró, su primera camada, los primeros tigres que traía al mundo. De ahora en adelante estaría siempre con ellos, les procuraría alimento, los protegería y les enseñaría todas sus habilidades de supervivencia. Confiaba en que cuando fueran grandes y poderosos se convertirían en excelentes cazadores, tan buenos o incluso mejores que ella.

Días más tarde la cazadora recorría los alrededores del gran árbol que le servía como cubil, los tres cachorros caminando tras ella. Su caminar aún era un poco torpe y se detenían cada pocos pasos a olisquear y a observar cualquier cosa que los atrajera. La cazadora se detuvo a esperarlos y los observó. Había traído al mundo una nueva esperanza para todos los habitantes de la jungla, una esperanza representada en esos tres pequeños curiosos.  

7 comentarios en “Una nueva esperanza”

    1. Así es, Christian, la vida que se vive fuera de las sociedades humanas está perfectamente balanceada y es armoniosa, cada individuo sirve a un propósito específico y nada se desperdicia. Como bien dices, nosotros somos el caos. Gracias, un abrazo.

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