La escalera

Subo la escalera y quiero ir hacia donde nunca he ido,

a donde hay luz,

pero la vieja escalera me reclama,

con sus quejidos,

cada que mis pies se posan en sus desvencijados escalones.

La escalera es más añeja que mi vida, 

que la vida de mi padre y que la vida de su padre, 

ha sentido el paso de incontables seres. 

Pero la escalera me traiciona, 

y siempre, a medio camino,

me incita a regresar a las entrañas de la oscuridad, 

a la deliciosa oscuridad, 

—oh, grandiosa oscuridad—

solaz  de mi alma.

Y observo a la escalera torcerse

y seguir y seguir,

hasta no sé qué misteriosa cima que se pierde en lo alto,

cima intimidante y desconocida,

¿será que acaso nunca sabré qué hay arriba?

… en la luz.

Me rindo y desciendo 

y la escalera pesa menos

—pero duele más—

en los desgastados escalones del fondo,

escalones que conozco tan bien, 

que ostentan, con orgullo,

las marcas de mis pies.

Esos escalones me llevan a donde pertenezco,

a donde me esperan mis dulces, dulces 

sombras.

1 comentario en “La escalera”

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