Un último adiós

Hacía aproximadamente un mes que había salido de su pequeño pueblo en busca de su amor perdido. Aquella chica de la cual toda su vida, o por lo menos desde que habían sido adolescentes, había amado. Aquella mujer que de manera intermitente le había devuelto ese amor.

No había sido una tarea sencilla encontrarla. Después de llegar a la ciudad había pasado los días obteniendo información de ciertas personas, algunas de ellas nada amigables, y de enfrentarse a las adversidades de un lugar desconocido. 

Con el cansancio adherido a cada centímetro de su cuerpo y con el espíritu tan bajo que casi se arrastraba junto a sus pies se dirigió hacia el lugar donde, le habían asegurado, la encontraría. Lo único que lo impulsaba era el deseo de verla, de escuchar nuevamente su voz.  

Llegó al edificio de departamentos donde se supone vivía. Tras unos momentos, en los que trató de recomponerse, tocó el timbre. Cuando escuchó su voz por el interfono sintió un gran alivio, su esfuerzo había valido la pena. Pero también sitió miedo de que todo saliera mal.

Cuando por fin estuvieron frente a frente no pudo decirle nada de lo que había planeado, ninguna palabra salió de su boca. Sólo la miró fijamente como tratando de reconocerla. Había cambiado. De pronto ella rompió el incomodo silencio:

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste a buscarme? —estaba parada en el umbral que daba acceso al edificio.

Sus pensamientos formaron un remolino en su cabeza.

—Vine a buscarte, Natalia, porque te amo. Siempre lo he hecho y nunca lo dejé de hacer. Por eso estoy aquí y lo sabes bien.

—No deberías de haberlo hecho, no está bien. Eso que tú sientes yo no lo siento. No te amo. Ni siquiera te quiero. Pensé que el haberme ido de tu vida era suficiente para que te dieras cuenta.

—Mientes. ¿Y qué hay de todos esos bonitos momentos que pasamos juntos? ¿Qué hay de nuestro noviazgo?

—¿Nuestro noviazgo? Fuimos novios cuando íbamos en la escuela. Amor juvenil. Después de eso no hubo nada, sólo nos buscábamos cuando nuestras vidas se topaban con carencias y vacíos.

—Para mí eso significó mucho.

—Pues para mí no fue así. Pero mejor pasa y límpiate, casi estoy segura de que tampoco has comido nada.

—No desde en la mañana, pero eso no me importa. Lo que quiero es que hablemos.

—A mí sí me importa. No quiero que me vean discutiendo contigo aquí en la calle.

Natalia se hizo a un lado y le indicó que pasara. Subieron las escaleras sin decir nada, él arrastrando los pies en cada escalón y ella suspirando con fastidio. En el segundo piso se detuvieron frente a la puerta con número el 10. La abrió.

—Pasa. Ahí está el baño, lávete un poco. ¿Tienes ropa limpia?

—No, no quiero lavarme ni cambiarme de ropa. Dime ¿por qué te fuiste así, sin decirme nada? 

—No te debo ninguna explicación por mis decisiones. 

—Tienes razón, pero aún así creo que debiste decir algo y no sólo irte en silencio.

—Mira, hacerlo así fue lo mejor. No hubo dramas innecesarios.

—No puedo creer que hables así, como si lo que vivimos significara nada para ti.

—¿Otra vez con eso? No vivimos nada, Rubén. Nuestro sexo era delicioso, sí, pero nada más. 

Rubén no se había movido de la puerta y en cuanto escuchó esto no pudo evitar gritar.

—¡No éramos sólo sexo! —al momento se dio cuenta que no había entrado al departamento y que todo se había escuchado en el pasillo. Guardó silencio y entró—. Éramos… por lo menos yo era alguien a quien le gustaba tu compañía en todo momento. No te buscaba sólo para quitarme las ganas. 

—Bien, ahora todos mis vecinos se enteraron. Pues tengo que decirte algo; yo sí te buscaba sólo para eso. Es la verdad y tienes que aceptarla.

—Pero… yo siempre te di tu lugar como mi novia. Nunca estuve con nadie más.

—Esa fue tu decisión, Rubén. Yo nunca te lo pedí. 

—No podría haberlo hecho de otra manera. Eres demasiado importante para mí.

Su expresión de enojo se suavizó un poco al escuchar lo que Rubén acababa de decir, sin embargo se mantuvo firme.

—Tengo que reconocer que es bonito saber eso, pero ya te lo dije, no siento lo mismo.

—Entiendo. Fue mala idea venir a buscarte. Fue un estúpido al creer que en cuanto escucharas lo que siento por ti me abrazarías muy fuerte y volverías a estar conmigo. 

—Sí, no debiste haber venido —pasaron unos instantes en los que ninguno dijo nada, cada uno mirando en diferentes direcciones como esperando a que el otro continuara—. Decidí cambiar mi vida, Rubén, ¿por qué no haces tú lo mismo? ¿por qué no encuentras a alguien a quien darle todo eso tan bonito que sientes? Deja de desperdiciar tus energías en algo que nunca será.

—Tienes razón, perdón por importunarte. Perdón por el drama. 

—No pidas perdón, sólo dijiste lo que sentías y eso no está mal. 

Una muy leve sonrisa de resignación apareció en su cara.

—Me tengo que ir. Sé feliz. Adiós, Natalia.

—Adiós, Rubén.

Abatido, cerró la puerta tras de sí y se marchó, con cada paso que daba alejándose de ella un pensamiento se repetía, una y otra vez, en su cabeza: así es como termina siempre todo; con un nudo en la garganta y el corazón destrozado.

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