El forjador de la espada

Se encontraba en la ladera de la montaña, en la entrada de una cueva; la cueva en la que hacia apenas unos días atrás construyera una forja.

Había ido en busca de ese lugar justo después de tener un sueño premonitorio en el que le fue mostrado algo que cambiaria por completo su vida; pero más importante aún era la manera en que el destino del reino se transformaría gracias a sus acciones.

Se adentró y caminó guiado por el susurro del manantial que corría al fondo de la caverna; ahí, en donde pasaría las siguientes semanas. En la pared de la izquierda se encontraba el gran y pesado yunque, una impresionante pieza de acero sobre una base tallada en la misma roca; junto a él, dentro de un enorme hueco en la pared, se hallaba la fragua y un pequeño estanque que se formaba con el agua corriente. No había fuente de luz alguna, sin embargo, todo estaba bañado por un plateado resplandor que emanaba de un metal que salpicaba las paredes. Ese hermoso metal, que nunca antes había visto ni escuchado mencionar, fue el elemento principal de su sueño.

Por unos instantes contempló el trozo que descansaba sobre el yunque: brillaba como la plata bañada con los rayos de la luna llena. Era tan bello, tan perfecto.

Sin demora se despojó de su camisa; de su mochila sacó su preciado martillo y sus pinzas, se colocó el delantal y los guantes de cuero. Encendió la fragua para dar comienzo a su labor. Horas más tarde, el sudor perlaba su musculoso torso, el fuego de la forja iluminaba todo con su fulgor naranja, el sonido del chocar del martillo contra el yunque rebotaba en las paredes.

El sueño sólo le mostró la cueva y el metal, pero en lo demás había sido totalmente críptico. Y no fue sino hasta una tarde mientras se encontraba en su taller de la ciudad, cuando recibió una tan inesperada y sorprendente visita, que supo lo que tenía que hacer. El muchacho que lo asistía entró apresuradamente a decirle que alguien del palacio lo buscaba, algo normal porque su trabajo era de muy buena calidad y nunca faltaba algún noble que requiriera de una de sus piezas. Pero al darse cuenta de quien se trataba, no supo cómo reaccionar o qué decir y sólo se quedó mirando completamente pasmado.

De esa manera transcurrieron unos instantes, hasta que el rey se dirigió a él:

«Maese forjador, me han dicho que su trabajo es uno de los más finos del reino, y me preguntaba si eso podía ser verdad. Durante generaciones los forjadores reales han hecho las espadas de mi familia, pero le aseguro que a mí me parecen nada espectaculares».

“Es cierto que con ellas se ha defendido al reino y han sido los símbolos de poder de mis antepasados, sin embrago, no es suficiente para mí. Quiero mi propia espada, mi propio legado; la más magnífica de las armas”.

“Quiero la espada más hermosa y letal, que siegue cualquier amenaza como si de trigo se tratara, y que al mismo tiempo, sea un faro de inspiración y esperanza para mi gente. Ese es mi deseo, maese. ¿Cree ser capaz de crear algo con esas características? Si lo hace le prometo una vida llena de riquezas y un lugar en la historia como el más grande forjador de todos”.

La petición del rey lo sorprendió aún más que su presencia y tras unos minutos en los que la mirada del monarca se mantuvo fija en la de él, esperando su respuesta, asintió ligeramente y respondió: «es un gran honor el que me brinda, Su Majestad. Claro que acepto y no lo defraudaré. Pondré en uso todas mis habilidades para entregarle algo digno de usted».

Sin decir más, el regio visitante se marchó y todo lo vislumbrado en el sueño cobró sentido…

Por un par de semanas, ese recuerdo lo impulsó a trabajar con ahínco para darle vida a su nueva creación. En este tiempo sólo paró para comer y dormir, repitiendo el mismo proceso una y otra vez: avivar el fuego con el fuelle, calentar la materia prima a altísimas temperaturas para moldearla y, por último, sumergirla en el estanque.

Ahora su creación estaba casi terminada y con todo su vigor hizo que el martillo diera los últimos golpes, amalgamando su espíritu y el del metal.

Exhausto, pero con una gran alegría, contempló la hoja ya finalizada. No pudo evitar sentirse muy orgulloso de lo que había conseguido. Sin duda el mejor trabajo de su vida, su creación maestra. Lo único que ahora faltaba era una funda y una empuñadura dignas de ella.…

Días después, se encontraba en un salón del palacio real sentado frente al rey.

— Maese, ha pasado tiempo. Por un momento pensé que mi encargo había resultado demasiado para su habilidad.

— Nada de eso, majestad. Fue un reto, sí, y para poder realizarlo decidí asilarme y así evitar distracciones. Pero aquí estoy — al decir esto, colocó el arma sobre la mesa. Estaba envuelta en un simple paño blanco.

El rey la tomó y sin descubrirla le dijo:

— Veo que ha cumplido una parte; me ha entregado la espada. Ahora sólo falta ver si lo otro también se cumple.

Con mucho cuidado, como si se tratara de algo muy frágil, la desenvolvió. El pedazo de tela cayó al piso y el monarca la sostuvo ante sus ojos observándola a detalle: la vaina era de color negro y en su centro estaba grabado el escudo real, un yelmo en oro sobre un campo ajedrezado de púrpura y sinople; los gavilanes eran la representación de un par de alas de ave rapaz extendidas y unidas al centro; la empuñadura estaba forrada con suave cuero también negro; el pomo era dorado y tenía la misma forma del yelmo del escudo real.

— Vaya — dijo con tono de satisfacción — , esto luce muy bien, pero aún falta por ver lo más importante.

— Desenváinela, por favor. Se sorprenderá todavía más.

El rey levantó una ceja y lo miró escéptico, pero sonrió y se puso de pie para extraer la espada de su funda: la hoja era de un color grisáceo azulado tan pálido que se asemejaba al hielo. Era muy hermosa y sin duda letal; su filo parecía tan agudo que el rey pensó que podría cortar casi cualquier cosa.

— Maese, su creación es sublime, va más allá de todo lo que pude imaginar. Cualquier palabra que pudiera decir para enaltecer esta obra maestra sonaría vulgar. Tiene mi eterno agradecimiento y será recompensado con las riquezas y estatus prometido.

— Majestad, no me interesan las riquezas; lo único que quiero es el pago justo por mi trabajo y que se me permita seguir laborando libremente.

— Es demasiado modesto, pero si lo único que pide es eso, se le cumplirá. Le pagaré justamente, y más, por lo que me ha dado.

— Gracias. Fue un honor hacer esta espada para usted.

— Pero no la llamemos más así, no es un arma cualquiera, es una espada digna de los dioses y por lo tanto debe de recibir un nombre que la engrandezca aún más.

— Claro, Majestad, eso es muy cierto.

— Me intriga saber; usted siendo su forjador, ¿cómo la nombraría?

— A mí no me corresponde, Señor. No sería capaz de ofenderlo de esa manera.

— Insisto en saber qué nombre le daría.

El hombre bajó la mirada y se quedó pensando por unos minutos.

— El nombre que yo le daría, mi Señor, es… Faliandre, el resplandor del norte…

Así fue como nació la espada más famosa y magnifica de las Tierras del Renacer; orgullo de reyes y terror de los malignos. Con ella se dirigieron ejércitos a la victoria y se defendieron incontables vidas. Durante cientos de años su resplandor bañó a los reinos de la Alianza mientras forjaba su propia leyenda.

Se encontraba en la ladera de la montaña, en la entrada de una cueva, la cueva que había descubierto hace apenas unos meses atrás y en la que había construido una forja. 

Había ido en busca de ese lugar justo después de haber tenido un revelador sueño en el que le había sido mostrado que estaba apunto de suceder algo que cambiaria por completo su vida. Desde el principio supo que había sido guiado por fuerzas más allá de su comprensión, seguramente por los dioses, y en ningún momento dudó que ese sería su destino. 

Se adentró y caminó guiado por el susurro del manantial que corría al fondo de la caverna; ahí donde viviría las siguientes semanas. En la pared de la izquierda se encontraba el gran y pesado yunque, una impresionante pieza de acero sobre una base tallada de la misma roca de la cueva; junto a él, dentro de un enorme hueco en la pared, se hallaba la fragua y un pequeño estanque que se formaba con el agua corriente. 

No había fuente de luz alguna, sin embargo, todo estaba bañado por un plateado resplandor que emanaba de un metal que salpicaba las paredes. Este hermoso metal, que nunca antes había visto ni escuchado mencionar, había sido el elemento principal de su sueño. Por unos instantes contempló el trozo de plata lunar (así había sido nombrado en su sueño) que descansaba sobre el yunque. Era tan bello, tan perfecto. 

Sin demora se despojó de su camisa; de su mochila sacó su preciado martillo y sus pinzas, se colocó el delantal y los guantes de cuero. Encendió la fragua y comenzó con su labor. A partir de ese momento no pararía mas que para comer y dormir y quizá, en los últimos días, ni siquiera para eso.

El sueño sólo le había mostrado la cueva y el metal, pero no le había mostrado lo más importante de todo; eso lo supo hasta una tarde en la que, mientras trabajaba en su taller de la ciudad, había recibido una vista tan inesperada como sorprendente. 

El muchacho que lo asistía entró apresuradamente a decirle que alguien del palacio lo buscaba, eso no le sorprendió porque a veces recibía encargos para crear alguna arma para el hijo de un noble, su trabajo siempre era de calidad y eso le había hecho ganar cierto prestigio; pero cuando salió a recibir a su visitante, quedó mudo por la sorpresa. Pasaron unos momentos en los que no supo cómo reaccionar hasta que el rey se dirigió a él:

«Maese forjador, me han dicho que su trabajo es uno de los más finos del reino, y yo me preguntaba si eso podía ser verdad. Durante generaciones los forjadores reales han hecho las espadas de mi familia, pero le aseguro que a mí me parecen nada espectaculares». 

 «Es cierto que con ellas se ha defendido el reino y han sido los símbolos de poder de mis antepasados, sin embrago, no es suficiente para mí. Quiero mi propia espada, mi propio legado; una como no se ha visto ninguna otra».

«Quiero la espada más hermosa y letal que siegue cualquier amenaza al reino como si de trigo se tratara, que sea un faro de inspiración y esperanza para mi gente. Ese es mi deseo, maese. ¿Cree ser capaz de crear algo así? Si lo hace le prometo una vida llena de riquezas y un lugar en la historia como el más grande forjador de todos».

La petición del rey lo sorprendió aún más que su presencia y tras unos minutos en los que la mirada del monarca se mantuvo fija a la de él, asintió ligeramente y respondió: «es un gran honor el que me brinda, Su Majestad. Claro que acepto y no lo defraudaré. Pondré en uso todas mis habilidades para entregarle algo digno de usted».

Sin decir más, el regio visitante se había marchado y todo lo que había vislumbrado en el sueño cobró sentido.

El recuerdo lo impulsaba a trabajar como nunca antes, a poner todo su espíritu para darle vida a su nueva creación. El sudor perlaba su musculoso torso, el fuego de la forja iluminaba todo con su fulgor naranja, el sonido del chocar del martillo contra el yunque rebotaba en las paredes. Por dos semanas había repetido el mismo proceso una y otra vez: avivar el fuego con el fuelle, calentar la plata lunar a altísimas temperaturas para moldearla y por último sumergirla en el estanque. Su creación estaba casi terminada.

Con todo su vigor dio los últimos toques. 

Contempló la hoja ya finalizada y se sintió muy orgulloso de lo que había conseguido. Sin duda el mejor trabajo de su vida, su pieza maestra. Lo único que ahora faltaba era una funda y una empuñadura dignas de ella. 

Días después el forjador se encontraba en el salón privado del rey esperando a que éste lo recibiera.

—Maese, ha pasado tiempo. Por un momento pensé que se había arrepentido, incluso creí que había huido.

—Nada de eso, majestad, nunca haría algo así. Es sólo que para poder llevar a cabo su encargo decidí asilarme y así evitar distracciones. Pero aquí estoy y le vengo a entregar su espada.

Al decir esto colocó el arma sobre la mesa; estaba envuelta en un simple paño blanco. El rey la tomó y sin descubrirla le dijo:

—Veo que ha cumplido una parte; me ha entregado la espada. Ahora sólo falta ver si lo otro, y más importante, también se cumple.

Con mucho cuidado, como si tuviera miedo de ver lo que había debajo, la desenvolvió. El paño cayó al piso y el monarca la sostuvo ante sus ojos observándola a detalle: La vaina era de color negro y en su centro estaba grabado el escudo real, un yelmo oro sobre un campo ajedrezado de púrpura y sinople; los gavilanes eran un par de cuernos que surgían de la representación de una cabeza de carnero que unía la hoja con la empuñadura forrada con suave cuero también negro; el pomo era dorado y tenía la misma forma del yelmo del escudo real.

—Vaya —dijo el rey con tono de satisfacción—, esto luce muy bien, pero aún falta por ver lo más importante.

—Desenváinela, por favor. Se sorprenderá todavía más.

El rey levantó una ceja y lo miró escéptico, pero sonrió y se puso de pie para extraer la espada de su funda. La hoja era de un color grisáceo azulado tan pálido como el hielo. Era muy hermosa y sin duda letal; su filo parecía tan agudo que el rey pensó que podría cercenar casi cualquier cosa.

—Maese, su creación es magnifica, va más allá de todo lo que pude imaginar. Cualquier cosa que pudiera decir para enaltecer esta obra maestra sonaría vulgar. Tiene mi eterno agradecimiento y será recompensado con las riquezas y estatus prometido.

—Majestad, no me interesan las riquezas; lo único que quiero es el pago justo por mi trabajo y que se me permita seguir trabajando libremente.

—Es demasiado modesto, pero si lo único que pide es eso, se le cumplirá. Le pagaré justamente, y más, por lo que me ha dado.

—Gracias. Fue un honor hacer esta espada para usted.

—Pero no la llamemos así, no es un arma cualquiera, es una espada magnífica digna de los dioses y por lo tanto debe de recibir un nombre que la engrandezca aún más.

—Claro, Majestad, eso es muy cierto. 

—Me intriga saber; usted como su forjador, ¿cómo la nombraría?

—A mí no me corresponde, Señor. No sería capaz de ofenderlo de esa manera.

—Insisto en saber qué nombre le daría. 

El hombre bajó la mirada y se quedó pensando por unos minutos.

—El nombre que yo le daría, mi Señor, es: Faliandre, el resplandor del norte.

Así fue como nació la espada más famosa y magnifica de las Tierras del Renacer; orgullo de reyes y terror de los malignos. Con ella se dirigieron ejércitos a la victoria y se defendieron incontables vidas. Durante cientos de años su resplandor bañó a los reinos de la Alianza mientras forjaba su propia leyenda.

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7 comentarios en “El forjador de la espada”

  1. Muy buen relato. Me encanta cada detalle, digno para un libro.

    No exagero.

    Ojalá la espada termine en otras manos que no tengan nada que ver con la realeza. Fuck, creo que me salió lo antimonárquico, por no decir anárquico.

    Le gusta a 1 persona

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