Tinieblas

El ocaso comenzaba en el cielo, era el momento en que las sombras extendían sus retorcidas extremidades y abrían su terribles fauces. Era el momento en que la oscuridad derrotaba a la luz y lo abrazaba y devoraba todo. Era el momento en que el terror comenzaba.

Para él era así. 

Pero a lo que él le temía no tenía nada que ver con la creciente noche, con criaturas que reptaban bajo las camas ni con entes que asomaban por los armarios. No tenía nada que ver con monstruosidades acechando en los rincones ni con fantasmas acariciando furtivamente. 

El terror que sentía provenía de sí mismo, de su interior. Lo que lo hacía temblar era su propia negrura, sus pensamientos más profundos que desafiaban a cualquier devorador de almas, a cualquier bebedor de sangre. 

Los malignos seres provenientes de las pesadillas y que eran enviados por el rey de las llamas eternas existían, de eso estaba seguro, pero también estaba seguro de que no había nada más siniestro que lo que habitaba dentro de su cabeza. Un laberíntico mundo de ideas distorsionadas y de miedos exacerbados que lo torturaban de manera arrolladora.

La claridad del día y la actividad constante lograban, de manera increíble, que las atenazadoras garras de sus ansiedades se desvanecieran casi por completo, pero la inevitable conclusión de cada jornada siempre lo llevaba a la más aterradora de todas las confrontaciones, a una confrontación con él mismo.

Sus pensamientos lo asustaban.

Apenas se mostraban los primeros signos de la noche y ante él se abría un sendero que lo conducía hacia sus adentros, entre túneles que se hacían más estrechos y asfixiantes a medida que penetraba en ellos y al final siempre terminaba rodeado de los muros que su mente construía y que lo aislaban de todos lo que estaban a su lado. 

No existían palabras, miradas o caricias que lo reconfortaran porque las sombras con las que se arropaba eran más fuertes que cualquier presencia sanadora. El punto culminante de su diaria miseria llegaba al intentar cerrar los ojos y dejarse llevar por el olvido. Sí, intentar, porque casi siempre lo único que conseguía era retorcerse en su lecho, con el corazón comprimido, deseando que, aunque fuera sólo por unos momentos, su subconsciente lo dejara tranquilo.

Por más que algunas veces alcanzara un poco de paz, aunque fuera por sólo unos instantes, las puertas de sus angustiosos pensamientos siempre estaban abiertas esperando su regreso. Nunca podría librarse de sí mismo. Nunca podría escapar de su reino de tinieblas.

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