En un pequeño bote

Las olas se estrellaban contra los costados del pequeño bote. Era un despiadado ataque que parecía nunca terminaría. La tormenta había comenzado apenas unos minutos antes, pero su embate era tan terrible que a él le parecía como si llevara horas tratando de mantener la embarcación a flote.

Era increíble la manera en que todo había cambiado tan súbitamente. Por la mañana había decidido dar un paseo, alejarse de tierra, para intentar llevar su mente a lugares más agradables, por senderos de paz, y de pronto toda la tranquilidad y la belleza del paisaje azul se había tornado en algo casi negro y violento.

Nunca se había enfrentado a una amenaza de esta magnitud. Las olas levantaban tan alto al bote que en ocaciones se encontraba en posición vertical, era un verdadero milagro que aún no hubiera volcado. El agua se acumulaba con rapidez en el interior y por más que se afanaba en intentar evitarlo no lo conseguía. Al final, sin poder ver nada y ahogándose con cada respiro, trató, con la poca fuerza que le quedaba, de aferrarse para no ser arrastrado.

Siempre había escuchado que el infierno era un lugar de llamas ardientes; sin embargo el infierno que estaba viviendo en esos instantes era muy diferente.  

Una de las inmensas columnas de agua rugió ensordecedoramente y descargó su furia; el bote, como si de una frágil rama se tratara, se partió en dos. El golpe que recibió fue tan fuerte como si un bloque de concreto le hubiera caído encima y de pronto todo se hizo líquido. 

Remolinos lo sacudieron sin piedad, eran momentos en los que para él no existía abajo o arriba ni aquí o allá. En su desesperación por llevar aire a sus pulmones su boca dejó libre el pasó al agua y pronto perdió el sentido. No supo por cuánto tiempo más la tormenta continuó con su terrible azote.

La suave brisa lo hizo despertar. Cuando abrió los ojos todo era azul de nuevo y el mar lo mecía sutilmente. Se encontraba flotando sobre una de las mitades que habían sido su pequeño bote. No entendía cómo había sucedido eso, cómo es que seguía con vida. Sintió un atisbo de esperanza que se desvaneció casi al instante al darse cuenta que lo único que lo rodeaba era el océano, no había nada a la vista que indicara que hubiera tierra en las cercanías. La tempestad lo había llevado en medio de la nada. 

Tras unos instantes de pánico se derrumbó, parecía que sólo había sobrevivido, que se había salvado de una muerte casi instantánea, para morir de una manera lenta y agónica. Echó a reír, le parecía muy irónico que lo más probable era que moriría de sed. Cuando terminó su sarcástica risa supo que por fin había encontrado el lugar de paz que había salido a buscar por la mañana, que aquí su cabeza encontraría tranquilidad y después, cuando la locura se apoderara de él, eso ya no le importaría más.

El sol comenzaba su descenso mientras el contoneo del agua llevaba lentamente, a quién sabe qué lugares, los restos del pequeño bote. Una punto oscuro en la inmensa belleza azul.

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