Una canción de principio y fin

Una rauda saeta voló por entre los milenarios árboles en busca de su objetivo, un objetivo que se desplazaba a gran velocidad y trataba a toda costa de no ser alcanzado por la andanada de disparos. Al instante, una silueta cruzó el suelo del bosque alistando ya una nueva flecha. La diana comenzó a moverse como si danzara, convirtiéndose en un blanco imposible; iba de izquierda a derecha, aveces muy pegado al suelo, otras saltando entra las ramas más bajas. Galiaril contuvo la respiración mientras, sin detenerse en ningún momento, apuntaba con mucho cuidado a su escurridizo objetivo. Tensó al máximo la cuerda de su arco y cuando estuvo segura de no errar, liberó la flecha. Al escuchar la vibración de la cuerda se detuvo para observar como el proyectil se alejaba con velocidad vertiginosa. El silbido que producía la flecha al cortar el viento alertó al movedizo blanco, éste reaccionó de manera inmediata dando un pequeño salto hacia un costado. Aun cuando el movimiento defensivo había sido preciso, el proyectil alcanzó a rozar la corteza que le servía de protección. 

Galiaril observó con frustración como se escapaba su última oportunidad mientras colgaba el arco en su espalda.

 —Bien hecho —dijo su instructora al salir de detrás de un árbol.

—Gracias, Malianeet, pero pude haberlo hecho mejor y lo sabes. Disparé todas mis flechas y la última apenas alcanzó a rozarlo.

—No es tu culpa no haber acertado, es que soy demasiado ágil y veloz —respondió el otro elfo, Jirnaiel, mientras se quitaba la coraza hecha de corteza que lo había protegido durante el ejercicio—. Muy pocos han podido alcanzarme y nadie con la primera flecha.

—No es un gran consuelo para alguien que pretende ser la mejor.

—Eres una de las mejores —la reconfortó Milianeet.

—Supongo que tendré que conformarme con eso. Por ahora.

—Deja de quejarte. Es momento de volver a la aldea, tenemos que prepararnos para la ceremonia —mientras decía esto, Jirnaiel se acercó a ella y le acarició su frondosa cabellera café.

Galiaril había concluido su entrenamiento y ahora, a sus 94 años, se convertiría en una Nulasin, una guardabosque de Carvauiinamaliel, el Bosque Susurrante, hogar ancestral de los elfos de la espesura. En tan sólo una noche más se llevarían acabo el Cántico a las Lunas que marcaba el fin de ciclo y en esa celebración se investiría a los nuevos protectores. 

Los tres elfos partieron rumbo a Pauiilisil, su comunidad. Mientras se dirigían hacia allí se encontraron con más novatos y maestros que también regresaban para la ceremonia.

En la entrada de la aldea los esperaba, expectante, un grupo de niños y jóvenes curiosos por saber todo lo que había ocurrido con sus valerosos parientes y amigos en los varios meses que el entrenamiento los había mantenido lejos. Entre los elfos de la espesura ser un Nulasin era uno de los más grandes honores, por lo tanto era algo con lo que muchos niños soñaban.

—Al fin regresan, cuéntenos todo lo que pasó —Yirami el pequeño hermano de Jirnaiel los interceptó apenas los vio aproximarse—. Apuesto a que nadie pudo acertarte ningún disparo, hermano. ¿Verdad que no me equivoco? Eres el mejor.

—Basta, déjanos tranquilos, ahora sólo queremos descansar un poco. Ya habrá tiempo después de saciar tu curiosidad —pasaron de largo sin hacerles más caso. Mientras se alejaban Jirnaiel volteó y le contestó a su hermano—. Pero sí, tienes razón, nadie pudo alcanzarme. Ja,ja,ja,ja.

 —No es verdad, yo sí lo hice —dijo Galiaril dandole un puñetazo en el brazo.

Los niños y jóvenes corrieron tras de ellos haciéndoles todo tipo de preguntas mientras cada uno de los que regresaban se dirigía con sus familias.

Más tarde el padre de Gailaril la felicitaba por su logro y le hablaba de la larga tradición de guardabosques en la familia. Cuando llegó la noche se encontró con Jirnaiel en las afueras de la aldea.

—Veo que sobreviviste a todos los halagos de tu padre —dijo él apenas la vio.

—Sí, y creo que aún faltan mucho más que tendré que soportar. Pero no quiero hablar más de eso, por ahora quiero relajarme un poco antes de lo que vendrá mañana.

—Acudes a la persona indicada para eso —una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

—Tus fanfarronadas no sirven aquí, Jirnaiel, en esto siempre te he ganado.

—No lo creo, también en esto s… —antes de que pudiera terminar lo besó. 

Se envolvieron en un abrazo y tras quitarse sus ropas se dejaron llevar por la pasión que sentían.

El día siguiente pasó entre los preparativos para las fiestas. Todos se dedicaron a hacer las labores que tenían asignadas. No había aldea alguna en todo el gran bosque que no participara en la celebración del fin de ciclo.

Las lunas comenzaron su desfile por el cielo nocturno bañando la tierra con sus distintos resplandores. En Pauiilisil, los elfos se encontraban reunidos cerca del Oranlonde, el árbol padre de la aldea. Los Nulasin novatos esperaban al pie de éste a que diera inicio la ceremonia, Gailaril observaba ansiosa como la primera luna asomaba por entre las ramas más altas. De pronto, de entre la oscuridad, emergió una silueta y se dirigió al viejo árbol. Era la Salalas, la druida de la porción norte del bosque, una elfa anciana, con más de 500 años de vida, lo que aunado a su gran sabiduría, le confería una gran autoridad. En todo el Bosque Susurrante sólo había tres elfos con más edad que ella.

—Salalas, bienvenida. Como siempre nos sentimos honrados con su presencia —con los brazos  abiertos a los lados la recibió el Primer guardabosque.

—Cuando las lunas convergen en los cielos debemos dar gracias, gracias por el fin y por el principio, por el ciclo que va y viene y que se mantendrá en constante flujo hasta el final del tiempo.

Cuando terminó de decir esto todos los elfos, excepto los novatos, formaron un círculo alrededor del Oranlonde. La druida colocó ambas manos sobre el viejo árbol y emitió un silenciosa plegaría. Tras unos momentos levantó la cabeza y mirando al cielo comenzó el canto.

Glaman tonip jaiilas Berietal oum nafiire Olansa dalami Honerii ib Vaanci.

Todos los ahí reunidos se tomaron de las manos y corearon sus palabras.

—Lunas que desfilan majestuosas por el cielo, que nos bendicen con su luz, anunciando el fin principio y el fin.

Uno a uno los astros surcaron el cielo y uno a uno se fueron perdiendo más allá de las copas de los árboles. Los elfos bailaban y cantaban mientras la druida recorría el círculo entregándoles pequeñas semillas y aceptando los objetos que ellos le daban a cambio, pequeñas cosas que les pertenecían. Las semillas representaban el inicio del ciclo, el inicio de la vida; los objetos entregados eran fin del ciclo, cosas preciadas que mostraban el fin. 

Glama Throg nafiir Olansa Honerii ib Vaanci. Glama Nenasc nafiir Olansa Honerii ib Vaanci. Glama Gaiil nafiir Olansa Honerii ib Vaanci. Glama Saiitha nafiir Olansa Honerii ib Vaanci. Glama Cururin nafiir Olansa Honerii ib Vaanci.

A Gailaril siempre le había gustado mucho esta parte de la ceremonia, para ella siempre había sido una mezcla de emociones; emoción por recibir la semilla, que podía proceder de cualquier rincón del extenso bosque, y tristeza por desprenderse de algo con un significado especial. Aún recordaba la última ofrenda que había entregado, un pasador de madera tallado con la forma de las alas de un halcón que le había regalado Jirnaiel la primera noche que habían pasado juntos.

La ceremonia continuó hasta que el alba comenzó su despunte dando inicio al nuevo ciclo. Los nuevos Nulasin en su lugar al pie del Oranlonde colocaron una rodilla en el suelo. La Selalas se aproximó y les habló.

—Aquí, bajo el cobijo del árbol padre, en el nuevo comienzo y con la venia de todos los Bleresila, los pequeños espíritus del bosque, y de nuestra madre Alfaeryl, su consorte Miliaeryl y su hija Ellelaeryl, nuestros dioses, serán los nuevos protectores de nuestro hogar. De ahora en adelante sus vidas estarán ligadas a esta tierra de una manera muy diferente. Cada raíz, cada arroyo, cada hoja, cada roca y cada bestia del cielo y del suelo estarán bajo su resguardo. De norte a sur y de este a oeste recorrerán nuestro hogar deteniendo todo aquello que lo amenace y con su vida mantendrán todas las demás vidas —tras unos momentos de silencio en los que miro directamente a los ojos, dijo—. Levántense.

Con estas palabra los Nulasin se pusieron de pie y recibieron, de manos de la druida, una rama hecha de plata lunar. La rama era el símbolo que representaba su nueva vida, del bosque para el bosque y por el bosque. Cuando todos tuvieron la pequeña artesanía, caminaron juntos a reunirse con los demás elfos.

Al fin se había concretado el sueño de Gailaril, ser, como su abuelo y su hermano, una guardabosques y mientras caminaba a reunirse con su familia pensaba en todas las aventuras y peligros que le esperaban; en todos los nuevos conocimientos que se abrirían ante ella. Pero sobre todo pensaba en el honor que le había sido concedido. Un honor lleno de responsabilidades.

Las celebraciones continuaron durante todo el día. Hubo una gran festín con baile, canto, poesía y música. Los niños correteaban de aquí a allá jugando y riendo. Las parejas de jóvenes se retiraban a lugares más privados. Los ancianos contaban historias de viejas hazañas. Así hasta que nuevamente cayó la noche, marcando el ultimo día de los novatos en Pauiilisil.

A la mañana siguiente, en los lindes de la aldea, Gailaril, ya vestida con la capa y las botas de hojas de los Nulasin, se despedía de su familia.

—Padre, madre, es hora de mi partida. Me duele dejarlos porque sé que pasará mucho tiempo antes de que nos volvamos a ver, pero también es un momento feliz porque ahora la vida me ha otorgado el mejor regalo que le hubiera podido pedir. Me voy para convertirme en uno con nuestro bosque. Me voy dejándolos llenos de orgullo.

—Estamos orgullosos, hija, así como tu abuelo lo hubiera estado y como tu hermano los estará cuando lo sepa —contestó su padre—. Como muestra de eso te entrego esto que ha estado en nuestra familia desde que el primero de nosotros fuera un protector –al decir esto extrajo de un saco un objeto envuelto en piel y se lo entregó.

Al descubrirlo, Gailaril encontró un arco largo con grabados por toda su extensión. Con lágrimas en los ojos lo sujetó y admiró todos sus intrincados diseños.

—Gracias padre, es hermoso. Siempre lo tendré a mi lado para que me acompañe en el largo camino que he de emprender.

—Espero que sea tu defensor, así como lo fue de muchos de nuestro linaje, y que con el tiempo tú también hagas tus propias marcas en su superficie.

—Sin duda lo haré, padre —contestó con una amplia sonrisa.

Su madre, que hasta ese momento se había mantenido callada y sólo observando, interrumpió su conversación.

—Anda márchate ya, que si no no podremos dejarte ir —le dijo y le dio un beso en la frente.

—Sí, madre, me voy, el bosque me espera —tomó a ambos de las manos y las apretó fuertemente—. Los quiero.

Y sin decir una palabra más ni mirar atrás se internó en la espesura.

3 comentarios en “Una canción de principio y fin”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s