El hacedor de golems

Silencio… escucho que se aproximan los inconfundibles pasos de mi perseguidor… 

Durante días he estado huyendo de él, pero ya no puedo más, estoy cansado de correr y esconderme. Mi cordura se va desvaneciendo con cada día que pasa y mis ganas de vivir se agotan, por eso he decidido quedarme quieto y esperar su mortal abrazo…

Pero antes de que eso suceda les narraré el acontecimiento, tan sorprendente y a la vez tan aterrador, que me llevó a esta desesperada situación.

Así fue como sucedió:

Todo comenzó cuando fui contratado por el señor Ismael Starsky, un viejo y adinerado judío. Mis labores consistían en atender todas sus necesidades y mi lugar de trabajo era en su casa. Una casa muy grande y vieja en la que sólo tenía permitido estar en el piso de abajo. La planta alta y todas sus habitaciones me estaban prohibidas.

Durante todo el tiempo que trabajé para él nunca supe qué es lo que el señor Starsky hacia para ganarse la vida. En raras ocaciones salía y siempre regresaba pronto. La mayoría del tiempo la pasaba arriba y sólo bajaba a comer o a tomar alguna cosa de la cochera. Tampoco recibía visitas. 

Casi un año después de comenzar a trabajar para él, el señor Starsky cayó gravemente enfermo. El viejo era un fumador empedernido y padecía bronquitis, la cual se agravó por una infección respiratoria y debido a su avanzada edad quedó postrado en cama. A partir de ese momento mis tareas se duplicaron porque ahora, a falta de familiares vivos, la responsabilidad de cuidarlo en su enfermedad recayó en mí. 

De esta manera fue que me permitió subir a su recámara. 

La primera vez que entré a ese lugar me asaltó un fuerte hedor a tabaco, medicina y humedad. Esa primera vez me advirtió también, de una manera muy enfática, que tenía estrictamente prohibido deambular por ahí y que sólo podía subir a llevarle de comer y a ayudarlo a ir al baño, lo cual me pediría haciendo sonar un capanita. 

Al poco tiempo de esto y ya sin vigilancia alguna me puse a explorar por completo la casa. La advertencia del viejo sólo había servido para alentarme a hacerlo.

Para mi sorpresa todas las puertas del primer piso estaban cerradas, pero una de ellas atrapó desmesuradamente mi curiosidad, una a la que conducían tres escalones al final del pasillo. Era una puerta muy antigua, la madera de la cual estaba hecha al parecer era muy gruesa y firme de un color café muy oscuro; la manija y cerradura estaban hechas de bronce y el orificio para la llave era muy grande.

En ese momento se apoderó de mí una necesidad imperiosa por saber lo que había detrás de esa puerta. Era algo que tenía que saber a como diera lugar.

Mi rutina continuó como siempre hasta que no pude contenerme más y aprovechando una de las largas siestas que tomaba el viejo esculqué sus cosas hasta que descubrí la llave. Era grande y pesada. 

En la primera oportunidad que tuve me dirigí inmediatamente hacia la puerta. Al abrirla lo que me recibió fue una oscuridad casi absoluta, la única luz era la que se colaba del pasillo. Entre las penumbras pude distinguir un poco de lo que ahí había; era una cuarto bastante amplio con sólo un par de muebles y justo en el centro se erguía un enorme objeto que fácilmente superaba los dos metros de altura. ¿Qué diablos era eso? ¿Qué es lo que guardaba el viejo judío tan celosamente y que no quería que nadie lo viera? 

No era momento de obtener respuestas, había pasado demasiado tiempo y el viejo podría despertar en cualquier momento. Cerré la puerta y devolví la llave a su lugar.

Los días transcurrieron y no podía sacar de mi mente la imagen del oscuro cuarto y su misterioso y enorme objeto, se estaba convirtiendo en algo insoportable. En otra de las siestas del señor Ismael volví a tomar la llave.

Esta vez entré. Caminé pegado a la pared y a tientas descubrí el interruptor de la luz. Cuando el cuarto estuvo iluminado mi atención de inmediato de dirigió al gran objeto. Estaba cubierto por una lona. Sin pensarlo más la levanté un poco, pero no pude ver bien lo que había debajo. Cuando me disponía a destaparlo por completo me interrumpió el sonido de la campanita, el viejo me llamaba. Los nervios se apoderaron de mí y regresé de inmediato. 

Días después comenzó el terror.

Una mañana, al llegar, como hacía todos los días, recogí el periódico y fui a la cocina a preparar café. Cuando los subí a la recámara descubrí que no había nadie. Eso me pareció muy raro porque el viejo no podía moverse fácilmente, su enfermedad lo había debilitado mucho y sólo podía caminar con mi ayuda. En esas circunstancias no podía haber ido muy lejos. Me asomé al baño pero tampoco estaba ahí. Alarmado comencé a buscar por toda la casa. De pronto un presentimiento me detuvo en seco y una fría sensación recorrió mi espalda. 

Caminé hasta el cuarto. Mi temor probo ser cierto; la puerta estaba abierta, la luz encendida y su bastón tirado en los escalones. Dentro el viejo se encontraba en el suelo junto al enorme objeto. La lona ya no lo cubría y pude ver claramente de lo que se trataba: una especie de estatua hecha de algo que parecía barro, de un color terroso, con rasgos muy burdos, casi humanos. Era espeluznante.

El señor Starsky volteó y su mirada acusadora me penetró con un odio asesino. Comenzó a incorporarse apoyándose en la estatua con el brazo derecho mientras extendía el izquierdo. Una vez estuvo completamente erguido llevó su mano, que sostenía un pedazo de papel, hasta la orificio que hacía las veces de boca de la estatua.

Lo que ocurrió a continuación fue algo horrible, algo que aún no puedo comprender.

En cuanto el papel cayó en el interior del hoyo, la grotesca estatua giró su cabeza y posó sus vacíos ojos en mí. Un auténtico pavor, como nunca había sentido antes, me invadió completamente. Toscamente movió sus brazos, proyectándolos al frente para tratar de alcanzarme. Luego dio un paso y en ese momento fui testigo de como Ismael Starsky era arrollado y quedaba sin vida bajo el peso de los enormes pies. En el último instante, cuando estaba ya estaba a su alcance, con un repentino impulso, corrí lo más rápido que pude hasta llegar a la calle. Sin detenerme me dirigí hacía mi casa, creyendo que ahí estaría a salvo. Qué equivocado estaba.

No tenía noción del tiempo que había pasado desde que que mi esposa me abrió al escuchar mis desesperados gritos, pero cuando la puerta de mi casa estalló en pedazos, me di cuenta de que la pesadilla no había terminado. Con el corazón en pausa, vi al monstruo cruzar el umbral y atravesar, con pesados y torpes pasos, la sala dirigiéndose hacia mí. Mi mujer, que hasta ese momento no sabía nada de lo que me había sucedido, pegó un desgarrador grito, su cara desencajada por el horror de la visión que tenía delante. Mi hijo, que estaba sentado a mi lado, se aferró a mi pierna sin emitir sonido alguno.

 La temible criatura continuó su imparable andar y en un segundo se encontraba frente a nosotros. Con un barrido de su brazo golpeó a mi esposa arrojándola, cual muñeca de trapo, hacia la pared. Abracé fuertemente a mi hijo y corrí hacia la salida, pero la manaza del monstruo me sujetó por el hombro. Inmediatamente su otra mano se cerró sobre mi costado, del lado donde cargaba a mi hijo, y de un tirón lo arrancó de mis brazos. Lo último que vi de él fue como era sacudido en el aire con su cuerpecito flácido y sin vida. Con furia desmedida me arrojé sobre el monstruo; lo pateé, lo rasguñé y le grité, pero todo fue en vano.

Lo siguiente que sentí fue como me golpeaba en el pecho y como salía despedido por la ventana.

Tras recuperarme del aturdimiento del golpe, que de manera providencial no había sido mortal, observé como la criatura se abría paso por el muro para intentar atraparme.

Me incorporé y corrí y corrí sin detenerme. Desde ese momento no he parado de hacerlo. Me he escondido en un sin fin de lugares, pero el monstruo siempre me encuentra. No hay manera de que siga evadiendo su implacable persecución. No hay manera de que evite mi castigo. 

Sé que yo debería de ser el que estuviera muerto y no mi esposa ni mi pobre niño, por eso he decidido que aquí termine mi historia y mi vida…

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