A su suerte

Estaba rodeada. Por la izquierda y por la derecha, por atrás y por delante. Tensó la patas y arqueó la espalda erizando el pelo, sus orejas se inclinaron hacia atrás pegándose a su cráneo. Emitió un siseo amenazador.

Una de los que la rodeaban, la líder, dio un pequeño paso al frente. Todos los demás la imitaron cerrando un poco más el círculo, cortando aún más cualquier posibilidad de escape. Uno a uno, todos maullaron. Un maullido agudo y penetrante, como preámbulo a la inminente masacre que vendría.

En ese momento entendió que no tendría otra opción mas que pelear, o dadas las circunstancias, de defenderse lo mejor que pudiera.

El primero se arrojó con las garras extendidas. Ella se levantó en sus cuartos traseros para recibirlo. Unos segundos después se encontraban enzarzados. Garras y colmillos desgarraban y se incrustaban. 

Su desventaja no era únicamente su tamaño, ni que estaba sola. Esta era la primera vez que se encontraba fuera de la seguridad de su pequeño y seguro territorio, ese confinado lugar que había compartido con los enormes y torpes miembros de su grupo. De los cuales sólo había recibido mimos y palabras dulces.

Gracias a su agilidad pudo evitar la mayoría de los ataques y logró hacerle bastante daño a su contrincante que salió huyendo de la refriega. Inmediatamente después, dos más se abalanzaron sobre ella. 

Esta vez su suerte fue diferente. 

Mientras se defendía por el frente fue atacada por detrás. Rápidamente giró para tratar de repeler a su agresor, pero al hacerlo, otra vez dejó su retaguardia descubierta. Esto se repitió una y otra vez hasta que no pudo más.

Nunca entendió porque la actitud de los miembros de su grupo había cambiando de manera tan abrupta. Recordaba haber sentido su primer calor, un calor que la había llevado, con desesperación, a buscar una pareja. Ese había sido el momento cuando ellos habían cambiado. Por dos noches había llamado hasta el cansancio y había esperado, sentada en el mismo lugar, a que su petición fuera respondida. La tercera noche su mundo había cambiado para siempre.

Los dos atacantes se alejaron corriendo dejándola exhausta y herida. La líder emitió otro maullido y los que aún la rodeaban también se dispersaron. Ahora sólo se encontraban las dos, bañadas por la luz de una de la muchas lámparas del parque, su rival acercándose amenazadoramente para dar el golpe definitivo.

Se incorporó y trató de huir. Cuando iba a echar a correr se dio cuenta de lo grave de sus heridas. Apenas pudo dar una zancada y la líder le cayó encima. 

Esa tercera noche había percibido una serie de diferentes emociones en los miembros de su grupo. En los más pequeños había sentido confusión y tristeza; en la madre indiferencia; en el padre enojo y amenaza. El padre y el pequeño la habían metido en una mochila y la habían sacado de su territorio. Después de lo que a ella le había parecido un trayecto muy largo, la habían arrojado en un tiradero de basura y se habían marchado. Un día entero había permanecido escondida bajo los desperdicios hasta que algo la asustó y se fue de ahí. Había caminado sin rumbo, confundida y atemorizada, por varias horas. Y por fin había encontrado este lugar, un parque donde había más como ella, muchos más.

Se arrastró fuera de la luz, su pelaje embarrado de sangre. No podía ver nada con su ojo derecho y una profunda herida, que casi le desprendía la nariz, le surcaba la cara. Buscó un hueco en el cual poder resguardarse. Cuando lo encontró, dentro de la base del poste de una de las lámparas, se metió y lamió sus heridas.

Nunca volvió a salir de ahí.

1 comentario en “A su suerte”

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