Don

Federico caminaba rumbo a su casa después del trabajo. El ansia de llegar le recorría el cuerpo, sentía una imperante necesidad de cerrar la puerta de su departamento tras de sí y no saber nada más del mundo exterior; sólo quería cerrar los ojos y dormir.  En la última semana, su ya de por sí nebuloso ser, se estaba tornando cada vez más decadente. Estaba por cumplirse el primer año de la partida de Marcela y Gisela. El recuerdo estaba más vivo que nunca. No es que en algún momento se hubiera olvidado de ellas, pero ahora era tan intenso que no podía pensar en nada más.

Continuó su camino con la mirada fija en sus zapatos, arrastrando lo pies y las manos en las bolsas del pantalón. Llegó al cruce de una avenida, se detuvo a esperar, y justo en el momento en que la luz del semáforo cambiaba, escuchó el inconfundible ruido que hacen los neumáticos al frenar de manera abrupta. Un segundo después vino el sonido del impacto, ese crash tan terrible que anuncia al desastre. Federico levantó la vista. Ante sí contempló una escena que lo sacudió por completo: un coche, que estaba parcialmente destrozado en la parte delantera, había chocado con una motocicleta y unos cuantos metros  más allá, yacía inerte el conductor de la misma. Inmediatamente la gente comenzó a arremolinarse alrededor del accidente, unos pidiendo ayuda a gritos, otros sólo mirando. El hombre de la moto estaba gravemente herido, un charco de sangre se extendía debajo de su cuerpo. Él se quedó inmóvil con la mandíbula y los puños prietos. Un instante después reanudó su marcha. Cruzó la avenida esquivando a la gente y puso rumbo hacía su casa. Mientras se alejaba, las imágenes de lo sucedido le abarrotaban la cabeza. Caminó lo más rápido que pudo. Ahora la necesidad de llegar a la seguridad de su hogar se había hecho insoportable.

Subió corriendo las escaleras hasta la puerta de su departamento. Una vez adentro, se tiró al suelo y lanzó un angustioso grito. Se tomó la cara con desesperación intentando comprender lo que acababa de ocurrir, mientras se repetía una y otra vez que había hecho lo correcto, que no podía andar por la vida salvando personas como si fuera un hacedor de milagros. En ese momento más que nunca, repudió su irónico don.

El sueño lo evadió gran parte de la noche y cuando por fin llegó, lo hizo de manera inquietante. A la mañana siguiente, Federico se levantó cerca del medio día sólo para prepararse un tasa de café y fumarse un cigarro.

Mientras el cigarro se iba consumiendo y el café se enfriaba, no paraba de preguntarse porqué cuando su esposa e hija habían sufrido ese terrible accidente de transito (el microbús en el que viajaban de regreso de la escuela de la pequeña Gisela, al pasarse un semáforo en rojo, fue chocado por un camión de carga) no había contado con su “maravilloso” poder. O si alguien más, que pudiera hacer lo mismo que él, hubiera hecho algo por ellas o simplemente hubiera seguido de largo tal como él lo había hecho el día anterior. Pasó tanto tiempo con esos sombríos pensamientos, tratando de hallar en su miseria una justificación para su comportamiento, que cuando corrió las cortinas, el sol comenzaba ya su descenso y el cielo se teñía de un naranja intenso.

Como si de una revelación se tratara, comprendió lo que tenía que hacer. No había otro modo. No podía seguir así; saber que era capaz de, con un sólo toque de sus manos, poder salvar vidas y el rechazo a querer hacerlo porque el tan sólo pensar que cuando más lo necesitó…

Tomó una silla y la colocó debajo de la lámpara de la sala. De la azotehuela quitó una de las cuerdas donde tendía su ropa y la amarró, lo más fuerte que pudo, a la lámpara. Se subió a la silla, pasó la cuerda alrededor de su cuello e hizo un nudo corredizo. Con un leve jalón la ajustó. Este sería el final, no tendría que sufrir más, no tendría que soportar su perdida y no tendría que cargar con la responsabilidad que le había sido impuesta.

Pateó la silla y su cuerpo quedó suspendido. La cuerda constriñó su cuello. El pavor a la muerte lo invadió y por instinto llevó sus manos hacia el nudo y trató con desesperación de aflojar la presión. Pataleó y se agitó violentamente, meciéndose de un lado a otro como un grotesco péndulo. Su garganta se comprimió más y más, impidiendo la entrada de aire a sus pulmones.

Poco a poco el movimiento de sus piernas y brazos disminuyó y todo terminó para siempre.

El sol de la mañana entraba de lleno por la ventana, bañando por completo la habitación. Abrió los ojos y parpadeó ante la intensa luz. ¿Lo que había sucedido anoche había sido tan sólo una pesadilla? Miró hacia arriba tratando de comprobar si efectivamente había sido un mal sueño. Pero no, la cuerda estaba ahí, rota, colgando de la lámpara. Tocó su cuello y el nudo aún lo ceñía fuertemente.

Pero no podía ser que siguiera ahí, existiendo. En verdad había muerto. Lo sabía porque lo había sentido en todo su ser.

Federico comprendió lo que había sucedido. Gracias a su don había podido salvarse de la muerte y algo desde muy adentro le decía que así sería hasta que la vejez lo reclamara. No tenía manera de vencer al indómito destino que se burlaba de él poniéndolo a prueba con su «generoso» regalo.

7 comentarios en “Don”

  1. Muchas veces nos queremos resistir a lo que la vida nos ha otorgado.
    En tu relato, Federico al final aprendió desde aquella noche, que el destino está escrito y por mucho que queramos, no se cambiará.
    Gran relato, me ha gustado de principio a fin.
    Me encanta tu capacidad para atraparme y ser parte de tus personajes.
    Gracias E.vil.
    Un abrazo.

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