Herencia

Hace casi un año que me hago cargo de una responsabilidad, un legado, que originalmente no me correspondía. Algo de lo cual no tengo más remedio que cumplir sus condiciones.

¿Qué cómo recayó en mí tal situación? Ahora les contaré:

Mateo, un amigo de ese entonces, me llamó y acordamos vernos. Yo fui la primera en llegar al lugar y pedí un trago mientras esperaba. Tan sólo eran 10 minutos antes de la hora y sabía que él era un persona puntual. Di el último sorbo a mi bebida y miré el reloj, 21 minutos y aún no aparecía. Pensé en irme. Me levanté y fui al baño. Cuando regresé ahí estaba.

—Hola, perdón por llegar tarde. Tuve un contratiempo en el trabajo y no pude salir a tiempo.

—No te preocupes —respondí–. No pasa nada. Pero cuéntame, ¿cómo has estado?

—Bien. Todo bien. Gracias.

En ese momento noté que algo parecía no ir de la manera acostumbrada. No estaba hablando con la misma naturalidad de siempre y aunque trataba de disimularlo, parecía nervioso.

—¿Seguro que estás bien? 

—Sí… no. ¿Podrías acompañarme a otro lugar? Ahí te explicaré todo.

—Claro, sólo permíteme pagar y nos vamos.

—No te preocupes, yo me encargo de eso. Mientras puedes ir saliendo.

Esto parecía más extraño de lo que pensé, pero no hice más preguntas. Suponía que las respuestas llegarían en el momento oportuno. Y así fue.

Nos subimos a su coche. Durante todo el trayecto no dijo palabra alguna, su mirada siempre concentrada en el camino. Al principio traté de comenzar una platica, pero al ver que no se daría, dejé eso de lado y encendí el radio. Un rato después se detuvo frente a una casa.

—Estamos aquí. 

—¿Dónde es aquí? —pregunté.

—Esa casa —señaló—. La casa que mi difunto tío, que por cierto nunca conocí, me heredó.

—¿Me estás diciendo que eres el dueño de ese caserón?

—Desde hace 13 días, sí —abrió la puerta del coche—. Vamos adentro, necesito enseñarte algo.

La casa no era tan vieja como parecía a simple vista, pero se encontraba muy deteriorada. Parecía como si por muchos años no le hubieran hecho ningún tipo de arreglo. 

—¿Qué quieres decir con que te la heredó un tío que nunca conociste?

—A eso. Nunca lo conocí. Ni siquiera sabía que existía. 

En cuanto entramos me asaltó un fuerte olor a humedad. El deterioro interior era aún más severo. Paredes salitrosas, muebles viejos y rotos y suciedad por todos lados.

—¿Aquí era donde vivía tu tío? —evitaba a toda costa tocar cualquier cosa.

—Sí —fue su simple respuesta.

Sin decir nada más me llevó escaleras arriba. Se detuvo frente a un cuarto. El foco daba apenas una tenue luz amarillenta. La habitación era grande, sin ventanas y completamente vacía, salvo por una mesa redonda que estaba a un costado de la entrada. Di unos cuantos pasos hacía adentro, pero él ni siquiera se movió del umbral de la puerta. De su frente escurría sudor y su mirada estaba clavada en una esquina. Volteé hacía ese punto y me di cuenta de que había un círculo negro en el piso. Un círculo que parecía haber sido hecho por un fuego muy intenso.

—¿Qué es eso? ¿Por qué estás tan asustado? —en ese momento entro y cerró la puerta.

—Esto de la herencia… ojalá no hubiera sucedido. Pero ahora ya no puedo librarme. Lo siento.

—¿De qué hablas? ¿Librarte de qué? —se aproximó a la mesa y tomó una pequeña campana (hasta ese momento no la había notado). La campana tenía un color verdoso, como el del bronce cuando se oxida.

Me miró como disculpándose y la hizo sonar.

El foco comenzó a balancearse y parpadear y tras unos momentos se apagó. En la esquina, el círculo comenzó a desprender un fulgor anaranjado, como el de las ascuas. El fulgor se convirtió en flamas, primero diminutas, pero que pronto crecieron hasta crear una cortina de fuego. De manera súbita se extinguió y todo quedó sumido en la oscuridad. Todo pasó en unos segundos y mi confusión no me permitió reaccionar de ninguna manera. Cuando quise hacerlo era demasiado tarde.

¿Por qué has tardado tanto —una voz chirriante, como el rasgar de uñas sobre cristal, inquirió resonante—. Mi amo, nuestro amo, no está feliz con tu demora. Y cuando el amo no está feliz alguien debe de pagar.

—Perdón. No era mi intención enfurecerlo. Es que me fue difícil conseguir a alguien.

No podía ver nada, sólo escuchaba las voces. Pero entendí que ese “alguien” a quien se refería era yo. Traté de ubicarme con respecto a la puerta y hacía allí me dirigí. Jale la manija, una, dos veces. Estaba cerrada. Desde el punto de donde había surgido la estridente voz se encendieron dos puntos amarillos.

No hay salida. No hay escape. El único lugar al que irás, será a los salones subterráneos de mi amo —de pronto, con una luz cegadora, el foco se volvió a encender. 

La luz se fue difuminando poco a poco y fue cuando, por fin, pude ver. La repugnante criatura que había estado hablando media apenas un metro de altura (quizá menos), de piel color pálido enfermizo. Una larga y puntiaguda nariz se proyectaba de su afilado rostro con pequeñas orejas y diminutos ojos. El cuerpo era delgado con el vientre abultado. Sus extremidades eran unos brazos largos con manos pequeñas y dedos chatos y cortas piernas arqueadas que terminaban en garras.

Miré a Mateo. Su cara había perdido el color y estaba llorando.

—En verdad lo siento. No tenía otra opción. Esta fue la maldita herencia que me dejaron. Trata de entender, eres tú o soy yo.

¡Calla, maldito cobarde! Lloriqueas y sientes lástima por esta desgraciada.

Sentía mucho miedo. Nunca había estado tan asustada en mi vida. 

—¿Qué piensan hacer conmigo?

El no va a hacer nada contigo, su patética labor a concluido. Por ahora. Sin embargo la tuya apenas comienza. Servirás a mi amo. Serás suya y sólo de Él.

Sentí como mis piernas se hacían flácidas debajo de mí. Caí de rodillas. Todo me daba vueltas. Me faltaba el aire. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para no desmayarme. 

La criatura comenzó a caminar hacía mí. 

No demoremos más. El amo no es muy paciente y esta escoria ya lo hizo esperar demasiado —me tomó del cabello y me arrastró hacía el círculo chamuscado de donde había emergido.

Justo antes de llegar a él un destello de lucidez acudió a mí y recordé las últimas palabras que había dicho Mateo.

—¡Espera! —grité—. Tengo algo que decirte. Una propuesta que hacerte.

¡Calla! ¿Qué propuesta podría interesarme o interesarle a mi amo? No te salvarás. Por nada de este mundo te salvarás.

Durante todo ese tiempo Mateo no había dejado de llorar y ahora estaba hecho un ovillo en el suelo.

—Pero que no te das cuenta. Él es un cobarde. Ni siquiera puede hacer bien lo que le encomendaste. Míralo, tirado como un guiñapo. No tiene el valor. Pero yo sí lo tengo. 

El llanto de Mateo cesó de pronto. 

—¿Estás loca? ¿Qué intentas hacer? No la escuches, sólo quiere confundirte.

Ji, ji, ji, ji, ji. No lo hace. No me confunde. Entiendo su punto. ¡Y me gusta! Esta hembra es astuta. Y mucho más valiente que tú. Ji, ji, ji, ji, ji.

Lo siento, Mateo. No tenía otra opción. «Eres tú o soy yo».

—El amo estará complacido. Muy complacido.

Tras decir esto el ente se dirigió hacía él, lo tomó del cabello y lo llevó hacía el círculo. Mateo trató, inútilmente, de resistirse. Nuestras miradas se encontraron una última vez.

—¡Maldita perra! ¡Maldita perra! —esas fueron sus últimas palabras.

La cortina de fuego volvió a encenderse. Antes de atravesarla la criatura se dirigió a mí.

A partir de ahora cada 11 noches deberás traerle una ofrenda a mi amo, a tu amo. Cuando la tengas haz sonar esa campana y yo vendré para llevármela.  Así lo tendrás que hacer siempre y nunca fallar. Así y sólo así él estará feliz. Y tal vez en algún momento, si lo has complacido lo suficiente, te recompensará, como lo ha hecho conmigo —pasó al otro lado y sus últimas palabras se fueron junto con el fuego que se apagaba—. No lo olvides. Cada 11 noches. No falles. Ji,ji,ji,ji,ji…

Así sucedió y partir de ese momento he regresado a esa horrible casa y he hecho sonar la pequeña y oxidada campana de bronce. Cada 11 noches como lo acordé con la criatura.

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