En el lodo

La lluvia caía, su ropa estaba completamente empapada y el frío empezaba a colorase entre sus huesos.

—¿Aún falta mucho para que lleguemos, Diana?

Ella, que caminaba varios pasos por delante de él como si la lluvia no la afectara, sin detenerse, giró la cabeza y respondió:

—Te lo acabo de decir hace apenas un raro. Todavía nos faltan algunas horas más. Ya deja de quejarte, lo único que logras es que el trayecto te sea más pesado y largo.

—Es que no aguanto más. 

—Pues no te queda de otra mas que continuar. Es eso o quedarte aquí esperando a que pase el aguacero —al decir esto, sin esperar respuesta alguna, regreso su mirada al frente. 

Por unos instantes Rodolfo se quedó mirando hacia arriba, la gotas cayéndole sobre los ojos. Con un suspiro se apresuró a alcanzarla.

Todo alrededor era gris; el suelo, el cielo, el horizonte. No había ningún atisbo de algún otro color. Era un día miserable. La noche anterior también lo había sido. En ese momento (anoche), como ahora, no había entendido porqué los habían hecho salir del campamento a hacer esta estúpida entrega. Había tantas personas más a las cuales se lo hubieran podido pedir. O por lo menos hubieran podido permitirles esperar a que las condiciones del clima mejoraran para iniciar la marcha. Ni hablar, ahora estaba aquí y no tenía más remedio que hacer la entrega.

Algunos kilómetros más adelante su andar se hizo aún más difícil; la lluvia había arreciado (si eso era posible) y el camino, que ahora iba cuesta arriba, era un completo lodazal. Con cada paso sus botas resbalaban y en más de una ocasión había terminado con la barbilla pegada al suelo. La última vez que esto sucedió simplemente se quedó tirado sin ganas de volver a levantarse. Su ropa ahora del mismo deprimente tono que veía por todos lados.

—No daré un paso más, sigue tú. Yo me quedaré aquí tendido a esperar a que la lluvia paré o a que el lodo me absorba y me convierta en parte de él. Quizá cuando vengas de regreso me encuentres aún aquí.

—Basta de tus tonterías, por favor levántate. ¿No entiendo porqué nos enviaron juntos? Todo el mundo sabe que eres un persona negativa a la que no le gusta ir más allá de la comodidad del campamento —sonaba muy molesta y lo siguiente que dijo, y como lo dijo, no dejaba duda de que hablaba en serio—. Si esta es tu decisión, adelante. No te disuadiré para que continúes. Si lo que quieres es quedarte aquí, no me importa. Yo haré la entrega. Pero te advierto que a mi regreso, aunque te encuentre aquí, no permitiré que vengas conmigo. Desde ahora estás por ti mismo.

Comenzó a caminar. Al tercer paso que dio resbaló y quedó con una rodilla en el suelo. Mientras se levantaba volteó a mirarlo.

—Cuando caes lo único que hace falta son las ganas de volver a ponerte de pie. Eso, o como te pasa a ti todo el tiempo: las ganas de quedarte en el suelo y sólo ver como los demás siguen su camino.

Desde la posición en la que estaba la vio alejarse, apenas a unos cuantos metros su silueta se perdió tras la cortina de lluvia. Rodolfo se quedó solo, tirado cuan largo era sobre el lodo del camino, pensando en las últimas palabras que Diana le había dicho.

Tenía razón. Él era así, le daba miedo levantarse y afrontar lo que tenía enfrente. Siempre le había sido más fácil, y más seguro, tener una rutina sólida. Siempre que podía pasaba desapercibido para que no lo tomaran en cuenta para algo que lo sacara de su segura monotonía. Evitaba a toda costa cualquier situación que lo afrontara al mundo.

La lluvia continuó cayendo y Rodolfo se quedó en el mismo lugar. No tenía intención de levantarse, por lo menos no hasta que la lluvia parara. Seguramente sería más seguro emprender el regreso cuando estuviera todo seco. Cuando la apatía lo soltara por unos momentos.

4 comentarios en “En el lodo”

    1. Según yo sí tienen final. Así se me ocurren. Historias cortas que trato de explicar en no tantas líneas. Claro que podría extenderme y ver a dónde llego, pero no sé si eso sea bueno.

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