Todas, menos ellas

Corrió hasta que no pudo más. Cuando se detuvo su mente por fin pudo pensar en otra cosa que no fuera alejarse de aquel lugar. Su cabeza daba vueltas. Con el cuerpo doblado, sus manos sobre sus rodillas, a grandes bocanadas recuperaba el aliento. Las imágenes de lo sucedido aparecieron en una rápida sucesión —la tenue y amarillenta luz que apenas daba visibilidad, el brillo del metal, un rojo tan oscuro que casi parecía negro, su brazo subiendo y bajando violentamente, la viscosidad en su mano, los ojos vidriosos que miraban sin mirar— había sido horrible, siempre lo era.

Miró su mano. Oscura y pegajosa. Parecía la mano de alguien más. La mancha se extendía hasta donde comenzaba el brazo. Su ropa también estaba manchada. Con desesperación se despojó de la camisa, la enrolló y la tiró al piso. 

Continuó caminando con la respiración aún muy agitada. Comenzó a sentir frío. No sabía si eso se debía al viento que soplaba, que ya traía consigo los primeros indicios del invierno, o sí se trataba de un frío que venía desde dentro. Externo o interno, no importaba, hacía que su cuerpo temblara.

Se abrió paso entre la gente. Las calles estaban más atestadas que de costumbre, la fiebre decembrina volcaba a las multitudes a gastar para demostrar su cariño. Las personas, los adornos con series de luces de colores y los aparadores que mostraban un sin fin de mercancías, lo confundían, alteraban más sus ya de por sí quebrados nervios. Necesitaba encontrar un sitio tranquilo.

Recordó que cerca de donde se encontraba estaba el lugar que necesitaba. Hacia allá se dirigió. 

Apresuró el paso, temía que ya estuviera cerrado. No tenía ni la menor idea de la hora que era, pero suponía que no era tan tarde porque la mayoría de las tiendas todavía estaban abiertas. La oscuridad siempre llegaba antes en estos días.

Tres calles más y estaba allí. La puerta de madera, con sus intrincados grabados, estaba abierta. Sin más, entró. 

El interior estaba muy iluminado. Todas las filas de bancas estaban vacías, excepto la del frente donde se encontraba una mujer con un niño. Se sentó al centro. Tras unos minutos comenzó a tranquilizarse. Las iglesias siempre habían tenido ese efecto en él. Se persigno y rezó un poco. Después se quedó en silencio. No tenía que tener miedo ni sentirse avergonzado por lo que había sucedido, todo el mundo pecaba y, sin importar la magnitud, Dios perdonaba todos los pecados. Mientras mostrara arrepentimiento sincero la entrada al cielo estaba asegurada.

La  mujer y el niño se pusieron de pie. Al pasar junto a la fila donde se encontraba lo miraron asustados, el niño se quedó parado sin apartar la vista de él. La mamá lo jaló y caminaron apresuradamente hacia la salida.

En ese momento cayó en la cuenta de su aspecto: iba en camiseta, con los brazos descubiertos, el cabello enmarañado y, al mismo tiempo, embarrado sobre su cara, uno de los bolsillos del pantalón, el izquierdo, estaba desgarrado y la mano derecha completamente cubierta de sangre. No podía llegar así a su casa. Tenía que hacer algo. Necesitaba limpiarse. Se levantó de la banca y se dispuso a salir.  Junto antes de llegar a la puerta de la iglesia, a su lado derecho, encontró la pila. 

Tras meditarlo un momento, humedeció sus dedos indice y medio y se persignó nuevamente. Sumergió la mano izquierda en el agua bendita y trató de acomodarse el cabello. Después metió las dos manos y se talló la derecha hasta que la sangre desapareció casi por completo. Salió a la calle. 

En el trayecto hacia su casa llamó a su madre por teléfono. Todas las noches lo hacía, era importante para él saber que su viejecita estaba bien. 

Al llegar recordó que su esposa e hija estaban con su hermana y llegarían más tarde. Se quitó la ropa rota y sucia, la metió en una bolsa y la arrojó a la basura. La próxima vez tendría más cuidado.

Más tarde, cuando las escuchó entrar se sintió aliviado. La calle era peligrosa y siempre le pedía a Dios que llegaran con bien. Ninguna de sus mujeres —madre, esposa, hija y hermana— merecían que les pasara algo malo. Eran buenas y no como esas inmorales que llevaban el pecado adherido a la piel y al alma. Pero de esas, él ya se estaba encargando.

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