Nadie lo entiende

—¿Cómo es posible que se me haya escapado de las manos? Lo tenía justo a mi alcance.

Un indigente, viejo y muy sucio, estaba parado en medio de la avenida gritando hacia el cielo. Algunos conductores tocaban frenéticamente el claxon para que se quitara de su camino. De vez en cuando los volteaba a ver esbozando una amplia sonrisa que dejaba ver, entre su larga y enmarañada barba, sus tres únicos dientes.

—Soy un pendejo. Ahora tendré que ir a buscarlo otra vez. Si no lo encuentro no voy a poder partirle la madre.

Los coches pasaban rápidamente a un lado de él, algunos casi rozándolo. Los conductores le gritaban todo tipo de insultos. 

—¡Muévete, pinche loco! 

Él sólo sonreía, se rascaba las axilas y continuaba observando al cielo como en busca de algo. Cuando el semáforo detuvo la circulación, una joven se acercó.

—Venga, no puede quedarse aquí parado, lo van a atropellar. Vamos a la banqueta.

—No. No puedo irme. Tengo que encontrarlo. Lo dejé escapar y ahora tengo que traerlo de vuelta. 

—Sí, está bien, pero aquí no. Es mejor en la banqueta —al decir esto la joven lo tomó del brazo y lo jaló hasta que consiguió que la siguiera. El hombre subió sus sucios pantalones que le caían hasta media nalga y comenzó a caminar, sus botas con hoyos por todos lados. 

—Es que lo necesito, ¿sabes? Lo necesito porque me ayudará a madrear al monstruo.

—Aquí puede buscar lo que perdió. Sólo por favor, ya no se pare en medio de la avenida.

La joven dio un par de pasos alejándose, pero el hombre la sujetó fuertemente del brazo.

—No lo entiendes. Nadie lo entiende. El monstruo nos está consumiendo y a nadie le importa. Todos van en sus carrozas a toda prisa y no se dan cuenta.

—¡Suélteme! —la muchacha le gritó.

Dos hombres se acercaron en cuanto la oyeron. Uno de ellos agarró al viejo mientras el otro ayudaba a la joven. Una vez que la soltó el que lo estaba agarrando le dio un fuerte empujón que lo mandó al suelo. 

—Lárgate, cabrón y deja de estar molestando a la gente. Pinche mugroso. 

Antes de irse el otro tipo lo pateó en la espalda. Los tres siguieron su camino. El viejo se quedó en el suelo quejándose del golpe. Cuando volvió a levantarse continuó con sus gritos.

—Yo tampoco lo entendía. Yo era un rey y tenía un caballo y vivía en un castillo, pero no veía al monstruo. No lo veía porque sus regalos, el caballo y el castillo y las joyas, me cegaban, pero cuando ya no tuve nada fue cuando me di cuenta. Me di cuenta de que todo el tiempo había estado alimentándolo con mi propia alma.

La gente pasaba a un lado de él sin prestarle la menor atención. Lo evitaban a toda costa.

—Necesito encontrar el aparato —cuando dijo eso extendió los brazos al cielo y comenzó a girar—. El aparato. El aparato. El aparato.

Tras varios giros perdió el balance y volvió a caer al suelo. De su pantalón sacó un pequeño frasco de plástico y un pedazo de papel. Mojó el papel con el líquido que contenía el frasco y lo acercó a su boca. Nuevamente se puso de pie y comenzó a caminar mientras inhalaba el solvente. Con la mano libre sujetaba su pantalón. 

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