Insomne

Cuando la oscuridad comenzaba a reptar ganándole su lugar al sol, la ansiedad comenzaba a reptar apoderándose de él. Así eran todos los atardeceres, la inminente llegada de la noche lo hacía sentirse angustiado. 

Temía ese momento en el que la última luz de su casa se apagaría. No lo asustaba la oscuridad, de hecho era algo que le gustaba. Tampoco lo asustaba el silencio, que aunque nunca era total, siempre lo agradecía. Para él no existían monstruos nocturnos ni fantasmas al pie de su cama.

Lo que lo atemorizaba eran las horas que transcurrirían hasta el amanecer. El incesante tictac del las manecillas del reloj de pared que parecían retumbar como si de bombos se trataran. El sonido, cualquier sonido, que llegara a través de las paredes. Pero lo que realmente lo atemorizaba más allá de toda compresión era que en algún momento escucharía el terrible ¡ring, ring, ring! del despertador anunciando el final de la noche. Noche en la cual había estado despierto, con esa maldita sensación en la nuca, esperando a que la arena fuera tanta que sus párpados no pudieran soportar el peso y terminaran por cerrarse, sumiéndolo en la tan anhelada inconsciencia.

Desde hace tiempo, no podía recordar cuánto, sus noches habían sido así: sin descanso. Para él no existía esa pausa de la vida que brinda el sueño. Las horas que en el día discurrían relativamente rápido, por las noches parecían arrastrarse como jalando un pesadísimo lastre. Al principio no le había dado importancia y había hecho algunas cosas para pasar las horas: ver televisión o leer un poco. Pronto esa calma se convirtió en desesperación y fue cuando empeoró todo.

Descubrió que le era imposible “desconectar” su cerebro, dejar de pensar. Desde las cosas más triviales hasta sus problemas más profundos se sucedían uno tras otro. Observaba y sentía todo de una manera distinta, como amplificada. Ese pequeño punto de luz roja que en el día parecía tan inofensivo, pero que de noche era como un faro. Cada postura de su ropa interior. Calor en un momento y frío en el siguiente. Picazón en varias partes de su cuerpo a la vez. Era insoportable.

Al levantarse se sentía como en un mundo irreal. Su visión no era normal y sus comportamientos eran erráticos. Sus ojos se sumían en las cuencas. Sus oídos zumbaban. Su cuerpo y su psique se descomponían cada vez más. De día el cansancio era insoportable, sólo pensaba en estar en su cama e intentar dormir.

No había somnífero, de ningún tipo, que le hiciera efecto. Lo había probado todo. Incluso le habían hecho varios estudios y no habían descubierto la causa de su problema. Lo único que  le quedaba era esperar a que su organismo no resistiera más y acabará por colapsar.

Pero su cuerpo no sucumbió, fue su mente. Perdió contacto con la realidad. Se sumió en una completa locura. Comenzó a actuar de manera tal que se convirtió en una amenaza para los demás e incluso para él mismo. Fue internado en un hospital psiquiátrico en donde, después de algunas semanas, terminaron sus días, sus noches en vela.

Murió sin volver a experimentar lo que era dormir, sin volver a saber qué era la tranquilidad.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s