Adiós… hola… gracias…

Una tarde mientras caminaban por el parque, algo que solían hacer a menudo, se dieron cuenta de que sus vidas habían dado un abrupto giro y que el último par de años los habían pasado como un par de extraños. Ajenos.

Caminaban uno al lado del otro sin hablar, sus miradas dirigidas a diferentes puntos, abstraídos en sus pensamientos. Él observaba fascinado a las ardillas saltar de rama en rama y ella las plantas y las flores. De pronto:

—¿Te das cuenta que las ardillas tienen una agilidad increíble? —preguntó sin apartar la mirada de los escurridizos animales.

—Sí, lo sé. Son animales muy ágiles. Además de bonitos —contestó ella mientras seguía con la vista a una que se escabullía entre las hojas.

—Pero también son muy inteligen…

—¿A qué viene esto de las ardillas? —lo interrumpió—. No es que hablar de este tipo de cosas sea algo que solemos hacer. Bueno, últimamente no hablamos de casi nada.

—Precisamente por eso intentaba iniciar una plática. Lo de las ardillas sólo fue el pretexto para hacerlo.

—Hubieras pensado en algo mejor que decirme. Por ejemplo preguntarme como me fue en el trabajo o si ya pensé en lo que haré con ese problema que tengo.

—Mi intención sólo fue iniciar una conversación, cosa que tú no te molestaste en hacer, y eso es lo primero que se me ocurrió. Creo que hablar de las ardillas es mejor que simplemente caminar callados como un par de extraños. ¿No crees?

—No. No lo creo. Lo único que eso me dice de ti es que te interesas cada vez menos por lo que me pasa, por lo que nos pasa. ¿Sabes lo que me dejan estos paseos cuando regresamos a casa? Un vacío y la incisiva pregunta de dónde carajos estamos y a dónde chingados vamos.

Sus ojos se humedecieron. Volteó la cabeza hacía otro lado mientras trataba de contener ese sentimiento que asomaba y buscaba cualquier pretexto para estallar. No quería que la viera así.

—Es que nunca te doy gusto con nada. Es obvio que después de la estupidez de las ardillas iba a tocar temas realmente importantes.

—La verdad es que no. Ya no me das gusto con nada.

No bien acabó de decir esto comenzó a caminar rápidamente para alejarse de él lo más posible.

—¡Espera! ¡No te vayas!

Pensó en correr y alcanzarla, como muchas veces en el pasado lo había hecho cuando una pelea los llevaba a estas situaciones, pero solamente se quedó ahí viendo como se perdía entre la gente. Tras unos instantes buscó una banca y se sentó.

Estuvo ahí un buen rato. Las personas pasaban y los niños corrían y gritaban mientras jugaban. Este parque siempre le traería gratos recuerdos. Recuerdos de sus paseos, de aquellas veces que habían patinado y andado en bicicleta, de cuando se habían correteado riendo como un par de locos. Todas esas veces habían terminado exhaustos, pero felizmente fundidos en un profundo abrazo.

Cuando estaba apunto de irse se dio cuenta de que una ardilla se acercaba, sigilosa y tímida, hasta donde se encontraba. Había bajado del tronco del árbol que estaba junto a la banca y ahora caminaba, con una gracia increíble, por el respaldo. Poco a poco se iba acercando a él.

Trato de no hacer movimientos bruscos para no asustarla. El pequeño animal en ningún momento aparto la mirada. A unos cuantos centímetros de su hombro se detuvo y lo miró intensamente.

—Hola —la saludó. Sonrío pensando en lo absurdo que era saludar de esa manera a un animal.

Como respondiendo, la ardilla se acercó más. Se detuvo, dudando, y de un pequeño salto subió a su hombro. Él se quedó quieto sin saber que hacer.

Con gran rapidez el pequeño roedor se desplazó hasta quedar en su regazo. En todo momento sintió como sus dedillos se clavaban en su ropa. Un vez se acomodó entre sus piernas levantó la cabeza y lo miró.

—¿Qué pasa? ¿Acaso a ti también te han abandonado? 

La ardilla lo olisqueó y volvió a levantar la mirada.

—¿Sabías que los humanos somos muy complicados? A veces no decimos lo que sentimos por temor de lo que pueda pasar y cuando al final lo hacemos todo sale de manera tan abrupta que…

Cuando se dio cuenta ya era de noche y el roedor dormía plácidamente. Estuvo un rato más contemplando a su nuevo amigo, agradeciéndole en silencio por haberle hecho compañía este día que ella se había ido.

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