La bestia, segunda parte

No hablaron más, cada uno a solas con sus pensamientos. Daniel era presa de una gran desesperación y lúgubres imágenes era lo único que rondaba en su cabeza. Ignoraba que es lo que le harían, pero el hecho de tenerlo prisionero de esa forma, auguraba algo terrible. Se sumergió en pesadillas diurnas en donde le ocurrían cosas atroces.

El cansancio lo venció y se quedó dormido. En sus sueños las escenas antes imaginadas volvieron a él, pero está vez intensificadas por el poder del subconsciente. De pronto…

—¡Ya vienen! —gritó la joven. El intenso miedo que sentía era evidente en su voz. La seguridad que había mostrado antes, disuelta ante la perspectiva de lo que se avecinaba.

Al despertar lo primero que escuchó fue el ruido de una cerradura, después como quitaban una tranca. Al siguiente instante la puerta al final de la escalera se abrió y dos hombres descendieron. Ambos llevaban el rostro cubierto con una máscara de látex rojo con sólo dos orificios por donde asomaban los ojos. Se detuvieron frente a la cerca, uno de ellos sacó unas llaves y la abrió mientras el otro los observaba sosteniendo un bastón de esos que se usan atrapar perros. Daniel bajó la mirada tratando de evitar hacer contacto visual con ellos. 

La muchacha gritaba con chillidos desesperados mientras los sujetos se acercaban a ella; pataleó y trató de defenderse con sus manos en forma de garras, lanzó improperios y escupitajos. Todo fue en vano. El individuo con el bastón hizo un circulo para rodearla. Cuando se encontraba a su espalda y, después de un par de intentos, la atrapó por el cuello y jaló el cable fuertemente. La joven continuó luchando durante unos momentos más hasta que su cara se tornó morada y sus brazos colgaron flácidamente a ambos lados de su cuerpo. El tipo de las llaves se acercó, abrió el grillete y la arrastró de las piernas hacia la cerca. 

Daniel escuchó todo sin atreverse a levantar la cabeza y mucho menos a decir palabra. Sólo alzó la mirada hasta que escuchó que la tranca era colocada nuevamente en su lugar.

Por un momento todo quedó en silencio, incluso el constante repiqueteo de la gota quedó olvidado. Ahora estaba solo y lleno de terror. Él sería el siguiente.

Pasó el tiempo, mucho, y Daniel comenzó a sentir una creciente angustia. Sus sentidos se agudizaron al máximo y cada sonido que escuchaba hacia que su respiración se acelerara. Por fin el momento que tanto terror le causaba, y extrañamente también esperaba con ansia, llegó:

Los dos hombres enmascarados abrieron la puerta y bajaron por la escalera. Todo fue exactamente igual a como había sido la vez que habían ido por ella. Al abrir la cerca ambos fueron directamente hacia él.

—¡No me lastimen, por favor! —su voz temblaba como si estuviera apunto de llorar. Como gesto de que no opondría resistencia extendió ambos brazos al frente con las muñecas juntas. 

—Pueden atarme las manos y los pies si quieren, así pueden estar seguros de que no causare problemas.

Inmediatamente lo aseguraron con el cable y abrieron el grillete. Daniel se incorporó lentamente; sus huesos le dolían después de estar tanto tiempo sentado en la misma posición. Lo llevaron hacia la escalera, el tipo del bastón siempre a su espalda, sujetándolo firmemente con el cable bien ajustado a su cuello.

Al subir lo guiaron por un estrecho pasillo hasta que llegaron a una amplia sala en donde sólo había una silla de madera. Todo estaba oscuro, salvo por una única vela encendida que se encontraba sobre una repisa frente a la silla. Había siete velas en total, todas rojas. Arriba de la repisa colgaba un gran cuadro que abarcaba casi toda la pared. La pintura mostraba una infinidad de personas con un rictus de dolor y terror en el rostro; arriba de ellas, en un cielo purpúreo, había siete diablescas figuras que apresaban, con monstruosas garras, y devoraban, con fauces enormes, al sinnúmero de condenados.

Lo obligaron a sentarse. Los dos hombres se colocaron detrás de él y esperaron.

Continuará…

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