La pequeña flor amarilla

He estado caminando por estas yermas tierras por varios días y durante todo este tiempo no he visto señal alguna de vida. Todo a mi alrededor es roca gris y polvo asfixiante. Ningún animal repta por entre las fisuras ni ningún ave proyecta su sombra desde el cielo. 

Mi alimento y mi agua se han agotado. No me queda mas que desesperanza. Mi vida pronto terminará y aunque la muerte es un bálsamo a mi miseria, es horrible que me alcance en un lugar como este. Pero en dónde más podría ser si todo el mundo se encuentra en las mismas condiciones; un pozo al cual retacamos de mierda. Y no nos detuvimos incluso cuando esa mierda nos cubría ya hasta el cuello. Seguimos y seguimos hasta que el excremento entró por cada uno de nuestros orificios y lo pudrió todo. 

No gastaré el poco aliento que me queda en lamentarme por nuestra estupidez.

A través de las ondas que produce el calor en el horizonte alcanzo a divisar un promontorio. Si logro llegar hasta él lo convertiré en mi mausoleo. No es que en vida haya sido alguien que valga la pena recordar en la muerte, pero es difícil dejar atrás la arrogancia de mi especie. 

Con cada metro que avanzo mi fuerza se difumina más. Creo que no podré alcanzar mi anhelada sepultura. Pero no, no puedo terminar aquí. Debo hacer mi último gran esfuerzo. Aunque tenga que arrastrarme y desgarrarme la piel en el duro suelo, debo llegar.

He dado todo de mí y por muy poco he fallado. Mi vida se escapa con cada respiro, está acabando. Todo se empieza a nublar. La oscuridad se aproxima. Lo único que puedo hacer es estirar mi brazo hacia las rocas del promontorio. Con mi mano logro rozar una de ellas y sentir la frescura reconfortante de sus sombras. El negro túnel que envuelve mi vista se hace más estrecho.

Al mirar en esa dirección descubro algo maravilloso e impactante. Algo que llena de lágrimas mis ojos. A escasos centímetros de mi mano se encuentra una pequeña flor amarilla; tan frágil y tan fuerte a la vez. Tan pura. Hace tanto tiempo que no observaba tanta belleza. 

Con mi gozoso llanto llega el final, un final muy diferente al que había vislumbrado. Un final sin miedo porque ahora entiendo que la vida se aferra y prospera y siempre volverá sin importar el daño sufrido. Porque ahora también entiendo que nosotros nunca merecimos estar aquí y que definitivamente no estaremos presentes para maravillarnos con el renacer.

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