El viaje de Merced

A la mañana siguiente el tío Merced despertó. Ese despertar le causó una sensación diferente a todos los demás despertares que había experimentado en su vida. Se sentía tan lleno de vigor, tan fresco, que parecía como si todo el cansancio acumulado se hubiese esfumado. Como si todo el peso de sus años hubiera desaparecido.

Se levantó de su petate y, mientras se ponía sus huaraches, notó algo inusual: una ausencia de sonido, un silencio absoluto se hacía presente por toda la casa. Inocente no estaba echando las tortillas ni preparando el café y a Encarnación tampoco se le veía por ningún lado. Pero lo que le pareció aún más extraño fue que Eduwiges no había ido a despertarlo como lo hacía todas las mañanas.

El lastimero recuerdo volvió a él. Eduwiges había muerto de un golpe en la cabeza, un golpe que le dio un camión de los que van para Toluca. Su niña consentida se había ido para siempre.

Después de unos minutos y aún con un nudo en la garganta salió de la casa y se sentó sobre la piedra que estaba junto a la puerta. En el campo todo estaba en completo silencio, igual que en el interior de la casa.

—Quizás todos se han ido a la Santa Misa a rezar por Eduwiges —se dijo.

Tras estar sentado por un rato decidió ir a ver el maíz que él y su nieta habían sembrado detrás de las piedras, donde la tierra era buena. Se puso de pie y se dirigió hacia allá. Al llegar se dio cuenta de algo sorprendente: en medio del pedazo de tierra había una solitaria planta.

—¿Cómo puede ser esto posible? —se preguntó—. Si lo acabamos de sembrar apenas hace unos días.

Al acercarse, Merced notó que tenía una sola mazorca, algo inusual ya que las plantas de maíz solían tener dos o tres. La revisó detenidamente y se dio cuenta de que sus granos eran muy grandes y de color dorado, como los rayos del sol. En ese momento recordó lo que le había prometido a su nieta que harían cuando llegara la cosecha.

—Esta, que es la primera, se la voy a llevar a la Virgen, como se lo prometí a Eduwiges. Después, cuando las demás se den, le llevaré una a Inocente para que me haga un buen mole de olla con ella.

La arrancó y se dispuso a regresar. Cuando estaba apunto de salir de la zona sembrada escuchó una voz suave, como la de una niña.

—Merced, espera, no te vayas aún.

Sorprendido volteó e intentó encontrar de donde y de quién provenía la voz. La planta ahora fulguraba.

—No tengas miedo, acércate —la voz salía de la planta.

—¡Jesús, María y José! —gritó Merced mientras se persignaba, muy rápidamente, tres veces—. ¿Es usted la Santísima Virgen? 

—No, Merced, no soy la Virgen —respondió la voz—. Soy el fruto de las semillas que plantó tu nieta con sus manitas. Y eso que llevas es la representación de su inocencia y de su amor por ti.

—¿Acaso estoy soñando? Desde que desperté todo está muy raro, nada es como debe de ser. 

—No estás soñando.

—Si no estoy soñando entonces soy un viejo loco versando con una planta —su voz se quebraba con cada palabra.

—Tampoco estás loco —le respondió la voz con tono casi maternal.

—Pero ¿dónde están todos? ¿Dónde está Encarnación y Sixto y los demás muchachos que trabajan con ellos en la siembra? ¿Dónde está Inocente?

—Todos ellos están en otro lugar. Y tú estás donde se encuentra tu nieta Eduwiges.

Merced no sintió miedo por las palabras que acababa de escuchar.

—¿Sabía usted que mi niña murió en un accidente?

—Lo sé, Merced, por eso he venido a hablarte. Lo que tengo que decirte llenará nuevamente tu corazón de alegría.

—¿Y qué es eso que puede volver a alegrarme? Si estoy en el mismo lugar que mi nieta eso quiere decir que también estoy muerto —las lágrimas comenzaban a brotar de sus cansados ojos.

—Eduwiges te está esperando. Debes regresar a tu casa, agarrar tu morral y tu cobija y emprender camino. Un camino que deberás seguir hasta encontrarla. Y cuando lo hagas deberás entregarle eso que representa el amor que se tienen. 

Merced miró la mazorca y la agarro fuertemente acercándola a su pecho.

—Pero yo nunca he ido muy lejos ni he estado mucho tiempo en el camino.

—Lo sé, Merced. Sé que toda tu vida la dedicaste a sembrar la tierra y a cosechar el maíz. Pero ahora tienes que hacerlo para poder estar con Eduwiges.

Limpiando las lágrimas de su rostro dijo:

—Tiene usted razón. Ansina mismo iré a buscar a mi niña, a mi consentida, y cuando lo haga nunca me separaré de ella. Gracias, santa señora. Que dios la bendiga.

—Que Dios te bendiga a ti también, Merced —se despidió la voz mientras el fulgor de la planta se iba apagando.

Dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso para su casa. Justo antes de dar la vuelta en la piedras que delimitaban el pedazo de tierra, la voz se volvió escuchar:

—No olvides tu vestido de payaso, Merced, para que le cantes los versos que tanto le gustan.

Así, tío Merced, agarró su morral y puso dentro el vestido de payaso, luego, con mucho cuidado colocó la mazorca, y encima de ésta su cobija. En el umbral de la puerta, justo antes de salir de la casa, miró por última vez el lugar que durante toda su vida había sido su hogar. Su vista se detuvo en algo que no había notado en la mañana, cuando se había despertado; al pie de su petate había cuatro velas encendidas, velas que daban una luz perenne y muy cálida.

Todos los personajes y sus nombres, así como las situaciones y lugares son creación de Rafael Bernal para el cuento El tío Merced publicado en la antología En Diferentes Mundos por el Fondo de Cultura Económica, México 1967, 2005.

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