Confesión

Raúl se encontraba postrado en cama debido a una grave enfermedad que lo había ido consumiendo poco a poco. Sus últimas horas estaban cerca. 

—¿Quién lo llamó, padre? No lo necesito.

—Tus hijos, Raúl. Ellos me avisaron.

—Pues mejor váyase, no quiero hacerlo perder su tiempo.

—Estar aquí no es perdida de tiempo. Tengo el deber de escucharte antes de que te reúnas con el Señor.

Raúl siempre se había proclamado ateo. El mayor gozo de su vida lo había encontrado en el estudio de las cosas, entre sus libros. Pero ahora que sabía que todo estaba apunto de terminar sentía la necesidad de hablar con alguien, aunque fuera con el religioso.

—No tengo nada que decir. 

—Algo habrá que necesites sacar de tu pecho, algo que te libere de tus culpas.

—¿Culpas? Claro que tengo culpas. Muchas. 

—Pues entonces habla. Te escucho.

Transcurrieron unos minutos sin que dijera palabra alguna. El párroco esperó pacientemente sentado en la orilla de la cama.

—Hija, tráeme un vaso de agua, por favor —dijo Raúl dirigiéndose a la joven que se encontraba parada junto a la puerta.

La muchacha salió del cuarto rumbo a la cocina. Se humedeció sus  labios y comenzó a hablar.

—Toda mi vida la pasé intentando poseer el máximo conocimiento. Saber de todas las cosas. Quise aprenderlo todo. No me importaba nada más.

—Eso no es malo. El aprendizaje es una parte importante de la vida.

—No lo entiende. Esa obsesión se convirtió en mi declive. Nunca soporté a los ignorantes. Los miraba y me burlaba de ellos, de sus mentes estúpidas que no comprendían nada de lo que pasaba a su alrededor. De sus miradas perdidas en la conformidad de sólo ser entes funcio…

Un ataque de tos lo interrumpió. Su hija regresó con el agua, el padre tomó el vaso y se lo acercó para que bebiera.

—Calma Raúl, no te alteres tanto, en tu estado no es conveniente —el padre esperó unos momentos mientras se reponía—. Continúa, te escucho.

—Qué irónico es que usted este aquí escuchándome cuando los religiosos siempre me han parecido de las personas más tontas. Pero así es la vida, ¿cierto?, irónica.

—La vida es bella, Dios la hace así.

—Dios. Nunca me acerqué a él. Nunca lo necesité. Ni siquiera ahora.

—Dios siempre está presente. Siempre ha estado a tu lado.

—No importa. Le decía que la ignorancia siempre me ha repugnado. Incluso ahora no puedo entender porque la gran mayoría de la gente sólo se limita a existir y jamás se pregunta los porqués. 

—Veo que pecaste de soberbia. Nadie es mejor que los demás. Todos somos hijos del Señor y por lo tanto todos somos iguales. El conocimiento no es importante cuando se refiere a como Él nos percibe.

—¿Soberbia? Sí, soy soberbio. ¿Por qué no habría de serlo? 

—¿Y cuál fue tu recompensa por ser tan inteligente? ¿Por saber tantas cosas? 

—Soledad. Ni siquiera mis hijos me soportan. Entre más aprendía más me alejaba de todos y al final terminé aislándome. 

Su hija lo miró con resentimiento, se disculpó con el párroco y salió del cuarto. Raúl ni siquiera la volteó a ver.

—Tus hijos están aquí, Raúl, no te han abandonado, y mientras mires hacia Nuestro Señor nunca estarás solo. 

—Estoy solo, ¿no lo entiende? Nadie quiere estar con alguien que los hace sentir inferiores. 

—¿Te arrepientes de haber sido así? ¿Te arrepientes de no haber sido capaz de vivir en armonía con los demás?

—No sé si me arrepiento. Lo que sí sé es que mi vida fue muy infeliz. Pero creo que es muy tarde para tratar de cambiar.

—Nunca es tarde. Mientras hayas aprendido una lección de todo esto, sin importar que sea en estás últimas horas, estarás en paz. Dime un último pensamiento que demuestre un cambio en ti para así poder absolverte.

—No pretendo cambiar, pero sí tengo una última cosa que decir. Mi último gran aprendizaje. ¡La ironía otra vez! Ojalá lo hubiera sabido antes. Ahora que estoy apunto de morir comprendo que la ignorancia es el único y verdadero camino hacia la felicidad. 

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