Cruzados

Negras nubes se arremolinaban en el cielo mientras miraba fijamente hacia el lugar en donde había estado su hogar, el pueblo donde había vivido toda su vida. Observaba las casas derruidas y chamuscadas, las virutas de humo aún elevándose hasta perderse en la creciente oscuridad. 

Los agresores habían aparecido de la nada. La única advertencia de su llegada había sido el atronar de los cascos de sus caballos. El símbolo de su dios, esa gran cruz dorada que infundía más temor que respeto, fue lo primero, y quizás lo último, que vieron los habitantes del pueblo.

Sin piedad habían masacrado a todos; niños, mujeres, viejos y animales por igual. Los hombres que presentaron resistencia fueron los primeros en caer. Todo había acabado en cuestión de minutos. Era un milagro que ella hubiera sobrevivido.

Los gritos de terror de sus familiares y conocidos mientras eran arrollados por las patas de los caballos o mutilados por una espada resonaban en su cabeza. Una tras otra las lágrimas escurrían por sus mejillas mezclándose con las primeras gotas de lluvia.

Comenzó a caminar tratando de dejar atrás el recuerdo. Una última mirada por encima del hombro mientras se alejaba del dolor.

Por la noche un aguacero caía sobre los cuerpos que poblaban el valle, creando un amasijo de pasto, lodo y vísceras. La pálida luna contemplaba indiferente la masacre. El único pecado cometido por esta gente, adorar al dios equivocado.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s