La caza final

Sus huellas en la nieve señalaban el trayecto que había recorrido el último par de días, desde que abandonara los cuerpos de su manada. Sus patas le dolían de tanto caminar, no había parado, ni para comer ni para dormir. Quería poner la mayor distancia entre él y las bestias erguidas, quería alejarse lo más posible de sus truenos mortales.

Al coronar una pronunciada colina se detuvo y husmeó el viento. No percibió el desagradable olor de sus perseguidores. Aguzó el oído. Tampoco percibió el entrecortado aullar de sus traidores parientes, esos que, a cambio de comida y comodidad, habían rechazado su libertad y ahora servían incondicionalmente a las bestias erguidas. 

Su estomago le reclamó la falta de alimento. Miró a su alrededor. Todo era blanco. No sería fácil dar con una presa. Con la manada la caza había sido una tarea difícil, hacerlo solo, sería toda una proeza.  En el crudo invierno siempre era así. No tendría más remedio que seguir su andar hasta dar con un rastro.

La luna asomaba y las estrellas salpicaban el cielo, él aún seguía hambriento. No podía más, tenía que detenerse, tal vez el amanecer le traería fortuna. Se dirigió hacía un grupo de matorrales y se echó entre ellos. Poco a poco cerró sus tristes y amarillos ojos.

El vívido recuerdo de su familia acudió a sus sueños. Todos estaban ahí: Pardo, Pata blanca, Ojos de lumbre y hielo, Veloz, Gruñido y Audaz. Era como si pudiera olerlos, sentirlos. Recordó sus expediciones de cacería, sus juegos, sus carreras por los verdes valles. 

También recordó su muerte. El primer trueno se escuchó y cayó Gruñido. Audaz respondió inmediatamente abalanzándose hacía sus atacantes, tras dar apenas unas zancadas un nuevo trueno lo aniquiló. Él y los restantes huyeron. Al llegar a los árboles se detuvieron, sintiéndose seguros. Ahí fue cuando escucharon, del otro lado del bosque, las frenéticas voces de sus parientes. Los habían rodeado. Dos truenos más, Pata blanca y Pardo caían. Se separaron. Ojos de lumbre y hielo corrió hacia el norte, Veloz y él hacia el sur. Mientras corría podía escuchar más truenos, algunos atrás de ellos y otros en la lejanía. Los seguían de cerca. Antes de salir de la espesura, Veloz se detuvo y los confrontó. Él continuó corriendo. Los truenos seguían, uno tras otro, sin parar, parecía que no tenían fin. De pronto se hicieron más fuertes, ensordecedores, era como si estuvieran muy cerca. Muy cerca…

Súbitamente abrió los ojos, despertando de su sueño. Arriba en el cielo, un enorme armatoste volador rugía con una incontrolable furia mientras se dirigía hacia él. Se levantó y corrió lo más rápido que pudo, pero no había manera de evitar que la cosa voladora lo alcanzara. No podría llegar a los árboles. Su negro pelaje resaltaba en la blancura y eso lo hacía más vulnerable a su perseguidor. Dio un repentino giro y por poco esquivó un trueno. Otro más pasó muy cerca de sus patas traseras. Se detuvo y aulló al viento de manera desafiante. El tercer trueno lo derribo causándole un indescriptible dolor que le quemaba todo el cuerpo. Inútilmente intento incorporarse. 

Con su último aliento observó como la cosa voladora se posaba en el suelo y de ella salían dos bestias erguidas. Se acercaron a él y rieron entre sí. Uno de ellos le apuntó con un extraño objeto y todo se volvió oscuro. Sombra quedó tendido en el suelo.

Tras unos instantes su cuerpo fue arrastrado del lugar donde yacía. El único vestigio que dejó fue un surco embarrado de sangre en la nieve.

2 comentarios en “La caza final”

  1. Hola Edgar el cuento me parece muy interesante al inicio pensé con la descripción que hablabas de un animal que corría por su vida pero no imaginaba que era, me pareció muy bueno que conforme iba avanzando la trama descubrí quien se trataba más fue mi sorpresa de los seres ergidos. Solo tuve un poco de duda con los nombres quizá por que los relacione con otra historia. Saludos.

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    1. Gracias por tu comentario, Jessica, eres la primera persona que deja su opinión. Qué bueno que te pareció interesante el cuento. Los nombres que le di a los lobos tienen relación con una característica particular de cada uno de ellos: velocidad, bravura, color distintivo de pelo y ojos. Esa fue la intención de nombrarlos de esa manera.

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